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NURIA SÁNCHEZ VILLADANGOS
León

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«Lo importante no es el fin del camino, sino el camino. Quien viaja demasiado aprisa se pierde la esencia del viaje». Esta cita del escritor estadounidense Louis L-™Amour retrata la naturaleza última de la novela (¿autobiográfica?) de Severiano Fernández Nicolás,

El finalista

, trasfondo literario de la importancia de un bagaje, tanto personal como profesional, convertido en el bello arte que, ya sólo por cuestiones ontológicas, se le supone a la literatura. El título es fiel reflejo de su trayectoria como literato, pues sus novelas han llegado a ser finalistas de premios literarios tan importantes como el Planeta o el Nadal.

Como las historias han de iniciarse por el principio, para Fernández Nicolás son inevitables los recuerdos de su niñez, allá por 1936, en el pequeño pueblo leonés de Montejos donde, siendo estudiante, ejercía de recadero de «herramientas y pertrechos» en las tareas del campo. A pesar de la dureza de esos años en los que las gentes «estaban acostumbradas a vivir mirando hacia la tierra y sin esperanza de que las cosas pudieran cambiar», ese niño avispado y trabajador inició su vida adulta en la mili y, así, Fernández Nicolás cuenta, con añoranza y como dando a entender que cualquier tiempo pasado fue mejor, aquellos veranos de su juventud en los que se embarcó en la travesía militar pasando por el oficio de soldado al cargo de alférez provisional hasta llegar a convertirse en teniente, coincidiendo con la finalización de sus estudios de Derecho. Posteriormente, en un año clave para él, 1947, relata con orgullo su nueva vida como secretario de un Juzgado en Madrid después de haber sido el «número uno entre los sesenta opositores».

Su aparente fracaso en las oposiciones para el cargo de Juez le llevaron por el camino del descubrimiento de una nueva vocación: la de escritor. Su primer intento fue «una crónica sobre el ambiente nocturno de Madrid» que más adelante sería publicada en el

Diario de León

. Fue el inicio de una próspera carrera literaria, con el amargo sabor (¿o tal vez sólo aparente?) de destacar sus novelas como finalistas de premios como el Planeta, en el caso de

Tierra de promisión

(1952), o el Nadal, con

La ciudad sin horizontes

(1953); o el Ondas con

Las muertes inútiles

(1960). Estos relatos, al igual que otras de sus novelas como

Historia de Mundo Alonso

,

El desahucio

(Premio Selecciones de Lengua Española, 1963),

Después de la tormenta

,

Las influencias, Crónica de un juez

,

Chamberí

o

Juicios de faltas

manan de la vida misma, sin trampas ni dobleces, con una variada gama de personajes, que funcionan como los

alter ego

o como máscaras confeccionadas a imagen y semejanza de personas reales y anónimas que cada día se movían por su juzgado.

Pero ante todo,

El finalista

, que supone la continuación o segunda parte de su anterior libro,

Recuerdos

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, es la nostalgia de lo vivido y sentido en familia en los gratos veranos en diferentes partes de la geografía española. Así, la delicada descripción del paisaje hispánico debe su riqueza expresiva y plástica a la propia riqueza interior de Fernández Nicolás. El referente de la familia, su mujer, sus hijos y sus nietos, ha sido un valioso apoyo (¡qué duda cabe!) y, por ello, el libro es un homenaje a ellos y un recuerdo sincero de agradecimiento a sus amigos de León, como Ramón Carnicer, José Enrique Martínez o Natalia Álvarez, aspirando a un alejamiento con lo narrado al escribir en tercera persona con el fin de «despojar el libro de factores sentimentales que pudieran empañar su autenticidad» y aclarando que el relato versa «sobre sus andanzas del tiempo pasado -“fragmentos de su larga vida». Con ello, lo dice todo.