Diario de León
Publicado por
nacho abad
León

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F uimos a pasar algunos días al norte, porque mi mujer está embarazada y queríamos huir del calor de la capital. Encontré una casa con piscina en un pequeño pueblo rodeado de montañas. Era una casa vieja, pasada de moda, pero su aspecto como de otro tiempo me despertó cierta nostalgia, así que no tardé en decidirme. Allí no funcionaban nuestros móviles, ni teníamos acceso a Internet. Los primeros días el tiempo era agradable, y pasábamos las horas a remojo, ni siquiera nadando. Yo me había provisto de lecturas y cervezas, y mi chica llevó consigo el temario de la oposición. En el salón había un antiguo televisor conectado a un vídeo, y en una estantería, una colección de películas en VHS que en otro tiempo regaló a sus lectores un periódico de tirada nacional. No llegamos a cruzar ni tres palabras entre nosotros aquellos días, lo cual sólo puede ser síntoma, en contra de lo que se cree, de una inmensa dicha. Por las tardes, cuando la luz cambiaba de color, los pájaros abandonaban las copas de los árboles y desde el lomo de las montañas descendía una niebla densa y blanca como el fantasma de un rebaño de ovejas. La temperatura bajaba y mi chica entraba en casa, pero yo me quedaba allí, junto a la piscina, envuelto en una toalla, fumando. Fantaseaba con que en ese momento era invisible, salvo por el destello de mi cigarro. El humo del tabaco se confundía con la niebla, como si fuesen dos palabras de un mismo idioma. Luego, entraba en casa y preparábamos la cena, y cenábamos y después veíamos una de esas viejas cintas en aquel viejo aparato. Eran películas que había visto años atrás. Pero por sus personajes y sus tramas había pasado más tiempo que por nosotros. Sus diálogos, doblados al español, usaban un lenguaje que habíamos ido dejando atrás, a medida que nos despegábamos del siglo XX. Yo cabeceaba en el sofá, y una vez incluso caí profundamente dormido. Al despertar, la película ya había acabado y yo estaba solo en el salón. Miré por la ventana y la niebla había desaparecido. El televisor emitía una señal de puntos negros, grises y blancos. Niebla, pensé. Parece una palabra que suena igual en dos idiomas distintos.

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