Diario de León

CÉSAR GAVELA. ESCRITOR

«Siempre me he movido entre lo lírico y lo épico»

En ‘El general se confiesa’, César Gavela accede a la mente de Franco mientras éste medita en la montaña leonesa para describir sus pensamientos y para comprobar cómo intentaba autojustificarse.

Célso Gavela en París, en 1974. ARCHIVO PERSONAL DE CÉSAR GAVELA

Célso Gavela en París, en 1974. ARCHIVO PERSONAL DE CÉSAR GAVELA

Publicado por
emilio gancedo
León

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Para unos es el discípulo más adelantado del maestro Pereira. Para otros, el que mejor ha contado las cuitas y afanes de la ciudad del puente de hierro, su ciudad natal, y de buena parte de estos valles nublados, cada vez más sumidos en las nieblas de la ficción. Y para los poco amigos de encuadres y catalogaciones, un apasionado contador de historias, un amante del detalle revelador, del gesto significativo, de la historia menuda que deja traslucir un mundo. Es César Gavela (Ponferrada, 1953), escritor, autor en este periódico de la columna semanal La Gaveta y que ahora pone al mismísimo Francisco Franco ante el confesionario en una novela on line llena de lirismo y calado: El general se confiesa, publicada por Punto de Vista.

—‘El general se confiesa’ no es su primer libro digital. ¿Aunque el formato cambie, lo importante son las historias, sin importar el medio en el que viajen?

—Sí, en 2013 publiqué un libro de cuentos digital, Nor Noroeste. Y esta es mi segunda experiencia. Yo era un poco escéptico con este tipo de difusión pero parece ser que en los países más avanzados del mundo ya supone el 40 por ciento, y me imagino que en España pronto será algo parecido. En cuanto a la novela, supongo que se percibirá igual en digital que en papel. Aunque acaso sea más cómodo leerla en digital. Uno puede cambiar el tipo de letra, el tamaño, etc…

Es ‘El general…’ una obra sobre la guerra, o sobre las guerras que mantenemos en nuestro interior con nosotros mismos?

—Es un libro sobre el dictador Franco. La acción sucede en 1964, cuando el régimen celebró sus llamados ‘25 años de paz’. Yo era un niño entonces pero recuerdo perfectamente la inmensa parafernalia de logros, estadísticas, autobombos y populismos que la propaganda oficial puso en marcha. Carteles en calles, carreteras, camiones, autocares… Por cierto, Fraga Iribarne fue el responsable de esa campaña. También en ese año tuvo lugar el congreso eucarístico internacional en León, que fue una descomunal fiesta nacional-católica. Ese congreso, en el que estuvo Franco, aparece en el libro. Pero el lugar de ficción desde el que Franco habla y se justifica está en la montaña asturleonesa, un destino ajeno a sus cacerías. En esa cordillera surge un largo monólogo, narrado en pequeños fragmentos, en los que el dictador trata de justificarse ante sí mismo. Lo hace con diversos registros: cínico, cruel, íntimo… Ególatra siempre. He querido entrar en la mente de Franco y tratar de imaginar cómo pensaba secretamente. Aparte, los fragmentos del general se intercalan con una historia, una aventura cuyo protagonista principal es un niño. Un chaval muy valiente que pasa unos días en la zona. Y hay más personajes, claro.









Distintos instantes en la vida de Gavela; con Antonio Gamoneda; con su mujer y Mario Vargas Llosa cuando ganó el Premio NH en 2005; en 1978, recién llegado a Valencia; en Villafranca con Antonio Pereira; y con José Hierro en 1996 en la entrega del premio Ciudad de Irún que también ganara el berciano

Se ha basado, para su escritura, en algún hecho histórico? ¿Hay alguna ‘razón’ última que le moviese a escribir este libro?

—El único personaje real es Franco; todo lo demás es inventado. Siempre he leído muchos libros sobre el dictador, y viví hasta mis 22 años bajo aquel régimen. Pienso que quienes vivimos aquello, que tanto nos marcó, y para mal, tenemos ahí una cuenta que saldar. Querría añadir que, a medida que iba escribiendo el libro, me apercibía de que, de algún modo, la novela podía ser un resumen del franquismo. Una metáfora de aquel régimen. Ojalá lo haya conseguido.

—¿Cree que los españoles hemos pasado ya la página de la guerra civil? Hay quien dice que aquello se cerró en falso, que la herida no está bien cicatrizada...

