El olor a padre
A nda Rosita, acércate y dale un beso a tu padre! , me dice, muy amablemente, y eso es lo que más temo, lo del beso y que esté amable. Y es que padre huele tanto a padre. Es un tufo que se me mete en la nariz y se me pega a la piel y ya viene siempre conmigo, lo llevo puesto toda la semana hasta que el sábado queda flotando en el viejo barreño de latón que madre pone medio de agua calentita para bañarnos a mi hermana y a mí. A pesar de ser la mayor de las dos, yo procuro bañarme la segunda porque no quiero dejar en el agua ese hedor a padre que tanto aborrezco, pero mi hermana, que no comprende nada a pesar de que pronto tendrá ocho años, se hace la remolona dejándome a mí el primer puesto y ya también con la preocupación de saber que mi madre la enjabonará en agua con olor a padre. Nada más llamarme para que le dé un beso se me hace un nudo en la garganta que me ahoga y el corazón se me desmadra, que siento su galope en el pecho y también en las sienes. Es un beso horrible el que tengo que darle.
Madre no es que esté en las nubes, pero ella bastante tiene con lo que tiene, a mi hermana, a mí, a padre y la casa, claro, la nuestra y otras más, que sale a dar horas, y friega y plancha y cose y limpia el polvo en otras casas, pero eso no le pesa, no, que yo lo sé, aunque ella no diga nada. Nunca nada. Porque madre nunca dice nada. Lo peor es lo de padre, aunque ella no dice ni mu, pero yo se lo noto, y no es porque no trabaje, que eso ya lo hace ella y no le importa, pero beber sí que bebe y cuando madre oye la llave en la cerradura tiembla y se le caen las cosas de las manos y a mí me da un vuelco el corazón y me voy corriendo para mi cuarto, que así me lo tiene dicho. No sé qué demonio trae en el cuerpo, porque tiene que ser un demonio, que comienza a gritar y a decir cosas horribles de todo y de todos, pero sobre todo de madre, que no sé cómo puede decirle cosas así de espantosas, con lo buena que es.
Es por eso que madre siempre tiene los ojos tristes, bueno casi siempre, porque algunas veces, las menos, si estamos solas ella y yo, hablamos, y de vez en cuando incluso sonríe un poco y entonces se me forma en el estómago un cosquilleo como si dentro tuviese un montón de mariposas revoloteando, y aunque quisiera decirle cuánto me gusta que esté contenta y contarle muchas cosas, no lo hago, porque enseguida se le ponen los ojos brillosos, muy brillosos, como de cristal, y ya sé que van a escapársele lágrimas. Y menos lo del secreto, eso sí que no puedo decírselo, porque padre me hizo jurar que de eso ni media palabra a nadie, que sería nuestro secreto, porque las personas que se quieren tienen secretos entre ellos. Yo a él no es que lo quiera ni una miaja siquiera, pero él no lo sabe, claro, y menos aún desde que me obliga a tener el secreto, desde entonces no quiero ni acercarme a darle un beso.
Yo también tiemblo cuando me da por pensar que si alguna vez madre se llegara a enterar de nuestro secreto se llevaría un disgusto tremendo, bastantes cosas tiene ya la pobre encima que la hacen llorar. Hay veces, las menos, porque siempre está trapicheando de aquí para allá, que se sienta en la mecedora y se queda quieta, bien quieta, y la mirada fija en un sitio, como si no mirara nada, yo hago como que estoy haciendo los deberes de la escuela, y sin que ella se dé cuenta me fijo de reojo en sus ojos que ya están otra vez como de cristal, como cuando mi hermana hace pucheros antes de romper a llorar porque madre le ha dado un azote o le ha reñido porque ha hecho alguna travesura o como cuando Juanito le ha hecho un feo y no quiere jugar con ella, y entonces va madre y la consuela, la besa y la mima y le dice que está hecha una magdalena. Pues esto mismo de estar hecha una magdalena, también le ocurre a madre a veces mientras plancha. Una vez, recuerdo, le sucedió mientras planchaba una falda mía de pliegues, la azul marino que tengo, bueno la que tenía más decente para ir al colegio, fue y vino la plancha tantas veces y tan despacio por el mismo pliegue que el olor a tostado de la tela la despertó de sus pensamientos. No sé qué pensaría, pero a buen seguro que sería en algo de padre.
Yo envidio a mi vecina Pepi, aunque ella se empeña en envidiarme a mí. No la entiendo. Ella sí que tenía un padre, jugaba con él al escondite todo el rato. Debe ser divertido saber jugar cuando se es mayor, y además tiene que tener más mérito que cuando eres chico. También la llevaba a pasear los domingos por la tarde, en cambio nosotros nunca salimos a pasear ni a nada. Siempre que vamos a salir padre se enfada por cualquier cosa, discute con madre y se va todo al garete. Parece que lo hiciera aposta, pero lo peor no es no salir sino que ya amarga el resto del día. Otras veces no podemos salir porque madre está enferma, eso es lo que ella nos dice a mi hermana y a mí, pero yo sé que no es por eso sino por las manchas que tiene en la cara, que las de los brazos y las del cuerpo se las tapa con la ropa, pero las de la cara, aunque se echa colorete y se pone unas gafas oscuras muy grandes, a veces no puede disimularlas.
Al padre de Pepi el juego y el paseo se le acabaron el día que se lo llevaron al cielo. Es una pena. No entiendo qué cosa tan rara es ésa de llevarse a un padre así al cielo. Mi amiga Pepi en cambio llora y se empeña en que es ella la que me envidia a mí. Yo no la comprendo, pero no quiero decirle que mi padre no juega conmigo al escondite ni a nada, que sus manos hacen caricias que duelen, que sólo tenemos un secreto que me hace daño, que tampoco puedo contarle ni a ella ni a nadie, ni decirle que madre llora cuando él llega, porque se enfada y grita y golpea y rompe cosas, que entonces yo me voy corriendo para mi cuarto, me meto en la cama, me quedo quieta, muy quieta, como si así no fuera a encontrarme, y que deseo en esos instantes irme al cielo con su padre.
Recuerdo el día que el padre de Pepi se fue al cielo, fue un domingo por la tarde. Hacía mucho frío, aunque en realidad, casi siempre tengo frío y miedo, o todo junto, no sé, porque con el miedo también se tirita, y tiemblan las manos y todo el cuerpo, y no te puedes estar quieta por mucho que lo quieras. Yo lo sé porque algunas veces hace calor y yo en cambio estoy tiritando, eso me dice mi amiga Pepi, que se me queda mirando con lástima y eso no me gusta, aunque a veces yo también miro con lástima a mi hermana, porque pienso que cuando crezca un poco más y tenga diez años como yo, también tendrá con padre un secreto que duele. Los secretos con mi vecina Pepi no duelen, sino que dan risa, como cuando descubrimos a Tomás y Elena besándose en el aseo de la escuela, y Elena nos dijo que, por favor, le guardásemos el secreto. Ahora, cada vez que nos cruzamos con Tomás, agacha la cabeza y pasa corriendo y nosotras no podemos aguantar la risa.
Pero aunque con Pepi comparto muchas cosas, hay algunas que sólo son mías y no se pueden decir, que hay que guardarlas muy adentro para que nadie sepa de ellas, ni siquiera la madre de una, como guardo el olor a padre y el secreto que duele, más, mucho más que duelen las rodillas cuando friego el suelo de la casa.