Diario de León

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Mágico y doliente

NUESTRO PRIMER PREMIO NOBEL (1956) HOMOLOGABLE, JUAN RAMÓN JIMÉNEZ (1881-1958), FALLECIÓ EXILIADO EN PUERTO RICO ESTE MARTES HARÁ SESENTA AÑOS. SU OBRA DESLUMBRANTE Y DIVERSA PERMANECE COMO ESENCIA LOGRADA DE LA MÁS ALTA POESÍA EN ESPAÑOL. divergente

Retrato de Juan Ramón Jiménez realizado por Sorolla

Retrato de Juan Ramón Jiménez realizado por Sorolla

Publicado por
ERNESTO ESCAPA
León

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D esde su enclave en la generación institucionista de Ortega, Juan Ramón Jiménez enlazó el modernismo de Rubén Darío con los jóvenes poetas del 27, en un magisterio salpicado de ruidosos incidentes. La muerte repentina del padre y la ruina familiar desataron los trastornos nerviosos que arrastrará toda su vida, convertido en hipocondríaco. «Yo gozo cuando estoy triste, porque sólo mis penas fueron constantes amigas». Enseguida descubrió, como estudiante en Sevilla, su pasión por la pintura y sobre todo por la poesía. Con 19 años, viajó a Madrid, donde lo acogió Villaespesa y publicó sus primeros libros, bajo tutela de Valle y Rubén. Vuelto a Moguer para cuidarse mareos y ahogos, su madre lo envía en mayo de 1901 con el doctor Lalanne y familia cerca de Burdeos. Ingresado después del verano en el sanatorio del Rosario, en Madrid, conoce al doctor Simarro, que lo acerca a la Institución Libre de Enseñanza, cuyas ediciones va a dirigir unos años después.

Con la hija de Lalanne y con algunas monjas jóvenes del Rosario tuvo sus primeros amoríos, estrenando una afición que nunca iba a decaer. De 1904 es la aventura con la peruana Georgina Hübner, expresada en su Carta a GH en el cielo de Lima, una de las elegías más bellas de la historia, recogida en su poemario Laberinto (1913), anterior a Zenobia. Ya entonces, Juan Ramón quiso tomar un vapor para Perú y lo disuadieron sus engatusadores con un telegrama que comunicaba la muerte repentina de la musa Georgina. Descubrió el enredo de los jóvenes peruanos Carlos Hübner y José Gálvez el profesor Oliver Belmás en los cincuenta, quien llegó a entrevistarlos y a manejar los materiales de aquel embeleso. Pero no todo fue broma y artificio. La imaginería del erotismo se hace explícita: «el viento dibujó la vana redondez mimosa de sus pechos», mientras «el pinar se diría el sexo de la noche». En 1907 se había separado de su marido Muriedas, tosco y grandote, que la maltrataba, Luisa Grimm (1878-1960), descendiente de los folcloristas alemanes, a quien dedica La soledad sonora (1911): «honda, fina y dulce entre todas las mujeres». Se habían conocido en 1902, antes de su repliegue a Moguer, y le descubrió la poesía anglosajona, que empezó a traducir con ella, mujer culta, sensible y con amplia experiencia de la vida. En julio de 1932 se suicidaba de un tiro en Las Rozas la joven escultora Marga Gil Roësset (1908), después de expresar en su diario la pasión de un amor imposible por su adorado Juan Ramón.

Entre 1905 y 1912, vivió siete años en Moguer, acogido al cobijo de la madre y al estímulo de su tierra. Allí crece la elegía krausista de Platero y yo (1914). Sus 138 cuadros dibujan un año de Moguer, entre Semana Santa y febrero, sin incurrir en lo pintoresco, convirtiendo a su pueblo en raíz libre de intemperie y panteísmo, material para una pedagogía de la sensibilidad, que aúna coraje y belleza. Sin ánimo de moralizar, por su «horror instintivo al apólogo, como a la iglesia, a la guardia civil, a los toreros y al acordeón». En 1913 conoce a Zenobia Camprubí en la Residencia, pero el noviazgo es difícil, por la oposición de la madre, que quiere casarla con un abogado de Harvard. Para alejarlos, se la lleva a Estados Unidos, pero la pasión encendida de Juan Ramón lo impulsa a tomar el barco y cruzar el atlántico. Zenobia era alegre y tenía un sentido práctico de la vida, cualidades insólitas e inasequibles para el poeta.

Se casan en Nueva York en marzo de 1916 y Juan Ramón clausura la primera etapa de su obra, que inaugura su tiempo de plenitud, siempre sometida a revisión. Cierra entonces (1915) también la relación tentadora con Luisa Grimm (1878-1960), «honda, fina y dulce entre todas las mujeres», en su dedicatoria de La soledad sonora (1911). Descendiente de los folcloristas alemanes autores de cuentos para niños, se conocieron en 1902 y Luisa le descubrió la poesía anglosajona, intercambiando amores, copiosa correspondencia y proposiciones, incluida la de boda, una vez liberada del marido tosco y grandote que la maltrataba. A lo que no autoriza la clausura del primer ciclo de su obra es a colgarle el desprecio octaviano de Paz: «puro talco; no polvo, sino puro talco de cursi que es».

Siguen veinte años fecundos: Diario de un poeta recién casado (1917), Eternidades (1918), Piedra y cielo (1919), Segunda antología (1922), Poesía y belleza (1923) y Canción (1935) jalonan este período de constante revisión, durante el que también cultiva una prosa siempre lúcida y a menudo implacable con sus contemporáneos: Marañón (a quien supone en la Academia para mirar la lengua a sus miembros), Bergamín (Sepepe), Guillén, Cernuda y Salinas, cuya poesía define como «labia, falsete y cornete».

La tercera plenitud discurre en el exilio, con abundante obra recuperada póstumamente y recogida en Tercera antología (1957) y en Lírica para una Atlántida (1999). Un tiempo de madurez poética que acentúa la alianza de emoción y metafísica. En 1998 vieron la luz los dos tomos de Juan Ramón de viva voz, que recoge sus confidencias a Guerrero Ruiz (fundador de Adonais), y en 2009 el voluminoso Guerra en España (1936-1954), donde anota el episodio del asalto falangista con robo a su casa de Madrid en 1939, perpetrado por «el joven ratero catalán Félix Ros y otros adláteres maleantes»: el luego jerarca de UCD Carlos Sentís y Carlos Martínez Barbeito, a quienes reclama durante años que devuelvan los cuadros y libros robados. A pesar del exilio, su alerta le sirvió para apreciar la poesía interior de Panero, Bousoño o Hierro, «que han seguido absorbiendo la savia eterna española», por encima de la obra de posguerra de Aleixandre, Gerardo o Dámaso.

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