El matrimonio que cambió un destino
La boda prodigiosa
La boda entre Cervantes y Catalina de Salazar y Palacios, celebrada en la pequeña localidad toledana de Esquivias, fue germen e inspiración para su obra: De allí salieron buena parte de los personajes de su novela más universal
Casa solariega de Catalina Salazar, mujer de Cervantes.
Aquella pequeña villa manchega, Esquivias, a tan solo 45 kilómetros de Madrid, proporcionó al escritor un periodo de calma, de sosiego, durante el que se gestaron —como coinciden numerosos cervantistas-, algunos de los personajes de su obra más universal: Don Quijote de La Mancha. Como aseveró con gran atino el ensayista y cervantista de referencia, Luis Astrana Marín: «Sin Esquivias no hubiera existido el Quijote» En efecto, durante los dos años y cuatro meses que vivió Cervantes desde su casamiento con Catalina en diciembre de 1584, y hasta abril de 1587, en aquel remanso de paz, rodeado de aquel ambiente tan típicamente manchego de donde saldrían años después personajes y hechos que él transformó en ficción. Fue precisamente un hidalgo esquiviano, tío materno de su esposa, Alonso Quijada y Salazar, quien pudo inspirar a Cervantes para recrear a don Alonso Quijano, el ingenioso caballero don Quijote de La Mancha. Y no fue el único. Otros esquivianos, así como algunos hechos ocurridos en la villa manchega, o en sus alrededores, pudieron servirle de fuente de recreación de otros de sus personajes, incluso de tramas y aventuras. En la hoy Casa-Museo del Mayorazgo de los Quijada, casona solariega del siglo XVI con fachada doblemente blasonada que perteneció a los padres de Catalina, se conservan documentos parroquiales con los nombres de vecinos reales que Cervantes habría podido conocer en Esquivisas como Sansón Carrasco, el vizcaíno, el morisco Ricote, Teresa Cascajo, Pedro Alonso o el cura Pero Pérez. La esquiviana más universal, Catalina de Palacios y Salazar (1565-1626) ha sido presentada tradicionalmente como una figura secundaria y tenue dentro de la biografía de Cervantes. Sin embargo, aquel matrimonio no fue solo un mero episodio privado sino que supuso un verdadero punto de inflexión que cambió su rumbo vital y creativo. Catalina distaba mucho del estereotipo de joven aldeana y apocada. Provenía de un linaje hidalgo en el que se contaban un corregidor de Toledo y un alcalde del Alcázar, y había recibido cierta educación que incluía el latín, modales, lectura y nociones de administración. Su tío, el párroco Juan de Palacios, que ofició su boda, probablemente supervisó gran parte de su formación. Todo comenzó cuando otra esquiviana, Juana Gaitán, viuda del poeta Pedro Laínez, íntimo amigo de Cervantes, le pide a éste ayuda en los trámites para publicar un cancionero póstumo de su esposo y es en aquel primer viaje de Cervantes a la villa toledana, en septiembre de 1584, cuando conoce a Catalina, una joven de todavía 18 años, que le presenta Gaitán con un entusiasmo más propio de buena Celestina que resalta cualidades como su linaje, su juventud, o su buena educación. No se puede saber el nivel de enamoramiento, atracción o amor que existió entre ambos, aunque lo más verosímil para los cervantistas es que en un principio, aquel apresurado compromiso naciera de un acuerdo concertado con cierta urgencia con la familia de la joven. Pero la vida tranquila duró poco. Tras dos años y cuatro meses de apacible vida esquiviana —quizás demasiada para un espíritu tan inquieto como el suyo— en abril de 1587, Cervantes abandona la villa manchega al aceptar el puesto de comisario real de abastos (especie de cobrador de impuestos) destinado a recaudar fondos para la Armada Invencible. Comienza así un largo periplo por tierras andaluzas de casi quince años, largos años errantes repletos de dificultades, denuncias y hasta con períodos de encarcelamientos, años más «de idas» que «de venidas» al hogar conyugal. En 1604, un año antes de la publicación de El Quijote, el matrimonio residía en Valladolid —ciudad a donde Felipe III acababa de trasladar la Corte— y de ello hay constancia. Cuando en 1606 el matrimonio vuelve a Madrid, siguiendo el regreso de la Corte, ambos continuarán juntos hasta la muerte del autor en 1616. Para entonces Catalina se había convertido en el hilo de unión de la familia que había llegado a asumir las responsabilidades sobre la hija ilegítima de su esposo al fallecer su cuñada Andrea quien tuteló a la niña desde la temprana muerte de la madre. Cuando Cervantes abandona este mundo, Catalina cuenta ya con una economía saneada gracias al éxito de El Quijote y vivió diez años más, dedicada a supervisar el legado literario del autor universal. Y sobre si se amaron, o no, como esposos baste señalar un hecho documentado. Catalina llegó a modificar el lugar donde estaba previsto su enterramiento, junto a su padre, para que fuera junto a su esposo.