La Puertade la Reina
N o fue el emplazamiento originario de la Puerta de la Renina su localización actual. Ahormada arquitectónicamente en el Palacio de la Audiencia Provincial, la portada exhibe pasados y bellos esplendores. Fue, de alguna manera, una muestra más de los restos leoneses del éxodo y el llanto. Sufrió los embates de autoridades veleidosas con los valores arquitectónicos del pasado, pero la Puerta de la Reina no acabó degradada en burdo pasto de oscuros chamarileros o anticuarios sin escrúpulos. Nunca la esencia de lo bello discurrió por tan tristes derroteros. La estulticia sigue veredas de ignoto dramatismo. La sensibilidad y el buen hacer de Emilio Morais y Dolores Campos sirvieron para rescatar momentos de un ayer y un hoy memorable. Desde su altiva condición del barroco tardío, el conjunto parece mantenerse en vilo contemplando la ciudad hacia poniente. El rojo del ladrillo de las Escuelas Municipales, con el abigarrado verdor de los Jardines del Cid, sirve de contraste cromático. No es la única compañía de esta Puerta de la Reina. Su esbelta peineta la hace hija menor en relación estética con la que exhibe la portada de la basílica de San Isidoro.
L a portada es, desde la mirada del tiempo que se fue, casi un palimsesto de la historia leonesa. Nació entrada de un edificio concebido con fines mercantilistas, acorde con el espíritu del siglo neoclásico. Un espíritu que Jiménez Lozano evocó de forma sutilísima en « Si ellos volvieran-¦» . Era la portada de una de aquellas fábricas que, a mediados del siglo XVIII, trataban de reanimar la actividad industrial, pero «ayudando al mismo tiempo -escriben Emilio Morais y María Dolores Campos- al agro de la provincia leonesa que disponía de grandes superficies sembradas de lino». La antigua Fábrica de Tejidos tuvo como espacio las Antiguas Casas Reales y su portada sirvió como destino a espacios diferentes. El principal sería el campo de San Francisco, donde prestó sus servicios hasta 1769. Dejaba de ser espacio para la riqueza de los leoneses y se convertía en refugio de los niños expósitos: ¡ Señor, Señor, tan pobre y desvalido! Tal vez las dependencias hospicianas no fueran un modelo de comodidad ni acogida, pero nadie puede discutir la soberbia protección de la puerta, cobijando los tristes sueños de aquellas indefensas y angelicales criaturas.
L a política ilustrada de Carlos III pareció dirigir de forma preferente sus esfuerzos hacia la fisiocracia y la agricultura. No fue desacertada la rectificación. Llegaba con el nuevo espíritu el mejor tempero para que germinasen ideas novedosas y progresistas. Sociedades como «Amigos del País» servirían de hontanar a nuevas ideas para el campo leonés.
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Según lectura erudita de Emilio Morais y Dolores Campos, la portada es una «exaltación de la monarquía de Fernando VI, pero interpretada desde una visión emblemática, propia del Siglo de las Luces: el trabajo y las artes». El deseo de enriquecer al país sin olvidar la condición del arte. A ello se dirigen todos los elementos presentes en las dos alturas de la puerta. En la inferior, un león entre las columnas de Hércules protege con sus garras dos globos terráqueos. Las figuras del monarca y de María Bárbara de Bragança flanquean al mítico felino como animal de defensa. La peineta del segundo cuerpo sirve de marco a las armas reales. Dos figuras, el Comercio y las Bellas Artes, protegen la peineta exhibiendo una muestra más del espíritu del siglo: COMERCIO y ARTIBUS. El ápice escultórico de la portada es una figura de difícil identificación. Tiene a sus pies una inscripción de paladino mensaje: CONSTANTIA ET LABORE. Bellos arrebatos de un siglo que perseguía con erudita obsesión nuevos caminos. Que lo consiguiera era y sigue siendo lo de menos. A fin de cuentas-¦ lo habían dejado bien claro los clásicos: labor omnia vincit.