Diario de León

«De pequeño era grande y macarra»

«El dúo que formamos Crispín y Goliath es de los clásicos del cine de humor»

Sergio Peris Mencheta -Trueno-, el director Antonio Hernández y Natasha Yarovenk -Sigrid-.

Sergio Peris Mencheta -Trueno-, el director Antonio Hernández y Natasha Yarovenk -Sigrid-.

Pacho Rodríguez
León

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Manuel Martínez (León, 1974) no quería ser Goliath, a secas. Aunque ahora lo sea gracias al cine y le guste. Ni sólo un Sansón. Él quería más. Él no es un forzudo, es el atleta que susurra versos a los centímetros, sobre los que uno tras otro, milímetro a milímetro, ha cimentado su carrera. Pero da la sensación de que, a veces, Martínez no quiere ser Manolo. O, al menos, que desea desmarcarse de la imagen estereotipada de los deportistas, puede que por aquello de si serán incapaces de correr y mascar chicle. Martínez, en cambio, eleva la fuerza bruta de ese lanzamiento de peso a las más altas cimas de la sensibilidad. Él quiere ser un tipo con sentimientos. Un gigante sensible. Reflexivo, reposado y analítico. Realmente, un tío grande, se mire por donde se mire. Y más si se le observa de cerca. A tiro de pregunta.

Puede que haya saltado ya aquí la hipótesis de que Manuel Martínez, lo que quiere, en realidad, es que no le pille por sorpresa el momento en el que esa bola antigua, su particular piedra filosofal, que retrotrae a los juegos clásicos, los más limpios, los puros, se niegue a avanzar más. Ese día en el que el lanzamiento ejecutado a la perfección no surte los efectos esperados porque la gasolina se acabó.

Para entender a este leonés, criado y educado en el barrio y en el Colegio de San Claudio, también habría que pensar en otra hipótesis: la necesidad de reivindicar las otras vidas que conviven con la pública. Para que no haya sobreentendidos desagradables. Más, en el caso de los deportistas, sobre los que pesa el sambenito de que se sabe todo de ellos.

Y, por último, otra tesis. La tesis del propio Manuel: la de la normalidad. Todo el mundo tiene aficiones, aspiraciones, inquietudes, necesidad de expresar algo. Los deportistas, también.

Por eso, la cuestión es que el atleta leonés de referencia, ahora es actor. Pero no se trata de un cameo a lo Torrente en una anecdótica aparición. Manuel Martínez lleva una semana enfundándose el papel de Goliath, en el rodaje de El Capitán Trueno , una producción de matriz levantina que vio en Martínez al tipo al que buscaban para ese papel. Otra vez, el cine vino a Manolo.

Clara mezcla de siglos

Manuel Martínez, vestido de medieval se toma una Coca-Cola Zero, en una clara mezcla de siglos. Es Goliath, aunque cuando come en un descanso se supone que regresa a su yo, al de un leonés universal del deporte. Con ese refresco y ese ropaje la imagen resulta ser un canto a lo anacrónico. Pero como bien dijo en su día Viggo Mortensen a este periódico, hay que «comprar» emocionalmente ese cuento que propone el cine o el teatro. Hay que jugar a creérselo. A pasar por encima de las convenciones.

Poco después, aparece un guapo Capitán Trueno, de nombre Sergio Peris-Mencheta. Está de paso, pero resulta igual de curioso verle vestido de héroe sin apearse unas aerodinámicas y negras gafas de Sol. Y por ahí se ven muchas gorras de promoción, bajo el título de Thunder Captain .

Desde la distancia, mientras come Martínez, un rato solo, otro acompañado, transmite, sobre todo, que es metódico. Y amable. Con una leve sonrisa, que es tan de niño como de socarrón leonés. Y enorme. Sería el más fuerte de la clase. «Pues no era ni el más fuerte ni el más alto. Había cuatro o cinco que me sacaban unos cuantos centímetros. Así que no era el que más impresionaba por mi tamaño», recuerda Martínez de sus años en San Claudio, de los que luego pasó a la Formación Profesional, en donde, por cierto, se tituló en Informática.

En la campiña donde está instalado el catering del rodaje, como un comedor al aire libre, se vive esa magia del cine dentro del cine. Y ahí está Manuel. La zona arbolada está separada del set de rodaje para evitar ruidos. De hecho, esta parte de El Capitán Trueno se rueda en una inmensa finca al lado de El Escorial en la que hay que internarse por una pista forestal durante un par de kilómetros.

Esto es un rodaje, y en los rodajes ocurre que hay dos vidas en funcionamiento, de las que se entra y se sale con toda normalidad. La ficción y la realidad conviven en agradable compañía. Se necesitan y se complementan. Y el deportista-actor, a ese hilo de la infancia suma otro recuerdo: «De pequeño era grande y macarra. Pero no era el gallo más grande», asegura.

El cine es dedicar el día entero a que cuando suene «acción», todo esté en perfecta armonía. Y esperar y esperar, para segundos de rodaje puro y duro. Podría decirse que el resto es mecánica e introspección. Así, Manuel Martínez encuentra una similitud con la alta competición: «Se parecen en que en las dos actividades se requiere un estado latente de concentración», afirma. Y piensa un rato, porque se ve que las pausas son una de sus armas, para añadir: «Cuando compites, estás en la pista de un estadio lleno de gente, a la espera de una actuación que dura segundos-¦ Esperas hora y media para que luego intervengas seis segundos», comenta alguien que se las ha visto de todos los colores en su ya larga trayectoria deportiva.

