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Los frutos del exilio
ESTE MARTES SE CUMPLE EL CENTENARIO DEL CERVANTES PARAGUAYO AUGUSTO ROA BASTOS (1917-2005), QUE JALONÓ SUS DÉCADAS DE EXILIO CON GRANDES LIBROS MESTIZOS, PARA REMATAR SU TRAYECTORIA CON CUATRO NOVELAS DECLINANTES. divergente

Augusto Roa Bastos
D espués del Cervantes de 1989, Roa Bastos entró en el quilombo mercantil de la época para ir despachando una novelería hueca, que en su caso transita desde la historia colombina de La vigilia del Almirante (1992) y el monoteísmo del poder al que vuelve con El fiscal (1993), a la pesadilla en Contravida (1994) del superviviente de un asesinato carcelario, a quien todos dan por muerto, mientras huye esquivando las tensiones suicidas. La última novela de esta cuelga fue Madama Sui (1995), con el retrato ya tedioso de una de las amantes exóticas del longevo dictador casi perpetuo Alfredo Stroessner, que lo sobreviviría y quien lo expulsó de su país por última vez en 1982, retirándole el pasaporte. Entonces recibió la nacionalidad española y actuó como embajador no oficial de la oposición paraguaya en Europa. Depuesto el dictador, regresó a su país, donde tenía la fama derivada de su Carta Abierta al pueblo paraguayo de 1986, que circuló ampliamente para disgusto del dictador. Este tramo declinante del creador Roa Bastos todavía se prolongó más con Los conjurados del Gran Chaco (2001) y Un país detrás de la lluvia (2002), antes de convertirse en noticia su abandono familiar y los malos tratos padecidos de su cuidadora. Pero sería sumamente injusto que estos ruidos del declive apagaran el fulgor de sus novelas grandes. Los malos tratos de la cuidadora que lo golpeó y le robó dinero y el maltrato literario de los perillanes Cruz Ruiz y Torrente Ballester, que trajinaron con indecencia su decaimiento. Porque Augusto Roa Bastos fue uno de los grandes novelistas hispanoamericanos, con dos títulos (Hijo de hombre , 1960, y Yo el Supremo , 1974) que se cuentan entre los mejores de aquel ramo profuso y cada vez más necesitado de poda. Por eso no podemos incurrir en la gratuita y mendaz inclemencia de los feriantes de su declive.
UN PAÍS BILINGÜE
Paraguay es un país mediterráneo (una «isla rodeada de tierra»), en cuya colonización dejaron una amplia y significativa huella los jesuitas. En realidad, su aislamiento fue ya previo a la separación de la Gran Provincia de Indias, que lo deja marginado de las rutas de la conquista. Sobre todo, cuando se comprueba la imposibilidad de llegar al Plata a través del Chaco, que lo separa de Bolivia. El gobierno jesuítico de Paraguay durante dos siglos reforzó su aislamiento lingüístico, gracias a la conservación del guaraní, tan fecundo en la obra creativa de Roa Bastos. También alentó los movimientos indígenas contra la opresión colonial, que incluye una revuelta comunera entre 1724 y 1747, en la que reclaman mayores libertades y derechos sociales para el común, que es el pueblo. Ya en la etapa contemporánea, se suceden las dictaduras y los episodios siniestros de la historia paraguaya: la dictadura del doctor Francia (1814-1840), la guerra de la triple Alianza (1865-1870) y la guerra del Chaco (1932-1935), que recorren e ilustran los libros mayores de Roa Bastos.
Hijo de seminarista, su padre le enseñó latín y algo de griego, mientras la madre lo entretenía con historias guaraníes, sembrando el doble fluido que anima sus ficciones de madurez. Ya de chaval, actúa como asistente de un tío obispo, Hermenegildo Roa, que beca sus estudios y con quien aprende a ver los problemas de la gente humilde, a cuyo anhelo responde una teología liberadora, que ilustra su primera novela, Hijo de hombre (1960), con la que gana el premio internacional convocado por la editorial argentina Losada. Siete años antes, había publicado los relatos de El trueno entre las hojas , que giran alrededor de los problemas que afectan y agobian a los campesinos pobres. El señor obispo es uno de los cuentos de este primer libro.
LA NOVELA DEL DICTADOR
Hijo de hombre es una novela en la órbita de la teología de la liberación, cuya acción se extiende desde 1910 a la conclusión de la guerra del Chaco, un cuarto de siglo más tarde. En sus páginas, el guaraní se mezcla con el castellano en un mestizaje fecundo que avía un repertorio de motivos duales que enfrenta las historias individuales heroicas con la indecisión crónica del protagonista Miguel Vera, tan parecido al propio autor. En marzo de 1947 Roa Bastos se refugió en una embajada, de donde salió para Buenos Aires, primera etapa de su destino errante. Ya en los cuarenta, se había iniciado como periodista, poeta y autor teatral, obteniendo en 1942 el Premio Nacional de Poesía por El ruiseñor de la aurora. En 1944 y 45 viajó por Inglaterra, invitado por el British Council, deteniéndose a la vuelta en Francia, donde Malraux lo pone en contacto con los intelectuales del momento. Al volver a su país, la representación de su teatro desata una campaña contra él que culmina en el exilio argentino. También edita Losada, en 1966, El baldío , su segundo libro de cuentos, donde bullen la crítica de la dictadura y la falsedad de las apariencias. De Argentina saldrá en 1976, ante la amenaza golpista, invitado por la universidad de Toulouse, donde ejerció como profesor de guaraní y de literatura hispanoamericana hasta 1983. Yo el Supremo (1974) es su obra mayor y una de las grandes novelas sobre dictadores de la literatura americana. Un libro complejo, que combina mitos, crónica y ficción. La polifonía resultante conjuga los ingredientes indígenas del guaraní con la fluidez del castellano en un mestizaje adobado con los recursos de la narrativa menos convencional y más moderna. Como sentenció Carpentier, estamos ante una obra maestra excepcional.