Diario de León

Del establo a la pandemia: la lección veterinaria para frenar la próxima crisis sanitaria

El catedrático emérito de la Universidad de León Pedro Rubio sitúa la experiencia veterinaria en el eje de la salud pública en su nuevo libro, ofreciendo las claves para comprender la naturaleza de los virus, su propagación y el nacimiento de las pandemias

El catedrático emérito Pedro Rubio Nistal posa con su nuevo libro.

El catedrático emérito Pedro Rubio Nistal posa con su nuevo libro.DL

Clara Barrio
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Hygia pecoris, salus populi es el lema de la profesión veterinaria que defiende que la higiene del ganado es la salud del pueblo. Hoy en día, esta máxima late con fuerza bajo el paraguas de One Health, la corriente que integra en un único concepto la salud animal, vegetal y humana. No en vano, gran parte de las infecciones que acechan al hombre tienen un origen zoonótico; patógenos que saltan del animal al ser humano y que están detrás de virus históricos como la gripe o la viruela.

Esa primera línea de contención invisible es la que ha habitado Pedro Rubio durante cuatro décadas. Cuando la sociedad descubrió la terminología de la catástrofe —zoonosis, cepas, aerosoles— con el coronavirus, este catedrático emérito de Enfermedades Infecciosas en la Facultad de Veterinaria de León ya acumulaba una larga trayectoria frente a epidemias animales. En su día a día de laboratorio con coronavirus porcinos y en el manejo de granjas, Rubio llevaba años aplicando las mismas recetas de cuarentena, aislamiento y biocontención que el coronavirus convertiría después en ‘rutina ciudadana’.

Fruto de esa experiencia nació Animales, virus y epidemias, una obra que aborda qué son los virus, cómo se comportan y por qué emergen nuevas epidemias, así como qué tiene que ver con ello la intensificación ganadera, la pérdida de ecosistemas o el movimiento incesante de personas y mercancías.

«Decidí escribirlo a raíz de la pandemia, cuando no se consideró para nada o muy poco la opinión de los veterinarios, cuando somos los profesionales que más epidemias hemos visto. Como cuento en el libro, hay cuatro ejemplos de epidemias en animales con distintos finales, y los que tenemos cierta edad las hemos vivido todas. Los veterinarios tenemos muy buena formación en la carrera sobre enfermedades infecciosas, y después a través de la práctica, ya que cualquier veterinario las ve en cuanto empieza a trabajar si se dedica a la clínica. Esto es bastante desconocido, creo yo, para una gran parte del público. Todos los veterinarios hemos vivido epidemias más o menos amplias, y hemos visto animales morir de enfermedades infecciosas, mientras que muchos médicos no han visto nunca a una persona morirse de ello. Eso es un poco la génesis», cuenta el autor.

En este sentido, cobra importancia la concepción One Health, que, como explica el catedrático, exige que «para que haya salud, tiene que haber salud ambiental, humana y animal». «Creo que el concepto One Health es de sentido común. Se está viendo y se sabe desde hace muchos años que la mayor parte de las enfermedades que van apareciendo, denominadas ‘emergentes’, proceden de animales; más del 60 %. Por tanto, no queda más remedio que integrar la medicina veterinaria, ocupando además un puesto importante. Son muy relevantes las infecciones que transmiten los animales y vemos que suceden cada dos por tres, como ocurrió en el crucero con el hantavirus, un virus que procede de roedores; por lo que, de nuevo, viene de animales», explica.

La magnitud de esta realidad queda reflejada en estudios como el de Nature Ecology & Evolution, que estima la existencia de unos 40.000 virus diferentes en mamíferos, de los cuales unos 10.000 tendrían potencial ‘zoonótico’. «Hay muchos virus todavía desconocidos que pueden causar enfermedades en el hombre, como se ha visto en las últimas décadas con el ébola, los hantavirus o los distintos tipos de coronavirus. Y seguramente hay muchísimos más», advierte. Aunque los estudios metagenómicos desvelan constantemente genes de patógenos invisibles cuyo potencial y capacidad desconocemos, Rubio es prudente y aclara que «no estamos en un ‘polvorín’, pero es un tema relevante y hay muchos grupos de investigación dedicados a vigilar de cerca lo que pasa con el mundo de los virus, porque pueden aparecer nuevos en cualquier momento».

