Diario de León
Publicado por
R. Arias
León

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Qué perversa ironía. Los cuatro mineros de Coto del Cantábrico en huelga de hambre acampan en realidad desde hace trece días frente a las puertas del antiguo Hospital de la MSP en Ponferrada. Desde hace más de una década, sin embargo, son las oficinas del imperio carbonero de Victorino Alonso. En su interior, remodelado con relativo gusto, cuelgan varios cuadros de Andrés Viloria entre otros artistas contemporáneos y se recrea una atmósfera que evoca cierta modernidad y confort. Nada que ver con el ambiente lóbrego de aquel hospital que yo mismo descubrí por azar una tarde de 4º de EGB cuando un profesor del colegio de la Minero me obligó a escoltar a un compañero de pupitre que misteriosamente logró introducirse con precisión quirúrgica un taponcillo del Bic en el oido.

Si alguno de los huelguistas desfalleciera -”ojalá no-” tendría que ser evacuado a unos cuatro kilómetros hasta el Hospital del Bierzo, en Fuentesnuevas. El colegio de la Minero, ahora rebautizado académicamente como Valentín García Yebra, se daba la mano con el hospital por la parte de atrás entre un camino salpicado de fragantes mimosas. El centro médico estaba vetusta aunque correctamente equipado. Pero sus pasillos transmitían la frialdad de una morgue. Los ventanales eran enormes. Sin embargo apenas dejaban penetrar la luz a través de sus cristales traslúcidos. Varias monjitas pululaban silenciosas y las puertas entornadas dejaban entrever habitaciones con ropa de cama muy blanca preparadas para acoger a cualquier accidentado de la empresa por grave que fuera el caso.

El imponente Hospital no era el único signo del enorme poderío cuasi matriarcal de la MSP en Ponferrada. Ni el colegio al que en principio acudían solamente los hijos de empleados y en el que resultaba imposible «montarse» ni una clase porque el control del profesorado era tan férreo como un marcaje de Goicoechea a Maradona.

Tres décadas y media más tarde, de aquella postrera omnipotencia industrial sólo quedan cicatrices casi irreconocibles sobre la piel de Ponferrada y su contorno.

El soberbio economato en el que la parentela de los obreros podía abastecerse a unos precios mucho más asequibles desapareció bajo una promoción inmobiliaria de un emporio astur-berciano que nunca fue muy allá. Como los miles y miles de metros cuadrados de solares y descampados, de los que la cosmopolita Rosaleda sólo supone una pequeña parte de aquel viejo patrimonio de suelo.

Las piscinas del grupo en La Placa han acabado convertidas en un club privado. Las viviendas baratas para empleados hace tiempo que se marchitaron. Y sólo los septuagenarios jugadores de la petanca en el parque del Temple son conscientes de que a sus espaldas no se yergue el conservatorio de música, sino el hotel en el que Marcelo Jorissen , «El Belga», el director de la compañía en sus años de gloria, pasaba sus días de visita mensual a los vastos dominios de la sociedad desde el Bierzo a Laciana. Que la fuente que mana a la derecha era la coqueta piscina del hotel y de las residencias que se fueron construyendo para uso y disfrute de los ejecutivos o que la pista sobre la que chasquean las bolas de metal era la cancha de tenis de ceniza en la que la hija del director general hacía sus pinitos.

En el colegio Valentín García Yebra el final de curso ya no se celebra con la dirección de la empresa repartiendo cartillas encarnadas del Banco Central con ingresos de veinticinco o cincuenta pesetas, según el talento del estudiante recompensado. Y por Santa Bárbara nadie cierra en exclusiva el Bergidum o el Adriano para que el alumnado pudiera asistir al estreno de Marathon Man con un casi púber Dustin Hoffman en papel estelar.

Ponferrada tampoco se levanta al toque estruendoso de sirena de las ocho de la mañana de los talleres generales ni se adormece al de las seis de la tarde, cuando los soldadores, ajustadores o los caldereros que mantenían la infraestructura de las minas y del transporte ferroviario del carbón de la Minero, de la que dependían directamente más de 5.000 familias, ponían fin a su jornada partida.

«Ese montón de espejos rotos» que según decía Borges es nuestra memoria, devuelve hoy sin embargo la imagen borrosa y fracturada, entre otras, del empresario de Coto Minero del Cantábrico -”la sociedad que ha absorbido a la MSP-” incapaz de pagar las nóminas de sus asalariados.

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