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Letanía de afectos
ACOGIDO AL COBIJO DE CULTURA HISPÁNICA, COMO UMBRAL, CABAÑERO Y TANTOS OTROS AUTODIDACTAS DE POSGUERRA, EL POETA FÉLIX GRANDE (1937-2014) TRIBUTÓ LEAL GRATITUD A SU PROTECTOR LUIS ROSALES, HASTA QUE EL MINISTRO MATUTES LO APARTÓ DE LA DIRECCIÓN DE ‘CUADERNOS HISPANOAMERI-. CANOS’ PARA ACOMODAR A UN PAR DE LATINOCHÉS . divergente
El poeta Féliz Grande, uno de los grandes estudiosos del flamenco
T res años más tarde, el ministerio tuvo que abonar una indemnización al poeta de 14 millones de pesetas, por quitárselo de encima sin miramientos después de 35 años de servicio ininterrumpido. Félix Grande pertenece, con Tundidor, Diego Jesús Jiménez o Antonio Hernández, al grupo poético alojado entre la generación del medio siglo y los novísimos. Con la singularidad de una biografía humilde y casi menesterosa, que lo llevó desde una infancia de cabrero y una adolescencia de apuntador de bodega y vinatero, a la venta ambulante de pomadas para los sabañones cuando llega a Madrid desde Tomelloso en 1957. Cuatro años después, se incorpora como corrector de pruebas en la editorial Taurus, que dirige su paisano García Pavón. Allí trabaja también en labores editoriales Francisca Aguirre (1930), con quien se casará en 1963, y de su mano se traslada a Cultura Hispánica en 1961, como subdirector de Cuadernos Hispanoamericanos. La poeta alicantina Francisca Aguirre es hija del pintor republicano Lorenzo Aguirre (1884-1942), fusilado en la posguerra después de que sus tres hijas niñas acudieran al Pardo, en la fiesta de cumpleaños de la hija del dictador, a pedir clemencia para su padre preso en la cárcel de Porlier. El episodio lo evocan Francisca Aguirre en su libro memorial Espejito, espejito (1995) y Félix Grande en La balada del abuelo Palancas (2003). En Cultura Hispánica, Francisca Aguirre es la secretaria del poeta Luis Rosales.
MÚSICA AMENAZADA
La obra poética de Félix Grande es breve en títulos pero rica y abundante en su despliegue. Desde el hondo y amargo compromiso existencial de Las piedras (1964), galardonado con el Adonais, al sutil enunciado lírico de vivencias eróticas expresadas con emotividad sensual en la playa vacía que acoge su extinción. Este viaje hacia los cuarteles de la experiencia más íntima no prescinde nunca de su preocupación por el lenguaje poético ni del compromiso con la memoria lacerante, que lo vincula con experiencias colectivas ocasionadas por la saña primitiva de la dictadura. Aunque ningún ruido alcanzará a mitigar su vertiente más hedonista, que alimenta su conexión con el universo flamenco inscrito en la tradición hispanoárabe. La estética de Félix Grande es deudora de la música, como ponen de manifiesto los títulos de sus libros sucesivos: Música amenazada (Premio Guipúzcoa, 1966) y Blanco Spirituals (Premio Casa de las Américas, 1967), que constituyen el nudo nuclear de su obra poética. Ambos trenzados con ritmo musical, más bronco y vallejiano el primero; más plural y desatado el segundo, donde suenan los ecos de Hierro y Pavese. Aunque ambos portadores de la misma constancia del desarraigo, que transita desde los barrios del mundo donde suena lento el saxofón, a los blancos que siegan el arroz en Tarragona, mientras las sanguijuelas se alimentan de sus muslos. Un lenguaje hiriente y a trechos sarcástico emerge de esta excursión amarga por las tribulaciones de un tiempo marcado por la guerra de Vietnam y las penurias domésticas. El ritmo afroamericano (como los blues de Gamoneda) sirve al poeta para verbalizar un dolor personal que representa los padecimientos de la humanidad. Una guerra lejana que pone sombras en los rostros de los abuelos manchegos cuando se acercan a ver su nietecita Guadalupe, más tarde poeta también, como sus padres. Aunque esta fue la secuencia de sus primeras publicaciones, en realidad el libro inicialmente escrito fue Taranto. Homenaje a César Vallejo , compuesto en 1961 y publicado diez años más tarde en Lima. En él, los poemas dedicados al Vallejo pródigo que vuelve conviven con versos que recogen las miserias y estrecheces de su experiencia: «En este pueblo, calle, puerta, aquí, / más allá, lejos, antes, hace siete años, / atravesé la puerta, dejé el verano fuera / y, a mi salir, el mundo era un trueno cansado / que yo no conocía, aunque / se me hermanó, para que no tenga otro».
ENTRE CORTÁZAR Y MACHADO
Aquel 1971 Félix Grande reúne su poesía publicada completa con el título de Biografía, añadiendo unas prosas poéticas que titula nerudianamente Puedo escribir los versos más tristes esta noche : la purga extremada de su corazón que se convierte en termómetro de una peste. Su presente de oficinista madrileño remite a las raíces de Mérida y a las penurias manchegas de Tomelloso en una travesía por la angustia existencial. Por entonces, el poeta dirige la colección Puente Literario de Edhasa, donde prepara una edición de la poesía de Ory, y publica en Taurus (1970) su Apunte sobre poesía española de la posguerra , donde valora la poesía de Panero y Rosales, se muestra estricto con los Novísimos de Castellet y realza el legado de César Vallejo.
Las rubayátas de Horacio Martín (1978) bautizan a su heterónimo con el nombre del protagonista de Rayuela y el apellido machadiano. Este sexto libro le supone a Grande el Premio Nacional de Poesía y esconde en su cadencia una historia de amor prohibido: «Tu ausencia pesa como plomo»; y «van cinco días que no te toco, Loba». Las rubayátas tienen su complemento preliminar en Cuaderno de Lovaina , que aparece en 1971 y se incorpora o decae del conjunto siguiendo la marea de un amor sin códigos.