BREVÍSIMO
Pensar y decir
ALFONSO GARCÍA
H ay ciertas posturas, sobre todo en las ciudades más pequeñas, en que alguien tiene el atrevimiento de erigirse en juez, o gurú sacrosanto, de la verdad. Cree que todo ha de pasar ante él y su toque de gracia infusa para que nada se escape a su bendición o condena. Y es curioso, porque prácticamente todo queda sometido a la condena de su palabra engominada. «Nada que sea extraño a mí -parece pensar- tiene razón de ser». Así se aniquilan ideas brillantes que hacen imposible el progreso, gracias a estos maquiavélicos inquisidores de sus puros intereses. La única razón en que se apoyan tales individuos es en el temor, siempre menor de lo que ellos creen ejercer. Quizá no midan el hecho de que el temor como amenaza es frágil, y, además, tiene fecha de caducidad.
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Es fácil nadar a dos aguas, como afirma el dicho popular. Pero prácticamente nunca es coherente. Quien quiere contentar a todos, desde posturas divergentes de cualquier tipo o condición, acaba no contentando a nadie. En esta vida hay principios a los que no es fácil -“ni conveniente, en la mayoría de los casos- renunciar. Es uno de los principios que conforman la propia personalidad, frente al pelele que se ahoga en la corriente de las dos aguas.
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Leemos con frecuencia cómo los políticos intentan trasladar a la escuela la excelente filosofía del esfuerzo como razón de vida. Y me parece muy bien. Sólo que la práctica, su práctica -“las muchas y buenas excepciones no meten, por supuesto, a todos en el mismo saco- desmiente tal recomendación. La historia, desgraciadamente, está llena de ejemplos de cómo su práctica, la de ellos, está muchísimo más cerca del amiguismo que del esfuerzo. Del amiguismo, no de la amistad, que nada tienen que ver estos dos conceptos. ¿Por qué me recordarán actitudes tan funestas aquello de «haz lo que yo digo, nunca lo que yo hago»? Una sociedad limpia para los demás, turbadora cuando menos en el ejercicio de mis propias responsabilidades..