Diario de León

El zapatero de Zapatero

La opinión de todo un país sobre su presidente puede estar contenidaen lo que piensa el que le arregla los zapatos o quien le sirve los vinos

Publicado por
emilio gancedo
León

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Por un lado es el One (uno). Por otro, Papes . El primero es su nombre en clave, el que usan sus colaboradores más cercanos, su cortejo de escoltas, la legión de asistentes que sigue sus pasos al milímetro. El Uno. El Primero. El Principal. Aquel sobre el que recaen todas las miradas y todos los juicios. El que hoy está sometido al oleaje continuo de la crítica, al vaivén de los reproches y de los rumores. En boca de todos, en el ojo del huracán. Vigilado, estudiado, temido, acosado. La palabra cae como un pisotón en cada titular y en cada boletín: Zapatero.

Pero aquí, en su tierra, y para muchos de sus paisanos, al quinto presidente del Gobierno de España desde la Transición se le conoce con el apodo de Papes o, sencillamente, José Luis. Es aquel joven profesor de Derecho Político «que las traía a todas locas», como rememora uno de sus antiguos alumnos. Es también el asiduo del Belle Époque, del Cine Club universitario y, ya como político, de los bares El Ferroviario y El Infierno. Tomaba vinos en El Camborio y jugaba a las cartas en el Musgo. Practicaba la concentración mental y el kárate, y se entregaba a interminables partidas de ajedrez. El paisanaje de León lo recuerda, ahora que acaba de cumplir 50 años y disfruta de unas cortas vacaciones en su provincia, mecido por un halo de cortesía, cotidianeidad y fría franqueza.

Todos son conscientes de la delicada situación económica que vive el país y por eso a algunos el entusiasmo no les vibra en la voz como dos años antes. Algún asiduo de su compañía en el pasado niega incluso haber tenido relación con él, a modo de moderno y socialista San Pedro. La mirada felina, las formas algo sinuosas y el mito de la sequedad salen a relucir aquí y allá. El que fuera su profesor de Derecho Mercantil, José Manuel Otero Lastres, dice que a él, aunque leonés, se le puede aplicar lo que a los gallegos: «Si dice que sí, es que quizás, si dice quizás, es que no, y si dice que no, es que no es gallego».

Pero para naturalidad, la que manifiesta la gente que trabó diario contacto con él tras la única barrera de un mostrador. Sin ir más lejos, el zapatero de la familia, José Pérez, se expresa en estos términos: «Pienso que su gestión no está siendo mala. Ha pillado un mal momento y eso es delicado. Creo que esta situación que le ha tocado a él podía haber cogido a cualquier otro». Hay quien ofrece teorías aún más elaboradas, como su peluquero de toda la vida, Julián Alonso, el mismo que le aconsejó «pasar» de la raya al medio al peinado hacia adelante para modernizar su imagen: «Zapatero tiene la tradición cultural de la burguesía catalana, por eso es del Barcelona». Y prosigue: «Le ha cogido el toro pero, yo le achaco el no haber sido más previsor. Su legado tiene luces y sombras». «Persona siempre cercana, muy amigo de sus aficiones, la pesca y el montañismo, que ahora suple con correr», «animal de costumbres», «tenaz, no le gusta perder» o «político siempre, todo lo observa a través del prisma de la política» son algunas de las impresiones que recibe quien pregunta a aquellos que le trataron de cerca durante sus años de estancia en León.

Aunque es la misma tenacidad que muestra en todo cuanto pone en marcha la que a veces le impide reaccionar y dar marcha atrás. «Ocurrió en la crisis económica -”indica el periodista leonés Óscar Campillo, autor de la biografía Zapatero -”, pero también es verdad que al principio nadie pronosticó la gravedad de la crisis mundial y, a toro pasado, todos somos muy listos, pero luego hubo indicios y pruebas claras de que venía una gorda y él no quiso verlo. Ahora está rectificando, corrigiendo y probablemente se está repuntando. Falta, eso sí, el tema de la configuración de España, con la desafortunada frase de -˜aceptaré todo lo que venga de Cataluña-™, o el concepto de nación. De alguna manera hay que acabar con la duda de qué queremos ser, federales, confederales, lo que sea, pero no estar todo el día con ese asunto».

Por otro lado, uno de los aspectos menos conocidos -”pero quizá más reveladores de su forma de ser y definitorio de su vida leonesa-” es la desmesurada pasión que tomó entonces por el ajedrez, y en el que su pasión siempre ha sido mucho mayor que su fuerza.

Rodríguez Zapatero lo ha tenido desde joven como un excelente ejercicio mental, a la vez que metáfora de la vida. Pocos conocen este idilio, pero las largas partidas fueron siendo acompañadas, poco a poco, por la literatura que comenzaba a llegar a cuentagotas del Este y de una Hispanoamérica señoreada por Borges, su gurú espiritual y creativo.

«Si jugáramos más al ajedrez, cometeríamos menos errores en la vida» solía decir. Siempre arañaba unos momentos para dedicarse al juego milenario. Su suegro, fuerte aficionado y perfecto caballero, le tomaba las medidas sobre el tablero, y las escasísimas derrotas que sufría eran celebradas por José Luis con la alegría de quien acaba de encontrar la piedra de Rosetta.

«Has pasado de quesito a transportista de madera , solía decirle para indicarle su ascensión en el escalafón de jugadores de café, cosa que a José Luis le hacía enarcar aún más sus desafiantes cejas, aunque la sangre nunca llegaba al río. Y la tarde concluía con dos o tres jaques mate que acababan de una vez por todas con las ansias de sana revancha del indomable yerno, que ya apuntaba sus innatas cualidades de luchador a cualquier precio.

Transcurridos algunos años, y ya cuando el ajedrez había pasado a adornar su despacho de Ferraz, todavía gustaba de posar al lado del tablero, o hacer gala de sus habilidades en él. «De todos los juegos que ingenia la razón humana para pensar, a la vez que para engañar el tiempo, probablemente el ajedrez sea el que mayor profundidad y rigor intelectual permite asumir a quienes lo practican», dejó escrito. Y repite mucho la frase del doctor Tarrasch: «El ajedrez, como el amor, como la música, tienen la virtud de hacer felices a los hombres», a lo que a veces él añade, de su propia cosecha, lo siguiente: «Me da un poco de tristeza que haya personas que no conozcan ninguna de las tres».

Los leoneses siguen reconociendo en el Zapatero de los cincuenta años a su vecino, algunos aún incrédulos, sorprendidos de ese salto acrobático de la acera a la pantalla, otros bien seguros de un futuro que auguran con más y mejor recorrido. «No me pareció raro que hubiera salido secretario general y luego presidente. Lo vi como algo normal, natural en él», dice María Alonso, quien le sirvió muchos cafés.

Será, pues, criticado, alabado, recordado con cariño, frialdad u odio, entrará Zapatero en los libros de texto con éste o aquel pie de foto, pero en todo caso jamás podremos decir que no fue uno de los nuestros. Un leonés.

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