Diario de León

Un estudio de la ULE revela la cara oculta de la hiperconexión

Del miedo a desconectar a la adicción digital: una investigación leonesa revela que más del 78 % de los universitarios sufre FOMO, un temor a quedar excluido, que genera ansiedad, reduce la atención y alimenta la dependencia del móvil

Estefanía Gómez, investigadora de la Universidad de León y autora del estudio sobre el FOMO.

Estefanía Gómez, investigadora de la Universidad de León y autora del estudio sobre el FOMO.ÁNGELOPEZ

Clara Barrio
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La sociedad está cada vez más conectada digitalmente y, al mismo tiempo, siente una gran desconexión con su entorno. Los jóvenes son uno de los perfiles más afectados por esta problemática en la que el smartphone se posiciona como una de las grandes causas. El miedo a perderse algo, más conocido como FOMO (por sus siglas en inglés, Fear Of Missing Out), condiciona a los universitarios a vivir «pegados a un móvil». Esta realidad, que afecta cada vez a más personas, ha sido analizada en un novedoso estudio realizado por la investigadora de la Universidad de León Estefanía Gómez.

«Esto surge un poco de lo que venía detectando en conversaciones informales con compañeros, amigos y en mí misma. Tengo muy grabado el recuerdo de estar en la puerta de casa hablando con mi tía, que salte la luz de una notificación en la pantalla y que ella meta la cabeza en mi teléfono a ver qué era. Es un poco eso: estamos todo el tiempo pendientes de qué hay en el teléfono, qué recibimos y qué no, lo que nos genera una intranquilidad que a mí me daba qué pensar. Es entonces cuando descubro que esto existe, que está conceptualizado y que se llama FOMO. Es un problema muy habitual y algo muy recurrente en mi grupo de amigos que está todos los días en los medios de comunicación: los adolescentes y los jóvenes están pegados al móvil», explica la estudiante.

Bajo esta premisa, Gómez se propuso estudiar cómo se relacionan y, en un primer momento, su idea fue estudiar el FOMO fuera, es decir, si yo me voy de Erasmus. «En el momento en que me voy de Erasmus, o me vengo a estudiar a España, a León, desde donde sea, y estoy viendo en Instagram cómo mis amigos allí están juntos, comiendo una paella un sábado en la piscina, y yo me lo estoy perdiendo, ¿eso hace que me sienta más lejos, o me genera algún sentimiento de malestar? En un primer momento lo planteamos de esa manera. Luego surgió un problema muy frecuente en la investigación: el acceso a los datos. Al final lo hicimos con estudiantes universitarios, que eran nuestros alumnos y eran más accesibles. Lo que planteamos es ver cómo se relacionan los dos fenómenos: si ver la vida de otras personas —con las que en ocasiones ya no tengo relación o me interesan bastante poco— me genera ese malestar. Todo el mundo ha estado en el concierto de Bad Bunny y yo no he ido; todo el mundo vio la final de España y yo no la he visto. ¿Cómo me voy a perder esto, que es un evento importante del que los demás van a hablar mañana en el café y yo no me voy a enterar? Eso era lo que queríamos conocer», aclara la investigadora.

El trabajo, que forma parte de su Trabajo de Fin de Máster en Investigación en Psicología y Ciencias de la Educación y está dirigido por Roberto Vaquero Álvarez, reveló que más del 78 % de los universitarios presentaban niveles de FOMO desde riesgo hasta severos. «No debemos normalizarlo, es problemático. Pero lo que siempre digo es que, antes de intervenir o buscar solucionar un problema, tengo que detectar que lo tengo. Entonces el diagnóstico es fundamental: es clave detectar que hay un problema para poder abordarlo», recalca.

La hiperconexión fomenta la ansiedad y la dependencia del móvil.

La hiperconexión fomenta la ansiedad y la dependencia del móvil.PEXELS

La investigación, premiada en el X Research Pitches Contest del Grupo Compostela de Universidades, también encontró que el FOMO explica casi una cuarta parte de la dependencia al smartphone. Según Gómez, este miedo «actúa a nivel psicológico como motor principal de la adicción a las pantallas porque el acceso instantáneo a lo que otros hacen alimenta el deseo de no perderse nada». «Antes no tenía ni idea de lo que hacían mis amigos en el pueblo si yo estaba en León, pero ahora están colgando fotos y tengo la posibilidad de informarme. Ver que otro vive experiencias gratificantes y tener acceso a ese contenido despierta sentimientos de comparación social, envidia y, en definitiva, FOMO: sentir que me estoy perdiendo esas experiencias que los demás sí viven», aclara.

