poesía
Los desvanes de la infancia
niñez Antonio Gamoneda Selección y prólogo de Amelia Gamoneda Lanza, Calambur, Madrid, 2016. 128 páginas.
D ice un verso de Ferlinghetti que «la poesía es la ropa interior del alma». Lo recordé al acercarme a la antología Niñez, de Antonio Gamoneda, acaso porque la ropa me hizo evocar Un armario lleno de sombras que dio título a las memorias de infancia de Gamoneda, aquel armario donde introdujo cautamente la cabeza para percibir el olor de su madre muerta. Siempre entendí la escritura de Gamoneda impregnada por las vivencias de aquella etapa tan decisiva en quienes sufrieron la pobreza, el frío y el miedo en los negros años de la guerra y la posguerra. Así que no es extraño que Amelia Gamoneda, hija del poeta, haya reunido en Niñez los textos de su padre inscritos en la memoria de aquellos días o extraídos del olvido.
Conocemos bien la poesía de Gamoneda, objeto de lecturas, premios y estudios de alto nivel. Por esta razón quiero destacar aquí las ideas prologales de Amelia, entre la lucidez y el afecto. «La niñez es un tiempo mítico personal donde se origina el yo capaz de hablar de sí mismo». Y el yo del poeta que habla de su infancia lo hace en tres tiempos: el pasado, pues «contar la propia infancia echa hacia atrás el tiempo», el presente, pues la niñez «impregna la vida entera, y contarla supone también un modo de hablar del presente», y el futuro que supone la herencia biológica y que el poeta Gamoneda deposita no solo en sus hijas sino en su nieta Cecilia. Tales tiempos organizan la antología en las tres secciones correspondientes.
En cuanto al conocimiento que la hija posee de la niñez de su padre, el primer relato fue el de la abuela (la madre del poeta). El segundo procede de la voz autobiográfica del poeta. En uno y otro caso, la parquedad de noticias convierte la anécdota en «relato esencial». Tal niñez contada se ha sedimentado en Amelia como herencia familiar que se prolonga en la nieta del poeta a cuyo pensamiento confía su permanencia. De ahí el título de la tercera parte, En otro pensamiento . La primera, la más extensa, se titula Manos, balcones , evocación de una niñez de frío, miedo y sufrimiento, y la segunda, El resplandor en la sombra , que «traduce a términos luminosos la experiencia de la coalescencia de la vida y la muerte». Como sintetiza Amelia, su padre da voz «a una memoria de niñez que le ha obligado a ser un adulto a su imagen y remembranza», o como el poeta escribe, «mi aprendizaje de vejez no es otra cosa que la forma que adoptan en mí el pasado y sus sombras».