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Ronda Marsé

HOY CUMPLE 85 AÑOS JUAN FANECA, ADOPTADO COMO JUAN MARSÉ AL MORIR SU MADRE EN EL PARTO. QUIZÁ EL NOVELISTA ESPAÑOL CON UNA CALIGRAFÍA DE LA MEMORIA MÁS RICA Y EXPRESIVA. PROTAGONISTA DEL POEMA DE GIL DE BIEDMA QUE EVOCA «EL ÚLTIMO VERANO DE NUESTRA JUVENTUD» EN LA CASONA DE NAVA DE LA ASUNCIÓN . divergente

El escritor Juan Marsé, en una conversación junto a Vila-Matas

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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A quel agosto de 1965 en La Nava dio remate Marsé a su novela Últimas tardes con Teresa , con la que obtendría el premio Biblioteca Breve, en apretada disputa con La traición de Rita Haywoorth , del argentino Puig. También aparecían en el poema Ángel González y su prima Carmina Labra, además de la marquesa Campos y su ayudante Joaquina «de pechitos de manzana», que será la mujer de Marsé. Era su tercera novela, en la que el Pijoaparte, un embaucador charnego de barrio, seduce a Teresa Serrat, niña bien universitaria, haciéndose pasar por líder obrero. Pero la burla no se detiene en esa trampa obvia, sino que incorpora todas las dosis de ácida ironía y madurez narrativa que conceden empaque literario a la querella sentimental del joven Marsé. Operario de un taller de joyería entre sus trece y 27 años, en 1961 marchó a París con un giro de mil francos procedente de la sección francesa del Congreso por la Libertad de la Cultura, para después de muchas penalidades y trasteos, encontrar acomodo de becario en el Instituto Pasteur, como ayudante del biólogo y futuro Nobel Monod. Allí trató con la gente de Ruedo Ibérico, con Semprún y Goytisolo, se relacionó con intelectuales e inició su militancia comunista, que alargaría en el PSUC hasta 1967.

Por entonces ya había publicado Encerrados con un solo juguete (1960), finalista del Biblioteca Breve, y varios cuentos en Ínsula. También había ganado el Sésamo 59, con el relato Nada para morir , y concurrido al Nadal que recayó en Matute por Primera memoria , con una novela luego olvidada, que tituló Cenizas . Encerrados con un solo juguete muestra los coqueteos y arrumacos de tres amigos (Tina, Andrés y Martín), hartos de la herencia asfixiante de la guerra, de la que aspiran a alejarse marchándose de España, como hizo el propio Marsé en París, donde escribió Esta cara de la luna (1962). En sus páginas asoma el tránsito de un joven inconformista desde la aversión hacia el cinismo. El protagonista es hijo del director de un periódico influyente de Barcelona y fracasa en su intento de poner en marcha una revista crítica, antes de acomodarse en la plantilla de otra del corazón, donde no duda en usar con trampa los medios más mezquinos, incluido el chantaje, para trepar, refugiado en el amor de Lavinia. Una segunda versión de esta novela, que vio la luz en 1970, prescinde del grumo de los tópicos y afina la ironía ácida y agresiva que va a cuajar en Últimas tardes con Teresa (1966) y La oscura historia de la prima Montse (1970), estableciendo velocidad de crucero a la narrativa de Marsé, magnífico contador de historias, que en su quinta novela llamará aventis: invenciones infantiles con el argumento de los sucesos que jalonan sus vidas turbias y sombrías. Pero en Últimas horas y La oscura historia el objeto de sátira todavía es la juventud burguesa que juega al compromiso y que en casos extremos llega a inmolarse, como la visitadora de presos que acaba en suicidio. En la oscura historia aparecen los cursillos de cristiandad, los activistas de la Opus que juegan al antifranquismo y una alta burguesía que se define como catalanista y católica. Ingredientes que Marsé maneja con furia sarcástica o parodia compasiva, como extraídos del pozo de su memoria, donde tomaron la adherencia de musgos o costras de olvidada procedencia.

Si te dicen que caí (1973) obtuvo el Premio Internacional México en su primera aparición en aquel país y vio la luz en España (1975) con prólogo de Ridruejo, uno de los autores del himno de Falange. El buceo de la memoria se extiende desde los lejanos 40 a los 60 multiplicando voces, episodios y registros: desde el arranque en las pupilas muertas del trapero que representó orgías para un alférez inválido, a los últimos pistoleros del anarquismo.

Los excesos se imponen en aquel universo turbio como salida del tétrico destino de la marginación. Lo verosímil tiende al mito, para dotar de ambigüedad a las historias. Buena parte de lo que se cuenta son aventis disparatadas y fantasiosas de los chavales de barrio, que actúan como sintonía ambiental de aquel universo turbio y pringoso. De este magma de solares calcinados brota Rabos de lagartija (2000), la última de sus grandes novelas.

Entre medias, Marsé va salpicando títulos diversos, también con ambiciones distintas. Quizá la más floja sea su premio Planeta del 78: La muchacha de las bragas de oro , donde caricaturiza los esfuerzos de los viejos fascistas por cambiar de chaqueta para ponerse al día. Se interpretó que Luys Forest podía ser Laín Entralgo con su Descargo de conciencia , pero también el falangista Luys Santamarina. El protagonista se retira a una playa para enmendar su memoria y allí se acuesta con su sobrina, que también puede ser su hija, porque tuvo relaciones con su madre. La voluntad de ocultación fracasa, como también su conato de despedida heroica, porque se le encasquilla la pistola con la que intenta pegarse un tiro. Un día volveré (1982), Ronda del Guinardó (1984) y El embrujo de Shangai (1993) regresan a los desmontes del barrio que arropa la mejor literatura de Marsé. Ahí se emplaza también Rabos de lagartija , novela coral donde la inocencia y la culpa, la memoria y la ira tejen un relato inolvidable.

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El amante bilingüe (1990) ajusta cuentas con el catalanismo rampante en una sátira feroz de las megalomanías pujolianas, mientras Canciones de amor en el Lolita’s club (2005) muestra toda una batería de conflictos en la periferia de Barcelona.