La constante gratificación de los likes y las notificaciones, junto con el diseño de las redes sociales para captar y retener la atención, contribuyen a esta adicción. «Cada vez necesitamos más estímulos para lograr estar atentos. Ya se ven vídeos en TikTok con dos pantallas porque una es poca, o gente haciendo multitasking, como ver una serie mientras hace otra cosa. Vamos a llegar a un punto en que la capacidad atencional se va a ver muy reducida por este tipo de cuestiones, porque al final no centras el foco en absolutamente nada», alerta la investigadora.

El estudio, basado en una muestra de 542 estudiantes en España, no encontró diferencias significativas en los niveles de FOMO entre hombres y mujeres. Sin embargo, en un estudio posterior desarrollado y publicado por Andrea Bello, sí se hallaron diferencias en cómo el uso del móvil afecta a la percepción del cuerpo y en la intensidad de uso.

«También encontramos en este estudio del TFM que las mujeres se vinculaban más emocionalmente con las plataformas, siendo más importante su Instagram o su TikTok que para los chicos. Pero incido: habrá estudios que las encuentren y otros que no, dependiendo de la muestra en concreto, que aunque era amplia, sigue siendo el testimonio de esos 500 y puede diferir de otros», recalca.

Por otro lado, se habla de que las redes sociales actúan como pseudoespejos donde se construye una identidad idealizada a través de la autorrepresentación digital. Una consecuencia directa del FOMO y de la necesidad de una validación externa constante. «Si entro, me siento mal; entro de nuevo y me siento mejor, por lo que vuelvo a buscar entrar. Es un craving como el de las drogas: como me hace sentir bien, me llama a su consumo. Estoy triste y cojo el teléfono. Funciona así: subo una foto muy mona, la gente le da a «me gusta» y siento que soy muy guapa; si no le gusta a nadie, no lo siento. Cambia hasta la forma en la que te percibes a ti misma», avisa la científica.

Respecto a la edad, el estudio muestra cómo los estudiantes más jóvenes mostraron una mayor vulnerabilidad a la dependencia. Una cuestión que, según la investigadora, se atribuye a «una combinación de haber nacido con un teléfono en la mano y también al sentido de pertenencia». «Como seres sociales, todos tenemos la necesidad de formar parte de un grupo. Volvemos a la paella de mis amigos que me estoy perdiendo: esas cosas te afectan más cuando eres más joven», detalla.

«También se ve en otras generaciones: veo a mi madre en el sofá con el teléfono mucho rato. No consulta TikTok, pero sí noticias y otras cosas. Hay gente de todas las edades muy pegada al teléfono, no solo los que han nacido con uno en la mano», añade. Como consecuencia de esta problemática, el estudio propone como una de sus conclusiones la creación de programas de alfabetización digital emocional en las universidades. Aunque existe mucho debate acerca de «si se deben usar en las aulas o cómo es un uso saludable», la investigadora recomienda medidas concretas como el uso de temporizadores para el tiempo de pantalla y la concienciación sobre el tiempo real que se dedica al teléfono.

«En mis clases miramos el panel de control y hablamos del panoptismo, el control social, cómo las redes exponen nuestra vida y permiten que los demás sepan dónde estamos, qué hacemos y con quién. Dentro de una práctica, les pido que estimen cuánto usan el teléfono y que luego lo comprueben. Siempre nos sorprendemos. Es fundamental saber cuántas horas pasamos con el teléfono para intentar reducirlas con estrategias sencillas, como decidir no estar todo el día con él. Si usamos el teléfono siete u ocho horas al día y el día tiene veinticuatro, dejamos de hacer otras cosas porque el día no tiene más horas. Poner límites mediante la educación y la concienciación es fundamental», postula.

Aunque la experta no se considera una «detractora de las redes sociales porque tienen cosas muy buenas», alerta de que es fácil entrar en la dinámica de perder su propia vida por estar cotilleando lo que hacen los demás, lo que puede «llevar a perder el rumbo y el sentido del tiempo». Además, reconoce que es complicado establecer medidas concretas en las aulas porque «choca con la libertad individual y de poco sirve si al salir lo siguen usando todo el día». Por ello, la clave está en «la concienciación: que la persona lo haga porque ve los riesgos y decide cambiar». En este sentido, anima a las personas a «vivir la vida de forma más consciente y plena, desconectar a ciertas horas y buscar un equilibrio en el uso de la tecnología».

«Al final intentamos estar a todo y no estamos a nada. Los teléfonos tienen cosas buenísimas, pero todo con un uso consciente, limitado y autorregulado tiene beneficios. Cuando se te sale de las manos, ya no», concluye.

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