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Tulipanes del Caribe
ESTE NOVIEMBRE SE CUMPLEN 30 AÑOS DE LA MUERTE DE ELISABETH MULDER (1904-1987), LA ESCRITORA ESPAÑOLA CONTEMPORÁNEA A QUIEN EL MAESTRO NORA ENCONTRÓ MAYOR SIMILITUD CON VIRGINIA WOOLF. AUNQUE NUNCA CRUZÓ LA RAYA. divergente

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E lisabeth Mulder nació en Barcelona de padre holandés y madre boricua y pasó sus primeros años en la hacienda familiar de Puerto Rico, de donde volvió la familia porque el clima no le sentaba bien a la niña. El padre era marqués de los Países Bajos, médico, melómano y pintor, que conoció al joven Picasso en la tertulia de Els Quatre Gats. Por vía materna, tenía el precedente musical del renacentista Palestrina. Educada con preceptores particulares, fue una mujer políglota, que llegó a dominar inglés, francés, italiano y ruso, lenguas de las que tradujo textos literarios en diferentes épocas de su vida. La preceptora de ruso fue una antigua dama de la zarina Alejandra, que se estableció su exilio en Barcelona. Ya en 1930, publica una antología de Pushkin traducida directamente del ruso. Su profesor de piano fue Enrique Granados y en su juventud practicó patinaje, equitación, tenis y natación. Todo muy rápido, porque con 17 años se casó con el abogado Ezequiel Dauner, de 47, y dos después tuvo a su único hijo, Enrique. Viuda desde 1930.
Aunque nunca llegó a abandonar el cultivo de la poesía, después de la guerra sólo publica Poemas mediterráneos (1949), colección de sonetos al paisaje balear. De manera, que su cómplice Consuelo Berges, editora de su Antología poética (1962), se refiere a este cultivo lírico como la prehistoria literaria de Mulder. Un tiempo de vacío existencial y concurridas soledades, en el que la mujer esfinge apenas permite atisbar sus enigmas. La influencia simbolista de sus lecturas y traducciones, entre las que figura Baudelaire, no disimula una existencia «cernida de tormentas domésticas» y desdichas matrimoniales, en la que la imagen viscosa del pulpo representa el ansia de posesión masculina, provocando la exigencia del marido de recuperar los ejemplares distribuidos de Sinfonía en rojo (1929), su segundo libro poético, por considerar que aireaba intimidades relativas a su honra. Años antes había publicado Embrujamiento (1927) y La canción cristalina (1928); luego completarían la secuencia de su lírica La hora emocionada (1931) y Paisajes y meditaciones (1933), en la órbita del dictado D’Orsiano que entonces la sedujo. Entre 1934 y 1935, publica sus dos primeras novelas: Una sombra entre los dos y La historia de Java, a la vez que traduce La buena tierra , de la inminente Nobel americana Pearl S. Buck.
Los promedios republicanos arroparon su relación clandestina con la poeta, periodista y deportista Ana Martínez-Sagi (1907-2000), una aventura truncada por la amenaza de la familia Sagi de montar un escándalo, que echó para atrás a la siempre cautelosa Elisabeth Mulder. Ana Sagi pertenecía a una familia textil acaudalada de origen paterno leonés y en León pasó sus vacaciones juveniles. Fue entonces cuando la cortejó el poeta y bohemio leonés Mario Arnold (1904-1960), fallecido en el exilio venezolano. Pero la pasión de Ana Sagi fue siempre Elisabeth Mulder y a su evocación dedicó el centenar largo de poemas pasionales que agrupa su antología Laberinto de presencias (1969), editada en León por Celarayn en uno de sus regresos a la tierra paterna. Ana Sagi fue campeona de España de jabalina en 1931. Hizo la guerra en la columna Durruti y se exilió en Francia, donde se incorporó a la resistencia para facilitar el pase de judíos a España. En los Estados Unidos fue profesora de francés y español en la universidad de Illinois.
Una de las personas a quien Ana Sagi facilita el paso a España y quizá también una dirección de acogida y hospitalidad en Barcelona es la alemana Dolly Latz (1908-1960), directora teatral que durante mucho tiempo vivió en casa de Elisabeth Mulder, en el Paseo de la Bonanova 53, para reabrir en 1952 el teatro griego de Montjuïch cerrado desde 1936. Elisabeth compartió con Dolly su época de mayor presencia en las tertulias de la vida cultural barcelonesa. También su época más combativa, que la llevó a retirar su novela El vendedor de vidas del Premio Ciudad de Barcelona 1953. Aquel premio de creación municipal, que todavía sigue, entre 1949 y 1978 se entregó siempre el 26 de enero, para conmemorar la entrada de las tropas franquistas en la ciudad. La chismografía de aquellas navidades grises, dando por supuesta su entrega a Mulder, provocó su retirada del concurso.
De La historia de Java (1935), su novela más vanguardista protagonizada por una gata mítica, a Las noches del gato verde (1963), su narrativa, como apreció Consuelo Berges, refleja diversas versiones de un único y reiterado asunto: el ser humano y su conflicto; la soledad y el intento, casi siempre fallido, de buscar remedio en el amor. Preludio a la muerte (1941) tendrá problemas con la censura a causa del suicidio de su protagonista, pero mereció el elogio de Eugenio D’Ors y fue llevada al cine como Verónica (1950). La siguiente, Crepúsculo para una ninfa (1942), sube a las tablas del teatro como Casa Fontana (1948). El hombre que acabó en las islas (1944) rescata su propia peripecia infantil en escenarios de los Países Bajos, el Caribe y Barcelona. Alba Grey ( 1947) será su novela más cuajada. De nuevo inmersa en los ambientes cosmopolitas de su lvida. También publicó estos años media docena de novelas breves en colecciones populares y tres libros de relatos. El vendedor de vidas (1953) incorpora un giro fantástico al universo barojiano de malvivir. Luna de máscaras (1958) será ya su última novela publicada, pues El retablo de Salomé Amat permanece inédita.