Diario de León
Sonia Taravilla presenta 'Madrid en el Prado' (Espasa).

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La historia de Madrid y la del Museo del Prado mantienen una relación de la que no todos se percatan. Madrid en el Prado (Espasa), de Sonia Taravilla, propone descubrir algunas historias a través de un recorrido apasionante por la ciudad y por las obras del museo, donde cuadros, edificios y episodios históricos dialogan entre sí como piezas de un mismo relato. Desde palacios desaparecidos y conventos derribados hasta cafés, paseos y ventas hoy olvidadas, el lector recorrerá un Madrid que ya no existe, pero que sigue vivo en las obras del Prado. Cada capítulo es un paseo —o más bien un garbeo— en el que las obras conservadas en el museo se convierten en hilo conductor para pasear por la villa y descubrir a personajes madrileños como las artistas Rosario Weiss o Teresa Nicolau; acontecimientos históricos como el motín de Esquilache o el Auto de Fe celebrado en la Plaza Mayor en 1680; edificios del Madrid desaparecido y las obras que un día los habitaron; y episodios vividos en el propio museo, como el ciclón que asoló la ciudad en 1886 o el falso incendio inventado por un periodista a finales del siglo XIX. Contado con una voz cercana y llena de conocimiento profundo y cariño genuino por la ciudad, Sonia Taravilla invita a mirar Madrid con otros ojos y a volver al Prado como quien regresa a casa. Porque en sus obras no solo están los grandes maestros sino también los madrileños que fuimos y los que seguimos siendo.

A lo largo de estas páginas se despliega un recorrido por las múltiples historias de Madrid que habitan en el Prado. Acontecimientos como los del primer capítulo nos llevan desde un asesinato en la calle Mayor en el siglo XVII hasta un auto de fe multitudinario en la plaza Mayor, pasando por la hambruna que sufrió la ciudad entre 1811 y 1812, reflejada en el lienzo El año del hambre en Madrid. Tampoco faltan los sucesos del 2 de mayo inmortalizados por Goya ni el grupo monumental dedicado a Daoíz y Velarde, una obra singular que, desde su llegada a Madrid procedente de Roma, ha recorrido como pocas las calles de la ciudad. Se evocan también episodios como el incendio del Real Alcázar de Madrid en la Nochebuena de 1734 o el motín de Esquilache, cuando los madrileños se rebelaron contra la imposición de acortar capas y suprimir el sombrero de ala ancha, así como la propia fundación del Museo del Prado, un acontecimiento histórico en sí mismo, recordando que en sus orígenes abría al público únicamente los miércoles. El segundo capítulo adopta la forma de una galería matritense en la que se da rostro a personajes que hoy nos observan desde los lienzos del museo. Entre ellos figura Velázquez, uno de los vecinos más ilustres de la villa, cuya vida y obra están estrechamente ligadas a Madrid. También hay espacio para artistas del siglo XIX como Rosario Weiss, recientemente homenajeada con una placa en su lugar de nacimiento, o la miniaturista Teresa Nicolau, menos conocida pero presente en las salas dedicadas a ese siglo. Un retrato colectivo de Esquivel permite contemplar simultáneamente a varias figuras relevantes de la ciudad, reforzando la idea de que el Prado conserva la memoria viva de Madrid y sus habitantes. Uno de los retratados es precisamente el que fuese el primer cronista de la villa, Ramón de Mesonero Romanos. Y no se olvida de figuras femeninas como la de Manuela Malasaña.

El tercer capítulo invita a adentrarnos en la vida festiva de la ciudad, explorando celebraciones como el carnaval y los bailes de máscaras, así como un acontecimiento muy especial ocurrido durante el reinado de Carlos III en el teatro del Príncipe, retratado por Luis Paret y Alcázar. No falta el entierro de la sardina, que marca el final del carnaval, ni la romería de San Isidro, captada magistralmente por Goya, a través de la cual conocemos la historia del santo, algunos de sus milagros —como el del pozo— y la música que acompañaba la celebración. El recorrido festivo concluye con la verbena de San Juan, que se celebraba frente al propio Museo del Prado, en el paseo homónimo, mostrando cómo la vida cotidiana y las tradiciones populares han quedado reflejadas en el arte. El cuarto capítulo está dedicado al Madrid desaparecido. En él paseamos por una ciudad de lugares que ya no existen o que han cambiado profundamente con el tiempo, como el Casino de la Reina, regalo del Ayuntamiento a María Isabel de Braganza, o el palacio de Godoy, que, aunque se conserva, perdió parte de su estructura en las obras de la calle Bailén en el siglo XX y llegó a albergar algunas de las obras más icónicas de Goya, como las majas. Precisamente Goya está muy presente en este recorrido, que incluye también la historia de sus pinturas negras, originalmente situadas en la Quinta del Sordo. El paseo se detiene en conventos como el de la Trinidad y en cafés históricos como el de Levante.

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