De nuevo, el mar
LA REGATA Manuel Vicent Alfaguara. Madrid 2017. 234 páginas
U na vez más Manuel Vicent escoge el mar como escenario de una obra cuyo argumento desarrolla una trama casi convencional: el mundo de las regatas, la corrupción, los amores adúlteros, la muerte… El primero de los breves párrafos (en cursiva, como anticipo lírico de los capítulos y con significado especial) abre y cierra la obra: «—Algún día te llevaré al valle donde florecen los limoneros. Y luego iremos a navegar— le dijo el pez gordo a la joven estrella. (…) Así empezó entre el pez gordo y la joven estrella una historia de terror».
Con este preámbulo, el argumento discurre por los escenarios del Mediterráneo y algunas de sus ciudades, a las que llegan las naves de la regata. Entre los personajes figuran seres corruptos (enriquecidos sin escrúpulos, como Pepe California) y muchachas de condición humilde, afanosas por promocionarse con sus encantos, como Dora Mayo o Laia. La acción se desarrolla sobre todo en el mar, descrito con los recursos retóricos habituales, en los que Manuel Vicent es un maestro. Subyacente a esta acción general aparece Ismael, uno de los personajes más interesantes: «En este barco se había enrolado el joven escritor Ismael Arnau, apenas un novel en el oficio», que se ha propuesto un trabajo de recreación sobre la travesía, una mirada distinta a la real. A medida que avanzan las páginas, el lector va descubriendo la personalidad de Ismael (formado en la realidad de la vida y a la sombra de su abuelo Joan) con una personalidad inteligente. Y llega el momento de su filosofía cuando confiesa a Laia: «En este momento, bajo las estrellas, todo mi horizonte son tus labios», sin que falte alguna cita de Robert Graves. Pero existe una desconexión sentimental entre Ismael y Laia, palpable en las últimas páginas. Por ello, el ambiente de felicidad lograda por el creador se frustra. «Mientras contemplaba cómo las olas cernían la claridad lechosa de la luna llena, pensó que podía escribir esta historia». Al final, Ismael escribe el desenlace y el lector puede imaginarlo, no queda lugar para la duda: «Y así empezó la travesía», enlazando con el propio comienzo de la novela.