La sabiduría y la experiencia de una vida
Xanla
Manuel Gutiérrez Crespo. Ed. Peñalba Impresión, Ponferrada, 2009. 150 pp.
Hace unas semanas llegó a mis manos un libro admirable y curioso que me parece interesante resaltar. Se trata de un libro peculiar, cuyo autor tiene 80 años y no pertenece al mundo de la literatura. Hablamos de un autodidacta que vuelca en las páginas de Xanla (así lo titula), toda la sabiduría y la experiencia recogidas a lo largo de su vida y, sobre todo, el amor profundo -”y casi contagioso-” a su tierra, a sus gentes, y a su Josefa. Con una gran humildad, el autor nos dice en el Prólogo: «Sé que esta novela no es un trabajo literario, en el sentido intrínseco que le dan los literatos a esta palabra, pero es mi literatura. Está escrita en un lenguaje vulgar y sencillo que hablamos la gente de la calle y para que la entienda la gente de la calle; los eruditos (si es que la leen), por supuesto que la entenderán también. «Xanla» habla del amor, la emigración, y dibuja un paisaje costumbrista de finales del siglo XX, tratando de recuperar una forma de existencia que camina inexorablemente hacia el olvido. Balboa es un valle de los Ancares sur, en el Bierzo...». Con este comienzo nos sumergimos en el relato. A lo largo de sus páginas, llegan hasta nosotros las conversaciones entre Manolo y «Xanla» (Juan de Lamas, «un personaje de edad indefinida, de pelo blanco, barba canosa, de cuerpo todavía esbelto, musculoso y fuerte, la imagen viva de un dios griego en reposo», que solía recostarse junto al tronco de un castaño milenario, con los ojos perdidos en lontananza evocando una y otra vez un tiempo que se fue).
A través del diálogo entre los dos personajes, vamos escuchando el relato de un hombre cuya vida fue como la de miles de hombres: dificultades en la infancia, escapada hacia Madrid y ruptura con todo, nuevos amigos, sucesivos trabajos, un gran amor que lo llenó desde el principio hasta su muerte, los hijos, la guerra, la supervivencia, la muerte de su mujer precisamente cuando visitaron Castejeira (el pequeño pueblecito del Bierzo que había abandonado de niño) y él la hizo subir hasta la cumbre de Peña Rubia para poner todo aquel mundo a sus pies. Después, el recuerdo y el retorno de nuevo a sus raíces, y el revivirlo de nuevo contándoselo a Manolo, que es periodista y pone en marcha el magnetofón cuando lo escucha, para no perderse ningún detalle. Pasado un tiempo, encuentra el material recogido y regresa a ver a su amigo, pero sólo encuentra su recuerdo. Sin embargo, quedaba su casa, y sus hijos y sus nietos. El protagonista canta a sus gentes y a su tierra, que son, sin duda, las mismas gentes y la misma tierra que el autor quiere ensalzar, y también «a un pasado perdido y olvidado que, sin embargo, es el origen y la savia que todavía hoy da vida y fortaleza a nuestra existencia».
Gentes hospitalarias, honestas, amigas de sus amigos, «gentes sanas» en el amplio sentido de la palabra, habitantes de un mundo míticamente hermoso, fondeado en un escenario paradisíaco y acogedor que casi parece de leyenda aunque sabemos que existe, y está en el Bierzo, cerca de Villafranca.