Diario de León
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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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esultan curiosas las coincidencias en torno a diciembre en tres documentos medievales. Para el autor del

Libro de Alexandre,

es el mes de la matanza del cerdo y el disfrute de la probadura primera, en vano afán por combatir el frío: «Matava los püercos diziembre por mañana, / almorçava los fígados por amatar la gana, / tenía niebla escura siempre por la mañana, / ca es en esse tiempo ella muy cutïana»

.

El Arcipreste de Hita resulta más prolijo, pero coincide en los detalles: «El segundo comía toda carne salpressa, / estava enturbiada con la niebla su mesa, / faze nuevo azeyte, con la brasa no l´pesa, / con el frío á las veses en las sus manos besa. / Comía el cavallero la cocina con verças, / enclaresçía el vino con amas sus almueças, amos visten çamarras, quieren calientes queças: / en pos este estava uno de dos cabeças».

Muy próxima resulta la imagen de San Isidoro: «El Calendario del Panteón de San Isidoro lo llama DECENBER -“escribe don Antonio Viñayo- y lo representa como un viejo aterido, envuelto en sayo y manto calentando al fuego los pies que extiende debajo de la mesa y sentado en una silla de alto respaldo». No falta la imagen religiosa del vivir diario: «Sobre la mesa aparece un vaso de barro, en forma de cáliz, mientras que el personaje sostiene en la mano izquierda un pan que bendice con la derecha».

En diciembre, hielos y nieves, si quieres que sea bueno el año que viene

No es momento ahora de faenas en el campo, observa Alonso de Herrera y lo justifica «porque en sí es muy encogido y se daña mucho la tierra». A pesar de ello recomienda poner hortalizas en las huertas aprovechando el buen tiempo que suele hacer en torno a la Inmaculada, simbólica despedida del otoño. No ha tendido sus garras gélidas el invierno, pero se atisba ya el simbólico y tenue ecuador de la oscuridad y la luz.

Era tiempo de

re venatoria

, actividad celebrada con gozo, pericia y artes variadas. Buen momento para cazar rabonas: «En diciembre, siete galgos a una liebre y ella vase por do quiere». Sobre todo, si se trataba del

matacán

, esa liebre castigada en mil carreras, a la que los cazadores habían ampliado su capacidad de oxigenación abriendo con la navaja las aletas de la nariz del lepórido. Todo ello, respetando la condición inerme de los animalillos rurales cuando la nieve cubre los campos: no era de recibo aprovechar la indefensión de las liebres siguiendo arteramente sus inocentes huellas en la nieve.

En diciembre la condición agreste del campo dejaba paso a la fragua, la taberna, la cuadra, la bodega, la cocina-¦

Había siempre tareas domésticas pendientes, como advierte Alonso de Herrera: «es bien procurar las obras de dentro de la casa, como hacer herramientas, adobar cubas, limpiar las vasijas y bodegas. Se reponían los tarucos a las madreñas o se restañaban con pez y resina las grietas que el calor había abierto en ellas. Y se llevaban a cabo con mimo y pericia los recosidos arquitectónicos: se reparaba el suelo de las cuadras, se rellenaban los pequeños desprendimientos de las bodegas. Todo ello sin olvidar la sutura de las rendijas de las duelas y repintar los arcos oxidados de los carrales. Era necesario además recoger los últimos restos de los frutos, limpiando las semillas de grancias, desgranando mazorcas de maíz-¦ Las mujeres llevaban a cabo el delicado trabajo de los vellones de lana. Tejían prendas de abrigo y, en ocasiones, hacían el delicado encaje de bolillos al calor de la chimenea y a la luz de la lumbre.

En las largas noches invernales, al calor del fuego, hilas, hilorios, filandones, calechos... creaban el clima adecuado para revivir las tradiciones populares. En estos espacios rurales se mantuvo y transmitió de generación en generación la memoria de un pueblo. Los misterios arcanos de tiempos pasados. Leyendas de lobos, canciones de amor, romances legendarios, amores furtivos y chismes-¦ Era la narración de la intrahistoria invernal a través de la palabra que vivificaba el trabajo nocturno y rutinario. No faltaba la presencia señera de los ancianos, símbolo del respeto y la sabiduría milenaria. Era clima de bonanza amorosa, de holganza, ideal para engendrar hijos, escribe Martínez Encinas, que recupera el refrán: «Prepara la leña en diciembre, duerme y enciende el vientre».

No faltaba el compromiso con el pueblo. A finales de diciembre o comienzos de enero, en algunos pueblos de la Montaña la Reunión de los Mozos elegía su alcalde y se marcaban las funciones del año, en estrecha colaboración con la Junta Vecinal. Había alguna responsabilidad curiosa, como era la de elegir a los dos «Regidores de la cigüeña», quienes «cuidaban -escribe Ramón Gutiérrez- de que el nido de esta ave estuviese en buen estado; si se caía, subían a un chopo, lo desmochaban y ponían un cesto grande para que las cigüeñas completasen el nido».

Mi memoria es la memoria de la nieve

Este es el comienzo de un bello libro de poesía de Julio Llamazares. La nieve es además el meteoro milagroso presente casi siempre en el mes de diciembre. Su blancura no es sudario de muerte. Es bendición que esponja la tierra, elemento acogedor que hará posible el milagro de la vida vegetal de las próximas cosechas. De ahí el dicho: «Cuando en diciembre y Navidad veas nevar, ensancha el granero y aumenta el pajar».

