Diario de León

poesía

Cangrejos en la imaginación

el año del cangrejo Mariano Peyrou Pre-Textos, Valencia, 2017. Reino de Cordelia, Madrid, 2017. 72 pp.

Publicado por
josé enrique martínez
León

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E ntre los chinos se habla del año del cerdo o del perro, pero no de El año del cangrejo , una figuración de Mariano Peyrou, que así titula su nuevo poemario. Podemos imaginar con el poeta nacido en Buenos Aires, pero habitante de Madrid desde niño, diferentes significados para el simbolismo plural del cangrejo, como retroceso, pasado, carencia de expectativas, y acaso no demos con el significado que le imprime el poeta. El cangrejo tiene una presencia continua en el poemario: «Ella tenía náuseas y una colonia de cangrejos en la imaginación», «La forma del cangrejo nos acompañaba desde las playas hasta los pinares», «Todo cangrejo sintetiza esperanzas y amenazas»...

Peyrou está para algunos estudiosos entre los poetas que entienden la poesía como resultado de la inteligencia más que de la emoción; para otros su poesía tiende al enigma y la paradoja y a un resultado lindante con el hermetismo. Algo hay de todo ello en El año del cangrejo , escrito en versículos sueltos como fragmentos contundentes de un todo, aislados gráficamente, aunque con una continuidad imaginativa y temática que viene dada por la reiteración de determinados elementos en el relato poético, en el que el protagonista, el yo de cada poema, habla de ella, Inés, que con sus cangrejos imaginarios sufre, a lo que parece, de una dolencia que la va disminuyendo; ella es la destinataria de recuerdos, palabras y sueños, en un espacio de mar y de un dialecto local al que se alude en diferentes momentos. Peyrou construye una atmósfera sentimental de tristeza y miedo; la vida parece imponer valores como la paciencia, la perseverancia y el «valorar el esfuerzo por encima del talento», a lo que opone el poeta la libertad y el aprendizaje sin ataduras que constriñan aquella libertad.

El poemario se compone de tres partes. En la segunda se insiste sobre un primer recuerdo atado a Inés, la casa de una tía muerta y las visitas al hospital donde «ella nos esperaba con sus flores amarillas», ella, que acaso se esté preparando para un viaje sin retorno. Se insiste, asimismo, en atravesar la cáscara de las cosas, pues «la superficie de las cosas era el cangrejo de las ideas».

Y así se llega a la parte última, en la que reaparecen personajes y espacios anteriores y se expresan ideas como esta: «No hay tristeza sin conciencia del tiempo». Se trata, como se ve, de una poesía a la que estamos deshabituados. Quizá en eso resida su valor.

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