Diario de León

Las huellas de la guerra

Fernando Calvo defiende en su último ensayo la necesidad de contar los muertos de la Guerra Civil y asegura que todos son nuestros. Además, considera que debería haber un símbolo que uniera a todos los españoles

Imagen de la ciudad devastada de Belchite.

Imagen de la ciudad devastada de Belchite.javier cebollada

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José Oliva
MADRID

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El historiador Fernando Calvo, que acaba de publicar el ensayo Las huellas de la Guerra Civil, considera urgente que España «cuente» los muertos, pues a día de hoy «aún no se sabe con certeza el número exacto de víctimas que ocasionó la contienda», y remarca que «todos los muertos son nuestros». Calvo cree que el proceso de recuperación de la memoria pasa «en primer lugar por contar los muertos; en segundo lugar, por nombrar a esos muertos, porque cada nombre cuenta y merece ser rescatado, una persona sólo se desvanece cuando su nombre cae en el olvido». Por último, subraya Calvo, «habría que recordar a todos ellos conjuntamente: si la tragedia los dividió, la muerte los unió para siempre, y sus descendientes no tenemos derecho a segregarlos de nuevo». Insta asimismo a que ese proceso se haga «colectivamente», una manera de que la memoria histórica sea «una empresa común ilusionante que supere cualquier división o enfrentamiento partidista». La consecuencia, denuncia, es que «en las aulas circulan infinidad de versiones sobre la enseñanza de las causas, desarrollo y consecuencias del conflicto, lo que provoca que se deslicen más juicios de valor que elementos objetivos». En cuanto a la identificación y dignificación de las víctimas de ambos bandos, Calvo considera que «una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos, y nunca vas a tener paz con un muerto escondido». Para Calvo, la vigente Ley de Memoria Democrática tiene una «suprema virtud» al dotar de un marco jurídico adecuado y moderno al proceso de exhumación de cadáveres hallados en fosas y cunetas, pero tiene «un pecado original: haber sido aprobada por mayoría simple». A su juicio, «es un error que cierta parte de la derecha se considere heredera del bando vencedor o que cierta parte de la izquierda quiera engarzar su trayectoria actual con la de los partidos de los años 30, revolucionarios antes que progresistas». Sin perjuicio de las propuestas contenidas en la Ley de Memoria Democrática o en otras que la costumbre va asociando al recuerdo de la Guerra Civil, el autor siempre pensó que un proceso tan simbólico como la memoria colectiva debe basarse en tres pilares generalmente consensuados: «contar los muertos y nombrarlos, pero también recordarlos». Para ese recuerdo, propone encontrar un símbolo de unión para la remembranza de todos los muertos «al estilo de la amapola del recuerdo en los países anglosajones, que podría ser una rama de olivo, un zarcillo de vid o una paloma de la paz picassiana», un símbolo que se pudiese lucir en una fecha en la que, cotejando los partes de guerra, no hubiera habido muertos en los frentes o en la retaguardia. Complementariamente, se podría erigir un memorial unificador, por ejemplo, en alguna localidad en que no hubiera habido víctimas de ninguno de los dos bandos. Al modo de los caminos del recuerdo de Francia, en España no sería difícil hacer algo similar en España con un lugar de recuerdo, que «podrían ser las ruinas de Belchite, que explican la dureza de las batallas y el fanatismo con que ambos bandos lucharon; Guernica, que simboliza la barbarie de los bombardeos; o las fosas comunes de Paracuellos, símbolo del espanto del terror organizado».

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