Julio Llamazares ha recreado este fruto del cielo como admirable símbolo poético: «Mi memoria es la memoria de la nieve. Mi corazón está blanco como un campo de urces». En una noche de nieve, el poeta se afana por encontrar el misterio de la palabra: «Busqué en las viejas arcas el idioma del hilo. Penetré en su memoria como el silencio en las sustancias corrompidas». No es extraño que la nieve forme parte de su sensibilidad: «La nieve está en mi corazón como la hiedra de la muerte en las habitaciones donde nacimos».

La nieve ha sido

eterno símbolo de rica polisemia y onomástica también en la tradición popular. Javier Rúa recuerda diversas muestras léxicas y bellas canciones populares: «Qué serenita que cae la nieve, / si no fuera el arbolito que la detiene, / qué serenita, qué fría viene». Sin que falte la delicada queja femenina: «Me llamaste morenita, / la culpa fue de la nieve, / por no repartir conmigo / la belleza que ella tiene». O muestra del desdén amoroso sufrido por el joven: «Eres como la nieve / del puerto, niña. / No lo digo por blanca sino por fría». Símbolos líricos de un pasado vivido al ritmo del cielo, con la presencia de los pajarillos «neveros»: «Eres el aguzanieves, / ligerita en el andar, / poca carne, mucha pluma, / y muy dura de pelar».

Presidiéndolo todo, el afán popular de un pasado anhelante de la subsistencia: «Año de nieves, año de bienes».

En Nochebuena, cuando quedan preñadas las encinas

Se apagaba el trabajo y se encendían las fiestas: «Desde santa Lucía, cuenta las fiestas por cada día». Todo se encaminaba hacía el solsticio de invierno, celebración que se pierde en la noche de los tiempos. Sacralizado por la iglesia con la belleza de las fiestas navideñas, éstas fueron durante siglos la referencia misteriosa del final del año.

En la noche de Nochebuena confluían sentimientos y símbolos ancestrales, pero nuevos cada año. Era invariable la ceremonia del nacimiento del Niño Dios, pero era diferente en pueblos y comarcas el ritual profano que lo acompañaba. Labradores y pastores, gremios esenciales de estas tierras, ponían en práctica una visión primaria del

Carpe diem.

Lo cumplían haciendo realidad el aforismo, jovial y bullicioso, de otros tiempos: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos»

.

Sigue vigente una premonición inquietante para los labradores: en la noche de Nochebuena se preñan las encinas-¦ si la noche es rasa, luminosa, fría. Con el aljófar del hielo dando brillo misterioso a las ramas. De no ser así, las fuerzas telúricas no inocularán en el árbol centenario el delicado germen de sus frutos. Otras plantas brillaban en la noche: el verde y rojo fulgurante del acebo y la legendaria condición del muérdago, planta mística. Según la tradición, los druidas celtas cortaban la planta con una falce de oro, especialmente consagrada. Así lo recrea Julio llamazares: «Y, en noches de luna llena como ésta, cortaron con sus hoces sagradas plantas de muérdago para ofrendar al dios de las montañas».

Con la misa del gallo como ceremonia inveterada y sacrosanta, los villancicos y las pastoradas encendían la llama del fervor religioso en las iglesias y la magia teatral en las representaciones populares. «La cordera, la pastorada, el auto de reyes»-¦ todo era parte del mismo ritual. La

pastorada

saltaba de la memoria del pueblo a escenarios inesperados y humildes. No es fácil explicar tanto misterio. Mientras los pastores trashumantes morían de tristeza en espacios lejanos, en su terruño actores espontáneos representaban la llegada del Salvador. Sacerdotes rurales mantenían viva la llama del arte popular y se erigían, en muchos casos, en inspirados recreadores de la obra.

Los dichos de los pastorcillos eran con frecuencia líricas y tiernas delicias humanas: «Más blanco que el armiño, / este recental, / recibe, Virgen Pura, / de un pobre zagal. Recibe, niño mío, de este zagalín, / unas pocas migas en mi calderín. / Miel yo le traigo al niño, / porque pretendo / que a la miel se aficione mi dulce dueño. / Y es cosa clara / que la miel a ninguno / jamás amarga».

Un extraño optimismo vagaba por la memoria de los pueblos: «Hasta Nochebuena y Nochevieja, ni hambre ni frío, y pasando estas dos fiestas, el año traerá consigo». San Silvestre era el límite hagiográfico del adiós: «San Silvestre, despídete de éste». Y un consejo: «Por san Silvestre, coge el año, arrójalo y vete». El observador sensible descubría, aunque mínimos y primarios, ciertos elementos que anunciaban la vida. En el ambiente rural, las buenas gallinas empezaban a poner por navidad. En el infinito de la mitología, Jano, el dios bifronte, cerraba una puerta pero abría otra. Es la vida naciendo de la muerte.

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Ángel González nos dejó poéticamente una visión pesimista sobre el mes de diciembre en versos de belleza estremecedora: «Diciembre vino silenciosamente, / estirando las noches hasta casi / juntarlas: / el alba a pocas horas de distancia / del crepúsculo lleno de tristeza, / y un mediodía sin sol, / un mediodía / de pájaros ocultos y apagados / ruidos, / con bajas nubes recibiendo / el sucio impacto de las chimeneas»

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Un pesimismo que también se transforma en delicada nostalgia en Julio Llamazares: «Y, sobre el agua remansada del molino, corruptas flotan las flores doloridas de la infancia».

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