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Maestro Mateo
EN LA COTA DE SUS 75 AÑOS, QUE ALCANZA EL PRÓXIMO JUEVES, LUIS MATEO DÍEZ (VILLABLINO, 1942) ES DUEÑO DE UN MUNDO LITERARIO SINGULAR, QUE CORONA VICISITUDES (2017) Y FIGURA ENTRE LOS MÁS SUGESTIVOS DE LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA. divergente

El escritor leonés Luis Mateo Díez
E n Villablino vivió la magia de sus Días del desván (1997), evocación de la infancia en el valle de Laciana. A los doce años, la familia se trasladó a León, donde Luis Mateo estudió el bachillerato en el colegio de los agustinos, pasando sus veranos en La Magdalena, y en 1961 empezó Derecho en Madrid, carrera que finalizó en Oviedo. Entre 1963 y 1968, participó en la aventura de la revista poética Claraboya, junto a Agustín Delgado, José Antonio Llamas y Ángel Fierro. En sus páginas publicó los primeros poemas, reunidos más tarde en Señales de humo (1972). Esta vertiente de su creación fue efímera y tuvo un coletazo festivo en Parnasillo provincial de poetas apócrifos (1975), perpetrado en complicidad con Agustín Delgado y José María Merino, antes de dar paso a la ficción narrativa.
Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas, vio la luz en 1973. Luego publicó un par de novelas cortas: Apócrifo del clavel y la espina, premio Café Gijón, y Blasón de muérdago (1977), dos calas en el linaje valleinclanesco de los Alcidia de Benllera, y un viaje literario resuelto entre la geografía de la memoria y la fascinación del mito: Relato de Babia (1981). La secuencia de sus novelas ha construido un universo literario singular y exclusivo. Sus personajes, de factura y nombres peculiares, se desenvuelven en escenarios grises, que parecen predispuestos para alojar la rendición de la derrota o la doma de los sueños Tipos de audacia resignada, que resultan tiernos y a menudo extravagantes.
Su peripecia sombría se clarea con el disolvente del humor, contrapunto eficaz para evitar el acecho del costumbrismo. Ese orbe literario, que conjuga lances indecisos y tiempos menesterosos, se asienta en una prosa de apresto tectónico. Ahí radica el timbre de calidad de un autor irrepetible. Su escritura disuelve en humor la herencia de la memoria rural y somete el legado de los relatos orales y su prosodia de frases hechas al quiebro irónico de los esguinces líricos.
En su trayectoria, destacan novelas llamativas por la complejidad formal y por su destreza en el manejo de registros muy diversos, como La fuente de la edad (1986), y otras que deslumbran por su ambición, como La ruina del cielo (2000). Ambas cosecharon los premios Nacional y de la Crítica, que distinguen a la mejor novela de cada año. Estas cumbres de su obra enlazan entre sí mediante una cadena de títulos que recoge el avance y los giros de su proyecto narrativo. Las estaciones provinciales (1982) trazó un retrato inclemente de la parda posguerra de la provincia. Trece años después, Camino de perdición supone una vuelta de tuerca que clausura provisionalmente con su ambición la atmósfera de aquel mundo narrativo.
Después de la inmersión en el letargo provincial, sucede la fundación de Celama, una comarca sin árboles ni montañas, metáfora de la extinción de un modo de vida tradicional. El espíritu del Páramo (1996) diseña un nuevo territorio del que surge la pesquisa melancólica de Ismael Cuende, protagonista de La ruina del cielo (1999). Sus páginas nos ofrecen el oratorio espectral de una cultura vencida, la polifonía de la derrota y el inventario de la melancolía. Un lapidario poblado por cientos de personajes con sus tronadas peripecias. El oscurecer. Un encuentro (2002) remata la trilogía de Celama, concebida como homenaje a las culturas rurales en extinción y reunida en el volumen El reino de Celama (2003). Pero la secuencia de los ciclos no agota la fertilidad de sus territorios narrativos y en 2004 Fantasmas del invierno recobra la cartografía de la ciudad raposa, un burgo aterido por los miedos de la posguerra. Ese relato expresionista nos traslada el insomnio de unos personajes que maceran los horrores de la represión, el espanto de los muertos arrojados al río y el enjambre acuciante de menesterosos que transita sin descanso con el frío y el miedo metidos en los huesos. El fulgor de la pobreza, La gloria de los niños, Los frutos de la niebla, El animal piadoso, Pájaro sin vuelo, La cabeza en llamas y La soledad de los perdido s conducen al desafío de Vicisitudes (2017), que despliega 85 novelas en una.
El árbol de los cuentos (2006) agrupa sus relatos y Fábulas del sentimiento (2013) las doce novelas breves de una peculiar y poderosa comedia humana. A través de argumentos escuetos, que se alimentan de sueños, fantasías, culpas y olvidos, incentiva un espacio de misterio y propone una lectura moral que ofrece la contemplación amarga de la vida. El estilo, despojado de alardes, alcanza un tono simbólico, que incorpora la participación del lector en la pesquisa de sus meandros, también en el rechazo o seguimiento de las derivas que ofrece. Leídas en conjunto, estas fábulas de cuño cervantino emocionan y a menudo perturban. Son estaciones de una historia única, cuya secuencia activa su significado moral y la ambición de un empeño literario de altos vuelos. Su escritura disuelve en humor la herencia de la memoria rural y somete el legado de los relatos orales y su prosodia de frases hechas al quiebro irónico de los esguinces líricos.
Académico de la Lengua, ha reflexionado sobre el oficio de escribir, a la vez que realizaba sucesivas contribuciones al esclarecimiento de los espacios fundacionales: Valles de Leyenda (1994) y Laciana: suelo y sueño (2000). Su obra literaria está traducida a numerosos idiomas y en ocasiones ha sido adaptada al cine.