Miel en los labios del santo y del sabio
Un bestiario de AlfrancaJosé Luis Puerto. Ilustraciones: Cristóbal Aguilar y Miguel Sobrino. Fotografías de David Marcos y Francisco Javier Vázquez. Ed. Los libros de Camparredonda, León, 2008. 168 pp
Precedido de un jugoso preámbulo, «Llama animal», se inicia esta obra de José Luis Puerto con una plástica introducción, «Miel en los labios», una alegoría de la creación literaria. En ella rinde homenaje a uno de los grandes sabios de la literatura moderna, Elías Canetti, del que es ferviente admirador. Convencido de que «todo lo más hermoso gravita hacia el lado del corazón a través de la palabra», José Luis Puerto recupera su mundo de la infancia a través de la palabra, pero también a través del significado y el recuerdo de ciertos animales de Alfranca, nombre mítico de su lugar de nacimiento. En él se localiza también un bello libro de memorias de la infancia,
Las cordilleras del alba.
De alguna manera
Un bestiario de Alfranca
(salvo en el caso de la secuencia «Un sigiloso armiño», ambientado en la ribera del Torío) bebe en las mismas fuentes primigenias: los espacios de la niñez, presentes y dulcificados desde la perspectiva de los recuerdos y de la creación. Es innecesario advertir que la obra no es una burda relación zoológica. Los animales evocados son un pretexto sutilísimo para recuperar un mundo lejano y, paradójicamente, luminoso. La visión zoológica siempre levanta el vuelo a través de la creación poética, enriquecida por una forma personal de ver el paisaje y de interpretar el mundo. Todas las personas del verbo aparecen como recurso expresivo, elegido de forma precisa en cada visión. Y todas esas visiones surgen amparadas en un doble elemento: el reflejo del sustrato psicológico y la referencia a un detalle literario o artístico.
A pesar de esta visión delicada y sutil, no está ausente el sentido de la crueldad y de la muerte. En unos casos se trata de una crueldad infantil, ejercida sin culpa. En otras, la crueldad aparece como afianzamiento de una entidad masculina heredera de costumbres ancestrales. No falta el rito de la muerte como destino imprescindible de subsistencia, presente en el apartado «Descenso al sacrificio». En él se plasman situaciones necesarias para la comunidad, pero dramáticas para el niño que las contempla. El sacrificio de animales será siempre el sacrificio de unos afectos misteriosos e indelebles.
La obra se cierra con un epílogo poético, una suerte de colofón que perfila el espacio en el que hallan cobijo las vivencias descritas. Es un espacio transformado en edén: «Y es un particular paraíso el que en estas páginas evocamos». Felizmente, las páginas de la obra lo reflejan con inexplicable belleza, tal vez «porque vivir en el amor es la más alta vida». A todos estos aciertos literarios hay que añadir la modélica condición tipográfica del libro, con exquisiteces llamativas, como la titulada «Territorio privado».