le big mac
Escarabajos ciervo
L lega esta hora de la tarde de este día de la semana en el que tengo que escribir este texto y entonces me pregunto, ¿y ahora qué? Busco entre mis ideas y es como si abriera la nevera y no encontrara con qué cocinar algo comestible. Así que me calzo y me pongo el abrigo y bajo a la calle. La ciudad está llena de turistas. Supongo que en el turismo tiene que haber literatura, aunque no sé verla. Así que continúo, sigo buscando, y en un cruce, cerca del parque, encuentro al protagonista de este relato y le pregunto que a dónde va y me contesta que está buscando escarabajos ciervo y grillos luminiscentes. Los quiere, dice, porque me harán falta al final de esta historia. «¿Qué historia?», pienso yo. «Yo aún no he encontrado ninguna historia», me digo a mí mismo. «Los quiero para ti», insiste, como si pudiera escucharme. Luego agacha la cabeza y continúa su camino sin despedirse. Por supuesto voy tras él, le sigo, lo que no es difícil, porque camina despacio, mirando al suelo. No tiene pelo en la coronilla y la piel de su calva brilla con la luz blanca previa a la tormenta. Mete la mano en el bolsillo de su chaqueta y saca una linterna vieja y oxidada, de las que usan aquellas enormes pilas cuadradas. Se ha puesto frío y la gente sale del parque, lo vacía. Sopla un viento desordenado, como el que uno imagina en el otoño del este. Antes de llegar al lago, torcemos a la izquierda, en dirección al Palacio de Cristal. Atravesamos unos arbustos tras los que hay un camino de tierra. Allí reduce la marcha, dobla las rodillas, enciende la linterna y alumbra el suelo. Bajo la luz eléctrica, la tierra del camino parece la piel de un animal enorme. Entonces se detiene, como si hubiera encontrado algo. Veo que en el oído izquierdo lleva un audífono. Se queda un rato parado, en silencio. Cuando me canso, le pregunto qué está mirando. «¿Qué estoy mirando yo? Ésta es tu historia. Decide tú lo que estoy mirando». «Esto es ridículo», le contesto. «Además, no me gusta la metaliteratura. Me parece un aburrimiento. Me voy», digo yo. «¿Y adónde vas a ir, si aún no tienes historia?» me pregunta. «A buscarla, supongo», digo sin demasiada convicción. «Por cierto, no existen los grillos luminiscentes». Entonces siento un crujido bajo mi paso. Levanto el pie. He pisado un escarabajo.