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nacho abad
León

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R ecuerdo la primera vez que vi a un escritor en persona. Me acuerdo de sus cejas negras y brillantes como las alas de un cuervo, y de sus gafas de cristales ahumados apunto de caerse de la punta de su nariz. Si embargo he olvidado su nombre y qué tipo de literatura escribía, y lo más curioso de todo, lo que más me inquieta es que después de ese día no he vuelto a saber de él, a pesar de que creo conocer con cierta anchura el mundo literario. No he vuelto a ver su cara en la fotografía de un periódico, ni en la solapa de un libro, ni en las viejas revistas especializadas que ojeo los domingos por la mañana en el Rastro de Madrid. La profesora de Lengua nos lo presentó como alguien importante, y había una expectación electrificada, fascinada en el rostro de aquellos niños y niñas que íbamos a descubrir qué es ser escritor antes de haber leído, al menos en mi caso, un solo libro. Le recibimos de pie con un aplauso, y el hombre, que vestía mal, como los profesores en los ochenta, estuvo un rato hablando de su oficio. Luego sacó un par de volúmenes bien encuadernados y nos leyó algunos pasajes de su obra. Leía con cierta teatralidad, con un tono fronterizo entre actor de doblaje y catequista, entre juez y maestro circense, y aunque no entendí nada de lo que nos dijo, me gustaba cómo sonaban las palabras en su voz.

Hace algunos años, en una red social, en un grupo de antiguos alumnos de mi viejo colegio, escribí un mensaje preguntando si alguien recordaba algo más de aquel escritor sin nombre.

Fueron pasando los días y nadie contestaba. Supuse que para el niño que se convirtió en mecánico, o para la que ahora es jurista, o para la pediatra, aquel encuentro con un escritor no dejó ninguna marca en su memoria. Aun así, un día, paseando por León, al encontrarme con quien fue mi compañero de pupitre durante varios años, le invité a tomar una cerveza y volví a insistir. Hizo un gesto de indiferencia y no supo qué contestar. Entonces recordé algo que el escritor había dicho en su charla: «Tienes que acordarte -dije a mi compañero-, tenía unas cejas enormes, y nos dijo que para ser escritor es necesario tener una buena memoria, una memoria que no te traicione». «Pues parece que una buena memoria -contestó mi compañero- no es suficiente para que no te olviden».

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