Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Rojo fuego nocturno

Jesús Munárriz. Hiperión, Madrid, 2009. 126 pp.

Se dice en la contracubierta que «emoción, / precisión, / oficio y arte» son condiciones necesarias para transmutar la realidad en poesía. Oficio y arte actualizan el binomio tradicional de técnica e inspiración, el nacer y el hacerse poeta. Jesús Munárriz ha oficiado de poeta a lo largo de una veintena de libros propios y de una importante labor traductora y editora, como bien se sabe. Rojo fuego nocturno incide en las cualidades que adornan buena parte de su poesía y que podemos compendiar en otro binomio: tradición y actualidad. Por un lado se acoge a los ritmos tradicionales; por el otro, las formas métricas modulan vivencias del poeta y de nuestro tiempo. Y todo ello con un lenguaje cercano, preciso, por supuesto, por medio del cual quiere despertar la emoción estética del lector. Tomemos como ejemplo la primera de las cinco partes del poemario: podríamos resumir su contenido diciendo que la infancia es la patria del hombre; pero no son sólo las vivencias de un niño en la Pamplona de los cuarenta, sino la expresión de un proceso de aprendizaje; de ahí que el recuerdo alimente los primeros poemas («Llueve en Pamplona, llueve, / sigue lloviendo, / en mi recuerdo el agua / sigue cayendo») y los frutos conseguidos den pábulo a los poemas últimos: el descubrimiento de «la falsedad de la ilusión», la herencia psicológica heredada, el vivir sin perderle la cara a la verdad, etc. Y todo ello poetizado en una gran variedad de metros: de combinaciones habituales con el endecasílabo a las ligeras seguidillas o al grave soneto en alejandrinos o a poemas con asonancias y consonancias en heptasílabos o eneasílabos: oficio, arte y emoción guían los poemas.

En las partes siguientes, Munárriz poetiza con gracia y aire grácil viajes a distintos lugares del mundo (contrastes, curiosidades, el ojo siempre atento), con ira y amargura las crueldades de la guerra de Irak («Robos, saqueos, / torturas, violaciones, / asesinatos... / esos que hablan / del arte de la guerra, / ¿de qué arte nos hablan?»), la muerte que se va cebando sobre amigos poetas (E. de Andrade, Borges, C. Simón. F. Quiñones...) cuya herencia (la dignidad de su vivir) se celebra elegíacamente. Finalmente, el poemario plantea situaciones vitales, episódicas a veces, enseñanzas morales extraídas del individuo (Rimbaud) o la historia (de la guerra civil preferentemente), con un sorprendente poema último en el que reconviene a la infanta Leonor sobre el futuro imprevisible que le espera, pues «los tronos son asientos inestables».

La poesía de Munárriz no se desprende del mundo y de la vida con malabarismos formales o abstracciones abstrusas. Acaso echemos en falta a veces una mayor tensión.

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