Una nave naranja diáfana e impoluta
Lo que ven quienes llegan al recinto por primera vez es una especie de nave industrial de color naranja flamígero, en cuya fachada lucen en verde las dos fórmulas fundacionales de la energía nuclear; E=mc2, acuñada por Einsten en 1905 para reflejar la equivalencia entre masa y energía, y la constante de Planck, E=hv. Aquí todo es diáfano e impoluto. El metal reluce bruñido. Los responsables han hecho del Habog un escaparate de «normalidad». Transparencia es la consigna. Limpieza, claridad y sonrisas profidén. Nada parece siniestro si uno se olvida que bajo sus mismos pies se almacenan en silos verticales toneladas de sustancias radiactivas, capaces de freírle a uno el alma, encofradas en cantidades ingentes de acero y hormigón.
Si hay seguridad armada -”y la hay, obviamente-” no se percibe. Lo que sí le hacen saber a uno es que se encuentra en una instalación a prueba de huracanes con vientos de hasta 125 metros por segundo; de inundaciones de diez metros; terremotos (6,5 grados en la escala Mercali) y del impacto director de un caza F-16. Tal cual.
Catástrofes que tienen «una probabilidad entre un millón de suceder», tranquiliza Codée. También está preparada con amenazas terroristas, por si alguien se lo pregunta. La normalidad es tal que hasta la estética tiene cabida. El color exterior es algo deliberado y vivo. Se trata del montaje Metamorphosis del artista local William Verstraeten. Cada 20 años una nueva mano de pintura atenuará la intensidad del naranja hasta convertirlo en blanco en el 2103. En esa fecha, tope para la actividad del Habog, la radiactividad de los residuos habrá decaído que un color caliente como el naranja no sería apropiado.