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nacho abad
León

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Contraté a un guía porque era, me habían asegurado, la única forma de llegar a aquel árbol, uno de los más viejos del mundo, en el corazón del bosque. Al día siguiente, cuando sonó el despertador, bajé a la recepción del hostal y allí me esperaba el hombre, de pie, junto al mostrador de madera. Era un señor ya viejo, con una piel gruesa pegada al cráneo pero que le colgaba como ropa mojada desde la mandíbula. Me saludó con una sonrisa y señaló hacia la ventana. Estaba oscuro. Pensé que aún no había amanecido, pero en realidad sobre nosotros sucedía una tormenta tan negra que no permitía el paso de la luz. Era como si el sol hubiera desistido de ocupar una región que la noche no abandonaba. Me aseguró que en esas condiciones lo mejor era esperar al día siguiente, aunque tampoco me podía decir si para entonces el tiempo habría cambiado. «En esta época del año las tormentas pueden durar días, incluso semanas». Miré alrededor y vi que al fondo de la recepción había un par de viejos sofás y una máquina de bebidas calientes. Le invité a tomar un café y aceptó. Nos sentamos el uno enfrente del otro, en la oscuridad de la mañana. Entonces me contó una historia extraña. Me dijo que a ese bosque solía ir gente a quitarse la vida, mucha más gente de la que iba a ver árboles milenarios. Él quería ayudarles y no sabía cómo. Logró que el pueblo pusiera carteles a la entrada de la carretera rogando a los suicidas que reflexionaran sobre lo que iban a hacer. También que se contratara a psicólogos que ayudaran a los viajeros. Pero aun así todos los años llegaba gente allí y se colgaba de los árboles. Un día, paseando por el bosque, encontró a un hombre vestido de traje, con el cinturón en la mano. Caminaba, decía, como si ya estuviera muerto y solo le faltara encontrar la salida de este mundo. Él cogió una piedra del suelo, se colocó detrás de él y cuando estuvo a su altura le golpeó. El hombre cayó inconsciente y el anciano le susurró algo al oído. Esperó a que se despertara, y le acompañó a su coche. Ya no quería morir. Le había salvado la vida. Estaba orgulloso, feliz. «¿Y qué le susurró?», le pregunté. El anciano se acercó a mí y me dijo algo al oído. Y allí nos quedamos los dos, en medio de la oscuridad de la mañana.

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