Diario de León

Muerte de un gigante

l Philip Roth deja un inmenso vacío en las letras. Sexo, amor, culpa, soledad, furia y muerte son los ingredientes habituales de la literatura; la diferencia entre unos autores y otros está en su tratamiento formal. En manos de Philip Roth, el resultado ha sido una serie de obras maestras.

El escritor norteamericano Philip Roth

El escritor norteamericano Philip Roth

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E l para muchos mejor escritor de las últimas décadas murió esta semana a los 85 años en un hospital de Nueva York, por un fallo cardiaco. Tenía problemas de corazón desde hace un cuarto de siglo y le habían instalado cinco ‘by pass’. Después de ganar todos los premios mayores de la literatura -salvo el Nobel, para bochorno de la Academia sueca-, se había retirado en 2012, el año que fue distinguido con el Príncipe de Asturias de las Letras, porque se consideraba sin fuerzas para abordar un nuevo proyecto. El «escritor obsesionado por el sexo» y «judío antisemita», odiado por integristas de todas las religiones, sionistas recalcitrantes y feministas radicales, ha callado para siempre.

«No puede imaginarse lo aburrida que sería mi autobiografía», comentó una vez durante una entrevista. Y en parte tenía razón. Nacido en Newark el 19 de marzo de 1933, formaba parte de la segunda generación de estadounidenses de una familia de judíos de origen polaco. Su adolescencia fue tranquila, lejos de las inquietudes que ya germinaban en la próxima Nueva York. Según contó él mismo, lo más transgresor que él y otros cuatro amigos hacían antes de entrar en una universidad cristiana de nivel medio era sentarse en el coche del padre de alguno de ellos y charlar durante horas sobre el único tema que les interesaba: el sexo.

Más tarde se graduó en Literatura inglesa, se alistó en el Ejército durante un año y se casó con Margaret Martinson, una camarera bella, inestable y adicta a la mentira. Ese mismo año (1959) publicó Goodbye, Columbus , una recopilación de varios cuentos y una novela, con la que ganó el National Award.

Durante más de treinta años compaginó la enseñanza de la Literatura (impartió clase en Princeton, entre otras universidades) con la creación. Ya en su segunda novela, Deudas y dolores , el personaje central es un joven profesor judío. Lo repetirá en muchas de ellas, con un protagonista que envejece al mismo tiempo que el autor. A partir de Mi vida como hombre (1974), ese personaje ha tenido un nombre y se ha convertido, con toda claridad, en su álter ego: Nathan Zuckerman.

Pero antes había muerto Margaret en un accidente de tráfico cuando estaban en pleno proceso de divorcio. Roth usó su difícil relación en Cuando ella era buena , que tuvo un cierto éxito. Nada comparable al bombazo de El mal de Portnoy , una novela que los sectores más conservadores tacharon directamente de pornográfica porque su protagonista es un obseso del sexo y un masturbador compulsivo.

Novela a novela, siguiendo el modelo de Saul Bellow, a quien profesaba una gran admiración -al parecer algo enturbiada cuando el autor de Herzog vivió un romance con una joven con la que Roth salía-, fue construyendo una visión muy ácida de la sociedad estadounidense, y sobre todo del estilo de vida de los judíos.

Esplendor en la jubilación

Su existencia rutinaria de profesor que en sus ratos libres escribía solo se vio alterada durante un par de décadas por sus problemas de corazón y algunos romances insólitos. Los primeros lo situaron al borde de la muerte, pero salió adelante y a partir de los noventa, con una colección de remiendos cardiovasculares y ya jubilado, escribió más y mejor que nunca. Entre los romances destacan uno efímero con Jacqueline Kennedy, no mucho tiempo después del asesinato del presidente; otro no menos corto con Mia Farrow -busquen ahí el origen de su mala relación con Woody Allen-; y otro de más duración con la actriz británica Claire Bloom, la protagonista de Candilejas .

Los grandes asuntos

Con Bloom se casó en 1990 después de una larga convivencia. El matrimonio duró poco y terminó de la peor manera posible: odiándose. Roth se basó en ella para el personaje de la repulsiva actriz de segunda fila de Me casé con un comunista . Ella fue más directa: en sus memorias Abandonando la casa de muñecas lo más amable que dice del escritor es que era un misógino egocéntrico.

En sus últimos años, ha tocado todos los grandes problemas de su país: el puritanismo, el miedo, la soberbia, la incapacidad para relacionarse con gente de otras creencias y valores, la hipocresía… Y la soledad y la muerte. Soledad y muerte unen al veterano profesor y la estudiante de doctorado de El animal moribundo (al parecer, ella es un trasunto de una joven a la que Roth persiguió con escaso éxito en sus últimos años en la Universidad); soledad y muerte son también los ejes en torno a los que gira Elegía , la historia de un publicista ya octogenario que ve cómo todos van muriendo a su alrededor.

Roth ha partido siempre de sus propias vivencias para construir su literatura. Lo ha hecho en los libros de ‘no ficción’, como Patrimonio , en el que relata la muerte de su padre mientras él está ingresado en un hospital. Y lo ha hecho en la ficción pura, como en ‘Sale el espectro’, donde un septuagenario sufre por la impotencia causada por una operación de próstata cuando se enamora de una joven. Si, como dice uno de sus personajes, el sexo es la única venganza conocida contra la muerte, él ya había quedado a su merced.

Sus últimas obras carecen del humor y la ironía de las anteriores y están embargadas por un profundo pesimismo. En la entrevista que concedió al New York Times hace unos meses, hablaba de la sorpresa que para él significaba despertarse un día más. A los 35 años, temía morir cada noche y por eso le costaba conciliar el sueño, hasta que se convenció de que no debía preocuparse por eso antes de los 70. «Nunca imaginé que llegarían tan rápido», confesó al cumplirlos. En Elegía , cuando trata de recuperar el contacto con viejos amigos y descubre que muchos han muerto y otros están muy enfermos, el protagonista hace una reflexión: «La vejez no es una batalla. La vejez es una masacre». Roth no ha necesitado morir para entrar en la Historia. Sus libros lo han llevado hasta ella.

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