Presencias del Origen4
ALFONSO GARCÍA
En el principio de la memoria, siempre el amor, la palabra y el agua.
Sobre la majestad del Duero portugués, por el que sueño y navego,
el agua habla la misma lengua y hermana a los pueblos
cuyo corazón atraviesa,
con la suavidad de la caricia de quienes se amarán para siempre.
Pone el vino la alegría en el paisaje,
sereno como las manos que saludan desde la distancia,
ordenado igual que las casas que se atrapan a la tierra
como cepas de vid,
áspero y duro para romper cualquier dulzura imposible.
El dolor del fado
trepa entonces por las laderas, los rostros y los corazones.
Es el amor
que siempre acaba, como los ríos, añorando el origen.
Por eso pienso en el nacimiento del Duero,
desde la distancia de su anchura vecina al agua de los mares,
y en Machado
(«El Duero corre, terso y mudo, mansamente»),
y en las tierras de Soria,
en cuyo paisaje descubrí la palabra del poeta.
Las aguas y los ríos, amigos,
llevan en el alma el corazón de los paisajes,
las ilusiones y la vida de sus gentes.
Remontar el río es ir hacia el origen.
Lo pienso mientras navego por este Duero portugués y hermano
el primer domingo de septiembre de un nuevo milenio.
Recuerdo entonces
que aprendí a nadar en el Bernesga,
el río que lamía los muros de mi casa
y pocos metros más abajo
ponía sordina a la transparencia definitiva de sus aguas.
El reino del carbón es el reino de la negritud.
En mi corazón de niño
supe
que también estas aguas con que yo jugaba
tenían el mar como destino
y que el mar se abría a otros horizontes.
Lo que no sabía entonces
era que el Duero
abría otras esperanzas
en una bella ciudad portuguesa que se llama Oporto.