Diario de León

A su manera

Perseguida por la ley, Isabel Pantoja se refugia en un público incondicional que la jalea y aclama en cada espectáculo

Publicado por
Arantza Furundarena
León

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Apenas asoma por el escenario y ya la reciben con una ovación cerrada, encendida, como si fuera una prima donna y acabara de cantar un aria sublime. «¡Bravo, bravo! ¡Guapa, guapa!». Se trata de Isabel Pantoja. No canta ópera, sino copla y tonadilla. Y ha llegado a un punto de divismo, de idolatría, que no necesita abrir la boca para que el público ( su público) se ponga a sus pies. Estamos en la platea del teatro Coliseum, en Barcelona, donde Pantoja presenta estos días, entre citaciones judiciales y declaraciones de insolvencia, ese espectáculo que José Luis Moreno le ha diseñado y cortado a medida, casi, casi cosido sobre su cuerpo, sobre las cicatrices que ha ido acumulando Isabel a lo largo de su turbulenta existencia. Así es la vida se titula el show. Un homenaje a sí misma. Una autobiografía a la mayor gloria de la artista. Un espectáculo a la medida de su ego, que no es precisamente pequeño.

Nací en Sevilla. Es la canción que abre el repertorio. Y en ella, sobre fotos en blanco y negro de su bautizo, allá por el año 56, o de la placa de la calle Tardón, en Triana, Pantoja nos va informando, siempre según su versión, de que ella nació en Sevilla «entre claveles rojos y manzanillas». «Me dio la vida un beso cuando nací», remata entre gorgoritos. Y el teatro se viene abajo. ¿Bendecida por la vida? Hay quien no estaría muy de acuerdo. Tiene enemigos acérrimos Pantoja que llevan años adjudicándole fama de gafe. Y es verdad que su vida no ha sido un camino de rosas. Como esposa, enviudó en plena juventud de manera repentina y trágica. Como madre, el niño le salió bastante más tarambana de lo que hubiera deseado. Como mujer, no ha tenido suerte en el amor. Y de su último noviazgo con el convicto Julián Muñoz sólo le han quedado pleitos, embargos, descrédito, y la amenaza de terminar un día en la cárcel. Pero como artista... Como artista hay pocas que generen tanta devoción. «Gracias -”dirá la tonadillera a su público en mitad del espectáculo-”. No sabéis lo que me estáis ayudando. No os lo podéis ni imaginar».

Hace ya tiempo que a un concierto de Pantoja no se va sólo a oírla entonar, sino a escuchar su versión de los hechos. Lo que no canta ante el juez, Isabel lo canta ante el público. Subida en el escenario se crece y siempre acaba lanzando alguna que otra frase definitiva, directamente relacionada con su atormentada y comentadísima situación personal. Como ese «¡Cállate ya!» furioso que grita no al de la tercera fila, ese pesado, ese fan empedernido que no para de gritarle guapa. No, las bocas que quiere callar Isabel son las de los comentaristas que siempre la tienen presente (normalmente, para mal) en ese patio de vecindonas que es ahora mismo la tele.

Marinero de luces

Durante el espectáculo, la artista se viste de flores, de tabaco y oro para entonar un pasodoble, de rojo, de negro... E incluso de novia, cuando, siguiendo el curso de su biografía sentimental (la que ella quiere contar, porque de Muñoz ni rastro), se detiene un buen rato en su romance y posterior matrimonio con Paquirri mientras suenan los acordes de Marinero de luces . Es evidente que eso no habría ocurrido de seguir Pantoja enamorada del ex alcalde de Marbella. Pero muerto y enterrado Muñoz, toca resucitar al torero difunto, porque a ése sí que le adora y acepta el público de Isabel. «¡Qué guapa estaba yo!», exclama de golpe Pantoja sin cortarse un pelo, al contemplarse a sí misma, de jovencita, en ese gigantesco álbum de fotos que se proyecta sobre el fondo del escenario. El público le da la razón con gritos y más aplausos. Hasta su propio director de orquesta (lo nunca visto) detiene su tarea en plena actuación para cuadrarse ante ella y ovacionarla. «¡Ay, Barcelona de mi vida. Por mí me quedaba a vivir aquí. Es que mi niña además es del Barça!», gime la artista, que esa noche está acompañada, entre bambalinas, por su hija, Chabelita. Huelga decir, una vez más, que el patio de butacas (ya permanentemente de pie, desde hace media hora) estalla en -˜oles-™. «Y sin juez, sin tribunales, yo me sentencio. En una cruz de silencio» brama la ya imparable Isabel, antes de que sus ocho bailarines y doce músicos alivien un poco tanta tensión con una alegre coreografía.

Han pasado casi dos horas desde el comienzo del espectáculo y aquello parece un tablao. «¡Te queremos, Isabel!» le grita un espontáneo. «Ya lo sé. Y yo a vosotros», contesta ella muy seria en mitad de una canción, como si lo normal para un artista fuera cantar y conversar con el público al mismo tiempo. Se seca dos incipientes lágrimas y se prepara para atacar el final. La rúbrica. A mi manera, de Sinatra. Nada menos, aunque aflamencada y adaptada a su personalidad. «Amé, también sufrí... Pero viví a mi maneeeeeera». «Quiero que sepan -”declara al terminar el show, abrazada a un enorme ramo de flores-” que cada uno vive su vida a su manera. Y eso hay que respetarlo...» Siempre que no se infrinja la ley, cabría añadir.

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