Ejemplo de ello son iniciativas como PREDICT (USAID), que operó entre 2009 y 2020 para lograr la prevención de pandemias mediante la detección temprana de patógenos zoonóticos. «Este tipo de proyectos busca aumentar el conocimiento, y este siempre es necesario e imprescindible para abordar cualquier problema que pudiera aparecer. Actualmente existen numerosas iniciativas globales similares. Gracias a las nuevas técnicas de biología molecular, se descubren constantemente secuencias genéticas de virus, incluso sin necesidad de aislar el patógeno vivo, ya que podemos detectar su presencia analizando directamente su ADN o ARN», señala el experto. No obstante, la invasión humana de hábitats y la deforestación favorecen el salto de agentes infecciosos entre especies. «Hay una destrucción grave de hábitats naturales muy bien conservados en ciertas zonas del mundo, sobre todo selvas tropicales y subtropicales, en las cuales hay animales como es el caso de los murciélagos, que son portadores de virus presentes en su ecosistema, que no presentan problemas en principio. No obstante, cuando se les obliga a salir de su ecosistema, pueden transmitirlos al hombre, como ha pasado con el virus Nipah en Malasia o con los propios coronavirus», detalla.

Precisamente, los murciélagos son uno de los animales abordados en el libro debido a su curioso sistema inmune, ya que «por su evolución han tenido que adaptarse al vuelo». «El vuelo exige una cantidad de energía metabólica muy fuerte, y la cantidad de energía que consumen genera moléculas perjudiciales, por lo que han necesitado evolucionar para que esas partículas no les perjudiquen. En consecuencia, han generado un sistema inmune muy especial y distinto del de otros mamíferos, que les protege de las infecciones víricas y les da otra serie de propiedades como la longevidad. Son animales que viven muchísimo más de lo que cabría esperar por su tamaño. Además, son portadores —y cada vez se identifican más— de muchos virus que podrían llegar al hombre, y son, por otra parte, animales muy importantes en los ecosistemas en los que viven. Pensemos que son un insecticida barato, ecológico, y, sobre todo en Estados Unidos —donde se hacen cálculos sobre su capacidad ‘insecticida’—, suponen un beneficio de muchos miles de millones de dólares al año. Tienen esa doble cara: por una parte, son muy beneficiosos, y por otra, potencialmente podrían ser portadores —o lo son— de algunos patógenos que podrían llegar al hombre. Y vuelvo a los mismos ejemplos: el virus Nipah, los primeros dos coronavirus (el SARS y el MERS) y muchos otros que proceden de ellos», recalca Rubio.

Al igual que con la deforestación, el cambio climático y la acción humana han acelerado el deshielo de las regiones árticas, donde numerosos patógenos permanecen congelados en el ‘permafrost’. «Se sabe que hay materia orgánica congelada desde hace milenios. En el libro pongo ejemplos de gusanos e incluso de seres pluricelulares que llevaban congelados varias decenas de miles de años, y que cuando se han descongelado y se han puesto en el laboratorio en condiciones adecuadas, se ha visto que no estaban muertos. Lo mismo que sucede con eso, puede haber también virus desconocidos que resulten peligrosos para el hombre, o incluso conocidos como la viruela. La viruela es una enfermedad clásica de la humanidad que ha matado a cientos de millones de personas en la historia; la hemos conseguido erradicar —fue la primera—, pero seguramente puede haber cadáveres de personas muertas por esta causa que conserven virus con capacidad infecciosa», recuerda el veterinario.

Para abordar estas amenazas, existen organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, que buscan la cooperación y la coordinación de entes y profesionales sanitarios para afrontar una pandemia. A pesar de que «se han olvidado algunas cosas», el catedrático cree que «estamos mejor preparados para abordar estas cuestiones» porque «la OMS y nuestros organismos internacionales de salud pública han podido sacar lecciones de lo sucedido, ya que nos ha afectado de una forma tan impensable hace unos cuantos años».

