Diario de León
Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

Hace poco tuvimos ocasión de catar riojas clásicos, ya saben esas marcas que todos estamos acostumbrados a ver en la mesa de los domingos desde nuestra más tierna infancia y cuyas etiquetas no han variado ni un ápice a lo largo de los años. No diré nombres en esta ocasión porque no quiero que nadie se ofenda pero vamos de esas marcas que a todos nos suenan. Pues bien, desde un punto de vista técnico hay que decir que son son vinos ciertamente cargados de defectos. A saber: colores desvaídos, aromas rancios, sin estructura ni cuerpo ni acidez. Sin embargo, en la cabeza de muchos de nosotros estos parámetros se identifican con un buen vino. Especialmente, esa sensación de viejo, de oxidación esos aromas a cerrado que no tienen nada que ver con la sensación de complejidad y elegancia que se espera de un vino, por muy viejo que éste sea. El verdadero mérito es haber hecho creer durante mucho tiempo a toda la población que realmente eso era un buen vino, cuando en realidad eso no es más que una receta. Además, una mala receta. Esos vinos requieren de una uva mediocre y sobre todo de una crianza en viejas barricas. Toneles antiguos usados y requeteusados que nada de bueno tienen que aportar al vino, sino más bien al contrario. Podrán cederle olores de madera vieja y húmeda y si acaso alguna bacteria indeseable por falta de limpieza. Un primor. Pero la verdad es que hay mucha gente que ha llegado a identificar virtudes en este tipo de... brebajes. La única explicación que le encuentro, y creánme que he dedicado muchas horas a pensar como alguien puede beberse esos vinos, es la falta de sensaciones en boca. Porque bueno en nariz son desagradables ya que no recuerdan a nada grato pero en boca son poca cosa, poco más que agua. Y puesto que casi ni sabe ni huele, la gente se lo bebe tan a gusto. Pero como en todas las modas, pasamos de un extremo a otro. Y a la falta de estructura, le siguió la época de la superestructura. Aquí entran en juego muchas bodegas de la Ribera del Duero que se situaron en el otro extremo de los rioja clásicos. Comenzando por el diseño exterior: etiquetas barrocas, nombres rimbombantes y bodegas como palacios. Y continuando por el concepto, especialmente en lo que a la madera se refiere. Inversiones millonarias en barricas nuevas que cada año desechan (no olvidemos que una buena barrica cuesta unos 600 euros) y vinos en el otro extremo del paladar: carnosos, densos, masticables y con una sensación de tablón. La misma impresión que si máscaras un trozo de tabla. Y tampoco se trata de eso. Son vinos opulentos pero esa exageración de aromas y sabores acaba por saturarnos y cansarnos. A nosotros, a nuestras papilas gustativas y hasta a la comida. Por lo que se ve, tenemos un problema con la madera. Ni hay que usar las barricas ocho años ni tampoco hace falta cambiarlas cada vendimia. Cada vino te pide algo, cada cosecha sale de una manera y el buen técnico es el que sabe en cada momento tomar la decisión adecuada. Como en todo, en el término medio está la virtud pero parece que en este país nos cuesta encontrarla.

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