Diario de León
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nacho abad
León

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Cuando la señora Escritora llegó el jueves por la tarde a casa encontró a su marido, el señor Escritor, agitado y pálido, desorientado. Lo primero que pensó es que había sufrido un accidente doméstico. Pero él, con los nervios torcidos, le explicó que al abrir el agua caliente para bañarse, del grifo, en vez de agua, habían caído unas manchas oscuras y brillantes, del color de la tinta negra, que tras rodar como canicas de mercurio por la bañera, se habían detenido formando las palabras «agua caliente». La señora Escritora, que por un momento temió que su marido sufriera un brote psicótico, entró en el baño y comprobó que el hombre estaba diciendo la verdad y que además el líquido se había transformado y ahora se leía «agua no tan caliente». Tiró del tapón y vio cómo una detrás de otra las letras se fueron por el desagüe dibujando una espiral. «Ya nos bañaremos mañana» resolvió ella con optimismo. Pero a la mañana siguiente las cosas empeoraron. En la cocina la nevera había sido remplazada por seis letras enormes y verticales que formaban la palabra «nevera». La señora Escritora metió la mano en la abertura de la «e» central y al tirar de ella, la palabra se abrió como una puerta. En su interior había un montón de palabras pequeñas, envases de palabras, una botella de leche hecha de palabras, incluso doce palabras con forma de huevo que eran además la palabra «huevo».

El matrimonio pasó el día sin comer y sin lavarse, cada uno en su escritorio, trabajando. En dos o tres ocasiones, la señora Escritora se levantó y fue a la cocina a buscar, a falta de comida, un adjetivo o un sinónimo con el que corregir la sintaxis de un párrafo. Luego el día fue quedándose sin sol, y el señor Escritor pulsó el interruptor de la luz, y la lámpara, que no lució, emitió unos trazos caligráficos en los que se leía «luz eléctrica». Desesperados, hambrientos y sucios, salieron de casa. En la calle se detuvieron frente la luna de una cafetería. No creían lo que estaban viendo: en el interior, la comida seguía siendo comida, caliente y apetitosa, y no un conjunto de letras. La señora Escritora buscó en su cartera dinero para invitar a cenar a su marido. Pero allí no había monedas ni billetes, sólo palabras. Idénticas a las que hay en este artículo.

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