No obstante, la errancia en las políticas sanitarias de ciertos países podría amenazar la cooperación científica internacional en materia de salud. En los últimos años, Donald Trump ha llevado a cabo un programa de recortes que afecta gravemente a las investigaciones en curso y futuras de numerosos profesionales científicos, llegando incluso al cierre de entidades como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (conocida por sus siglas en inglés, USAID), dedicada a administrar ayuda humanitaria y asistencia al desarrollo en el extranjero. «Las políticas de Trump y sus recortes afectan mucho porque Estados Unidos era un país capital por la cantidad de dinero que dedicaba a la investigación y a la ayuda sanitaria en todo el mundo. Al retirar esos fondos, la investigación se ha paralizado porque muchos equipos se han quedado sin financiación, y las organizaciones que tenía para ayudar a otros países se han quedado también sin dinero. Hasta ahora desempeñaban un papel fundamental en el control de enfermedades nuevas. Pensemos en los CDC, los centros de control de enfermedades: si había algún problema grave en un país, se desplazaban allí y ponían todos los medios de investigación disponibles a disposición de ese territorio, y en muchos casos han sido los primeros en aislar el agente patógeno o han ayudado a controlarlo de una forma muy eficaz. Todo eso ahora está en peligro con la política de Trump y los recortes tan brutales que ha hecho. Hay que resaltar que el equivalente al ministro de Sanidad estadounidense es Kennedy, un ‘antivacunas’ furibundo. Esto ya es lo último, que el encargado de sanidad sea alguien que no cree en las vacunas», expresa el experto.

Mientras Estados Unidos frena su inversión en investigación médica, China aprovecha el vacío para tomar la delantera en la carrera global por el descubrimiento científico. «Creo que Europa está un poco dormida porque ha estado al socaire de Estados Unidos durante muchos años. Ha pasado también con el tema de la defensa, ya que lo fiábamos todo hasta que Trump ha recortado los fondos. En investigación, Europa invierte mucho, pero tiene que hacerlo más todavía para no ser tan dependiente de Estados Unidos. El país que está teniendo unos avances enormes es China. Hace unos años era un territorio con muy poca importancia en el ámbito de la investigación, pero el gobierno está dedicando muchos fondos y, por lo que se ve en las publicaciones científicas, está aumentando sobre todo la calidad», avanza.

A pesar de haber logrado superar la pandemia del coronavirus, las enfermedades infecciosas están a la orden del día. En la ganadería, virus como el de la peste porcina han puesto en jaque al sector español, a lo que se suma la aparición de nuevos patógenos que afectan al hombre. Hace solo unas semanas se conocía el primer caso de una víctima mortal humana producido por el virus Shamonda en Francia. Aunque los expertos desconocen todavía la importancia que puede llegar a tener, el catedrático avisa de que «es un aldabonazo porque es otro virus más que aparece ahí, que de momento parece que solo ha afectado a una persona con problemas de salud —como suele ocurrir con cualquier nueva enfermedad—, pero es un agente más que se suma y hay que mantener muy vigilado para ver qué pasa». «Es muy pronto para saberlo porque es algo muy nuevo, pero desde luego, conociendo la historia de lo que ha pasado en los últimos años con enfermedades víricas que han llegado a Europa, no se puede descartar nada», recalca.

Del mismo modo, el avance de la ciencia ha permitido descubrir nuevos tipos de virus, como los gigantes, los caníbales o los virófagos, un tipo que afecta a los virus gigantes. No obstante, uno de los grupos más interesantes y que ya se ha validado como un agente clave para abordar problemas sanitarios son los bacteriófagos. «Como cuento en el libro, en los países del Este no se abandonó la investigación con bacteriófagos cuando se descubrieron los antibióticos. Ahora se está retomando y pienso que van a ser una de las herramientas que se pueden utilizar para combatir la resistencia a los antibióticos; no la única, pero sí una de ellas. Podría haber bancos de fagos en los hospitales o en algún centro para tratar, sobre todo, infecciones hospitalarias por bacterias ‘multirresistentes’ en las que muchos de los pacientes infectados acaban falleciendo sin posibilidad de curación. Es un recurso más que tenemos y hay que estudiar más para lograr combatir las resistencias antibacterianas. Hay un centro en Georgia, el Instituto Eliava, que está tratando a personas de todo el mundo con estas infecciones por bacterias multirresistentes porque lleva trabajando con fagos desde los años 30», expone.

En definitiva, el trabajo de Pedro Rubio reivindica la visión veterinaria como una pieza clave para entender la historia de las epidemias y anticipar las del futuro. En un planeta donde la huella humana altera el equilibrio natural, el experto defiende que el verdadero escudo protector reside en la investigación. «Conocer, conocer y conocer y a partir de esos conocimientos se pueden derivar aplicaciones. La ciencia debe aumentar el conocimiento, tanto ‘ciencia básica’ como ‘aplicada’, para tener muchas más posibilidades de poder intervenir de una forma adecuada», concluye.

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