—No lo veo así. Para mí la transición resolvió muy dignamente el dificilísimo asunto de la reconciliación entre los españoles. Se hubiera podido hacer más, sin duda, pero quienes vivimos aquel tiempo sabemos el enorme esfuerzo que hicieron los jóvenes políticos que venían del régimen anterior bajo el liderazgo de Adolfo Suárez y los demócratas de la oposición. Lograron una confluencia casi milagrosa. Fue algo excepcional y muy arriesgado, como bien probó el golpe de estado del 23-F que pudo liquidarlo todo bajo un baño de sangre. Por eso discrepo del discurso que muchos jóvenes revanchistas actuales tienen sobre la transición. Personas que quieren reabrir heridas, que hablan casi siempre desde el odio y la ignorancia. Puedo decirte que yo fui jefe de pensiones de guerra en Valencia, entre 1981 y 1983, y que mis «clientes» eran viudas de guerra republicanas, militares represaliados, mutilados, etc… y todos me decían lo mismo: «Nunca más una guerra, nunca más». Y estaban todos emocionados con la Constitución, con la amnistía que reparó sus derechos, con las libertades y con la dignidad que España recuperó para sí y para el resto del mundo tras la siniestra noche del franquismo. Alguna vez escribiré sobre aquellos ancianos maravillosos que conocí. De muchos me hice amigo y visité sus hogares. Eran una lección de vida, de historia y de generosidad.

—¿Qué autor o autores, a los que conoció en vida, le han influido más decisivamente? ¿Y de los que no conoció?

—De los que conocí, hablaría de nuestros paisanos Ramón Carnicer y Antonio Pereira, a los que quise mucho y quiero. Ellos me dieron consejos esenciales. A Luis Mateo Díez, José María Merino y Juan Pedro Aparicio les debo la publicación de mi primer libro, algo que nunca se olvida. Y añadiría a Borges, a quien no conocí, pero a quien sí vi. En Alcalá de Henares, cuando recibió en 1980 el premio Cervantes. Acudí desde el cuartel —entonces hacía la mili— para verle, amparándome en la benevolencia de un teniente gaditano que me dijo, cuando autorizó mi salida: «Para que uté vea que loh militareh zomoh comprenzibleh» (sic). Nunca olvidaré aquella visión de Borges, sus pasos lentos por Alcalá. Es mi escritor preferido del siglo XX. De los que no he conocido, aparte de Cervantes, el padre de todos, me gustan muchísimos. Pero diré unos pocos: Clarín, Cunqueiro, Rulfo, García Márquez, Monterroso… Y de los extranjeros, Kafka, Italo Calvino… Y el portugués Miguel Torga, por el que siento un amor especial.

—Tuvo el privilegio de conocer en Valencia a García Berlanga. ¿Cómo era? Hasta le acompañó en una insólita compra de bragas, ¿verdad? ¿Alguna otra personalidad que desee destacar?

—Trabajé varios años codo a codo con Ricardo Muñoz Suay en Valencia. Nos hicimos muy amigos, hasta escribí un libro sobre él después de su muerte; libro que por cierto ganó el premio Ciudad de Valencia. Le quería mucho. Ricardo era íntimo amigo de García Márquez, de Vargas Llosa, de infinidad de escritores y cineastas. Cuando pasaban por Valencia iban a visitarle, y así conocí a bastantes de ellos. Berlanga y Ricardo eran compadres. Berlanga venía mucho por su despacho, lo pasábamos muy bien. Era un hombre de discurso un tanto caótico y tenía una pasión descomunal por el ciclismo. Sabía los nombres de todos los ciclistas desde los años treinta. Y es cierto que una vez fui con él a comprar unas bragas a una lencería que había en la plaza Rodrigo Botet. Fue al salir de ver juntos, en su habitación del hotel, la primera victoria de Induráin en el Tour de 1991. Pero de la lencería no puedo decir más, claro.

—Desde su actual perspectiva, ¿a qué cree que ha sido fiel en esto de la literatura?

—A la fascinación por la belleza de la palabra escrita. Esa es la raíz. También he sido fiel a mi memoria, que está en el fondo de casi todo lo que he escrito, aunque casi nada sea, en realidad, autobiográfico. He sido fiel a escenarios, tiempos, paisajes, músicas verbales, emociones… Sobre ese magma, la imaginación inventa historias. Y luego el lenguaje trata de convertirlo todo eso en literatura. Siempre escribo de ‘dentro a afuera’. Por eso leo tanta poesía, tantos diarios… y muy pocas novelas que no tengan ese engarce con la vida de su autor. Como narrador y como lector me muevo siempre entre lo lírico y lo épico.

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