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nacho abad
León

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Cuando llegas al ecuador de la vida dejas de ir sumando palabras a tu léxico para ir descontándolas: no es que las olvides ni que las pierdas, es que se te van cayendo. Sin hacer demasiado ruido. La mayoría de la veces no te das ni cuenta, y aunque en un principio te molestabas en recogerlas y limpiarles la arena para ponerlas de nuevo en curso, llega el día en que las dejas ahí, como si en vez de caerse te las hubieras sacudido, e incluso notas un ligero alivio al no sentirlas de nuevo en la órbita de tu sistema lingüístico, que de no ser una metáfora, sería algo parecido al sistema linfático, al nervioso, al mismísimo sistema digestivo: una parte más del aparataje del cuerpo humano, hecho de tubos y vasos, de colectores y esfínteres, de glándulas y membranas. Tendría, imagino, algo parecido a un bazo, una víscera ocupada en eliminar palabras viejas e inútiles, o palabras nuevas que, por algún motivo, se han malogrado o corrompido. En ese órgano imaginario tiene lugar esta columna: ahí sucede que vuelvo a mi casa con una palabra entre los dedos. Es una palabra que me gusta. Tiene un bonito sonido, una forma erótica. La llevo con cuidado para dejarla sobre el teclado de mi ordenador, pero al cruzar la calle, se cae al suelo y la veo desaparecer, como esas gotas de lluvia breve que caen sobre el pavimento una tarde de agosto. Sin embargo, luego, al hacer recuento de ideas, todo parece en orden, nada falta. ¿Qué palabra era aquella que vi evaporarse? No la echo de menos («echar de menos» son tres palabras que algún día también se tendrán que caer, al menos así, que con esa forma de archipiélago y nostalgia, con ese aspecto de cliché insufrible), y continúo con mi oficio de ir colocando, una tras otra, las palabras que aún circulan por el torrente lingüístico. Y aquí sucede que una se demora. Parece no querer continuar. Forma cierto atasco. Las demás se aprietan, se hacinan. Pero ella no cede. Quiere desaparecer. No va a llegar al final de este relato. Esta sola palabra que ha ido y venido entre todas las demás, que conjuró ideas y cuestionó argumentos, ahora se va sin despedida, se cae como el cabello con los años, como la piel de los párpados, como la postura, y los héroes, y los amores, como se van cayendo todos nuestros sueños.

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