Al cine por casualidad

El cine vino a Martínez en forma de casualidad. Pero no hubiera cuajado si no fuera por esa predisposición a ser polifacético, que, durante años, ha demostrado el deportista leonés. El largo Estigmas estaba basado en una novela gráfica, cuyo protagonista se parecía a Manuel como dos gotas de agua.

En el empeño de buscar a un actor que se pareciera al leonés, los responsables de la película optaron por el camino más corto y le ofrecieron el papel. Y Martínez aceptó y salió airoso del reto.

Ese sí que lanzó al primer intento define a este lanzador de peso. El que siempre se ha mostrado abierto a multitud de actividades. El que escribe poesía y relato corto. Pinta. Ama y practica la escultura. Lee y experimenta con la creatividad. Tuvo un bar, aquel Vaticano del Barrio Húmedo y flirteó con la política. Por cierto, de estas dos actividades se desprende que no hay huella perdurable ni ganas de repetir. «Fui hostelero por poco tiempo. Y político, por así decirlo, seis meses. En mi lista de prioridades no está la política», explica.

Pero todo este conjunto de pasiones que dibujan al personaje público que es Manuel Martínez no resultan ser para él otra cosa que síntoma de normalidad. Huye, por tanto, del deportista ensimismado en su actividad como único leitmotiv. «El cliché del deportista no deja de ser uno más. Y no define a todos. Porque no es cierta esa definición del deportista entregado a su actividad exclusivamente. De hecho, no solo soy yo el que intenta desarrollar otras actividades. Mis compañeros, todos, tienen sus aficiones, sus carreras, sus pasiones-¦ Todos, con su diferencias», relata.

Por eso, indirectamente, si todo es normalidad, parece que se abre la puerta de la especificidad del propio Manuel Martínez. A ver en qué anda. «Yo tengo una cosa más cultural. Pero, después de la primera vez, y ya van veinte años de aquello, ya no debería de ser noticia», relata.

Ahí parece que se dibuja la clave de las otras vidas de Manuel Martínez. Son compartimentos estancos que se retroalimentan, pero sin ventajismos. El plusmarquista que se hace actor. Como si pensara que si su vida se redujera a merodear esos 21,47 metros de lanzamiento de peso, la distancia recorrida sería un vacío demasiado grande. Manolo prefiere que su vida, entre lanzamiento y lanzamiento, esté llena de pasión.

Un mes y medio de trabajo

La llegada de Manuel Martínez al cine parte de la casualidad y de su físico imponente. «Es una gran suerte a base de coincidencias», explica. Y es que si Estigmas , su primera incursión en el cine, le llegó por ese asombroso parecido con un dibujo, el papel de Goliath le cayó en suerte en la Seminci de Valladolid, cuando los responsables del proyecto de El Capitán Trueno le vieron en persona e, inmediatamente, le ofrecieron el papel.

Pero, ¿cómo aprende a interpretar alguien que no es actor? «Para esta película llevamos un mes y pico de trabajo en plan coach. Y a mi me divierte, me resulta una actividad creativa y con mucho poder», explica, para aclarar que el proceso fue natural. Es decir, llegar, confesar la inexperiencia y convertirse en una esponja para aprender de tanto profesional.

Ya metidos en harina, para Martínez, El Capitán Trueno puede ser una de las películas del año: «Lo pienso porque creo que es una película de entretenimiento que nunca se ha hecho en España. Quiere ser un filme de aventuras. De género, por así decirlo. Y el dúo que formamos Crispín y Goliat es de los clásicos del cine de humor de todos los tiempos», explica.

De cómo cuaje la historia, habrá que esperar al final de la producción. Pero no cabe duda de que, esta vez, a Manuel Martínez el experimento se le ha convertido en un reto mayúsculo. Un gran papel que le tendrá ocupado durante nueve semanas de rodaje. Tal vez no soñara con ser actor, y menos ese Goilath al que ahora le pone músculo y talento. «Yo no leí el comic hasta ahora, porque me pilló otra época. Sí recuerdo vagamente que mis hermanos mayores lo leían», matiza.

Y aquí se vuelve a la persona analítica que gusta de extraer sensaciones que le impliquen y lo devuelvan a sus años de niño lector: «Si lo hubiera leído de pequeño, creo que me hubiera gustado. Porque es sencillo y efectivo, y hecho con las herramientas básicas. Además, me gusta esa vocación viajera del Capitán Trueno, que está en cualquier parte del mundo en cualquier momento. Viaja en globo por encima del mar y acaba en África. No quiere ser riguroso con la historia, porque de lo que se trata es de contar aventuras excitantes», narra Martínez.

Así, en esa interiorización del personaje, se queda Manuel Martínez con ganas de descansar en el poco tiempo que a él y al equipo les queda para comer. «Hay veces que tenemos tiempo para escuchar música, leer, o hacer algo por Internet. Pero no te creas, aunque haya que esperar mucho, siempre hay que estar pendiente de algo. A veces tienes que quedarte en el set de rodaje, porque estás a la espera de que te recoloquen y no es plan de que te llamen para una escena y no estés preparado», señala el deportista que un día se hizo actor.

Y por si esto fuera poco, el atleta aflora, aunque sea en baja intensidad. «Ahora no tengo por qué pensar en el deporte. Pero sigo entrenando. Goliath tiene que estar fuerte», explica y deja esbozar una sonrisa.

Se tiene que ir. Al fin, se puede sentir en persona, en la palma de la mano, cómo es esa mano suya que ha lanzado sueños en forma de bola de acero por todo el mundo. La mano que mece el atletismo español.

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