Garnachas divertidas
enóloga
Ya les he dicho lo difícil que es hacer vino joven y lo complicado que es que sea bueno. Mucha gente sueña con hacer un vino que se pueda guardar 20 años. Bueno, yo también; pero sin duda es una meta hacer un estupendo joven. Créanme que son escasos y puedo contar unos 4 o 5 que me gustan hasta el punto de beberlos habitualmente. Un vino joven no tiene disfraces, ni trampa ni cartón. Un vino joven no lleva maquillaje ni engaños. Como ha sido la uva, así será el vino. Si era mala, no hay nada que hacer. Si era buena, tampoco es pan comido. La habilidad del enólogo y su buen hacer se ponen a prueba en los escasos 3 meses que se tarda en elaborarlo; ese es el tiempo que el vino está en la bodega. Y a partir de este momento, a volar...
Por eso encontrar uno bueno es una satisfacción y un hallazgo. No es fácil. Desde hace un par de años, he encontrado un filón en las garnachas, y principalmente de Aragón. Hace ya un par de años que bebo todo lo que cae entre mis manos rotulado como Garnacha. Y tengo que decir que pocas me han defraudado.
La garnacha es una variedad de uva que durante muchos años ha sido el patito feo del viñedo español. Con el inconveniente de que además era la variedad tinta más plantada en España. Esto seguro que sorprende a muchos que creían que el podio era para el tempranillo. Pues, no. La cenicienta garnacha además de su temible fama de oxidable era la más común de nuestras uvas tintas.
Doble pesar. Pero de unos años para aquí, los viticultores se han dedicado a hacer menos kilos de garnacha pero de mejor calidad y los enólogos se han propuesto cuidarla con cariño en su fermentación y desterrarla de sala de las barricas para hacerla aparecer en todo su esplendor. Y menudo esplendor.
En primer lugar se ha quitado de un plumazo el viejo sambenito de oxidable que les decía antes. La acusaban de ser una variedad que en seguida daba olores rancios y colores apagados. Pues tendrían que verla ahora. Puestos a pensar mal, diríamos que los rancios eran ellos.
La garnacha no es sólo española, la garnacha se planta en todo el mediterráneo y ahora también en Australia. En Francia, como son más finos, la llaman grenache y hay a quien le parece que así da más categoría. Además, garnachas hay muchas y de muchos colores: tinta, tintorera, blanca, gris... la hay hasta peluda. No es broma. La garnacha peluda. El nombre no podemos decir que sea sugerente, más bien da un poco de grima pero si el vino es bueno, le perdonamos todo.
Su éxito radica en que son vinos frescos, fáciles, agradables, ligeros y sabrosos. Nada que ver con esos vinos masticables y duros que han proliferado en los últimos años. Ya saben, esos vinos que en las recomendaciones de consumo pone platos de caza mayor; me hace mucha gracia eso de la caza mayor. Yo pienso que abriría a lo sumo un par de botellas de estas al año, pues tampoco soy yo de cazar ciervo cada semana. La garnacha, no. Los vinos de esta variedad que no requieren de una ocasión especial para abrirse pero que dan sentido a cualquier cena informal. De esos que te acabas la botella sin darte cuenta. Son vinos que están hechos de sol y de verano. Harta como estoy de vinos potentes, intensos, fuertes y robustos, abrir una garnacha joven es como ir de tapas: siempre apetece y divierte. Pues sí, la garnacha es divertida y eso es a lo que debe aspirar cualquier vino.