Foto Exakta

«Ni un disparo al aire»

El Ministerio de Cultura acaba de adquirir, íntegro, el archivo de manuel martín de la madrid y manuel martín martínez, dos fotógrafos cuya labor conjunta resulta clave para conocer cómo transcurrió el siglo xx en león

Instante recogido tras la inauguración de la Facultad de Veterinaria, en 1947.

Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

Por el estudio de Foto Exakta, en ese último tramo de la calle Ancha que ya se esquina y se abre hacia la Catedral, pasó todo el León que algún interés tenía -aficionado o profesional- en el mundo de la fotografía. Un microcosmos, primero, de placas de cristal y polvos de magnesio, después de kilómetros de película y litros de revelado, que era sinónimo absoluto de dos nombres propios: Manuel Martín de la Madrid (1905-1985), el pionero, y su hijo Manuel Alfonso Martín Martínez, el continuador de la saga. Fueron 54 años de un estudio y de una tienda que no sólo vivió directamente la acelerada evolución de un arte cada vez más y más popular, sino que también sirvió de espejo para una sociedad que pasó de una guerra civil a una democracia con cuarenta años de dictadura de por medio. El tesoro elaborado y amasado pacientemente por los Martín nació con los combates en el frente de la montaña leonesa, continuó con el retrato de unos tiempos demasiado fríos y duros, asistió a los progresivos cambios económicos y sociales de los sesenta y setenta y arribó a la última década del siglo fijando en celuloide los cambiantes rostros, gestos, ritos, edificios y paisajes de una tierra leonesa cuyos hijos han pasado del asombro y la reverencia ante la cámara a su uso habitual y quizá hasta desmedido.

Ahora, ese caudal inmenso de información etnográfica, documental, periodística y también artística ha pasado a manos del Ministerio de Cultura, cuya Dirección General del Libro, Archivos y Bibliotecas ha gestionado la compra casi íntegra de un archivo que asciende a 141.753 negativos de la más variada temática. Un archivo que constituye la memoria visual de los leoneses a lo largo de gran parte del siglo XX. Pero también una compra que se inserta en un proyecto del gobierno estatal, de amplio calado, cuyo objetivo es reunir las más importantes colecciones fotográficas de todo el país para depositarlas y estudiarlas en un futuro Museo Nacional de las Artes Audiovisuales.

Manuel A. Martín recuerda la figura del precursor: «De joven, mi padre trabajaba de depediente en una tienda de ultramarinos al lado de Palat del Rey, El economato madrileño , y él solo se fue aficionando a la fotografía, con aquellas cámaras que había, de placas de cristal. Todo el material lo compraba en La Gafa de Oro y Francisco Lorenzo, el dueño, a la vista de lo mucho que le gustaba aquello, le propuso irse a trabajar con él para montar un laboratorio. Así, comenzaron a trabajar juntos y después se independizó». Ya casado, monta en la calle Ancha, en 1936, Foto Exakta en homenaje a la primera cámara que tuvo. «Le ayudó mucho aquella ubicación, tan céntrica, y también el hecho de que los alemanes de la Legión Cóndor, una de cuyas bases estaba en León, eran tremendamente aficionados a la fotografía y casi todos tenían cámara propia. La mayoría iba a revelar sus fotos a Exakta», rememora Martín Martínez. Precisamente algunas de las imágenes más impactantes del archivo familiar son las que se refieren a la estancia, actos oficiales y despedida, con la presencia del propio general Franco, de esta cuadrilla de aviadores nazis. Pero el iniciador de Exakta también captó los avances y retrocesos, en plena montaña central, de las tropas franquistas y republicanas, con retratos de ambos bandos y la destrucción de pueblos enteros de la comarca, en especial el incendio de Villamanín.

El temor cierto a posteriores represalias hizo que, salvo las de un cajón olvidado, todas las instantáneas que se referían al bando republicano fueran destruidas en el hogar familiar. No obstante, en los años inmediatamente siguientes, Martín de la Madrid siguió consignando escenas estremecedoras como las del interior de la cárcel de León, con presos en condiciones deplorables -uno de ellos no es más que un niño- y cocinas devoradas por la suciedad. Curiosamente, y como desvela el hijo, ese trabajo le fue solicitado «desde la propia cárcel».

Nacido en 1937, Manuel Martín Martínez revolvía el estudio desde bien pequeño. «Me tenían que echar muchas veces porque les abría la puerta, les velaba el papel, era un peligro-¦», dice divertido, recordando los enfados de aquellos tres muchachos que atendían el estudio junto a su padre. Pero no fue sino hasta los 17 años cuando tomó su primera instantánea, iniciando así una carrera marcada por la experimentación y por abordar trabajos creativos de manera constante. Ganó su primera medalla en un certamen vallisoletano con 18 años: cogió al perro setter de su padre, lo vistió de paisano y lo colocó leyendo el periódico.

«Si el valor del archivo de Martín de la Madrid estriba sobre todo en lo documental, el de Martín Martínez está en lo artístico», dice el director general del Libro, Rogelio Blanco, quien se muestra categórico una vez revisado el material adquirido: «No disparó ni un tiro al aire». Exacto, prolífico, inquieto, gran amante del patrimonio y del paisaje leonés, este fotógrafo era llamado, por las infinitas tomas que hizo de la Pulchra , «el novio de la Catedral». Es, pues, a partir de 1951 cuando padre e hijo comienzan a trabajar juntos de forma continuada. «Hacíamos fotos de reportaje, industriales y exposiciones, como aquella en los primeros años sesenta sobre Picos de Europa para la Diputación, en un gran formato hasta entonces no empleados, y que llevaron a Madrid, Oviedo y Santander», rememora. Pero en torno a 1966 Martín, movido por sus inquietudes artísticas y filantrópicas, decide irse a la Ciudad de los Muchachos como director artístico de su circo y posteriormente a la sucursal colombiana del centro fundado por el leonés Alberto Muñiz, donde permaneció ocho años. Conseguir alimento para 200 niños al día ( gamines que dormían aspirando el tufo de la gasolina) no le dejó tiempo para tomar fotografías casi hasta su regreso, en 1979.

Volvió a la imagen, pero también a la experimentación: comenzó a fusionar música y fotografía para crear delicados y sugerentes espectáculos centrados en joyas patrimoniales como la Catedral de León o la Alhambra de Granada, pero también en monumentos paisajísticos y etnográficos a punto de desaparecer ( Riaño, réquiem por mi tierra ), todo ello a lo largo de la década de los ochenta. En 1985 muere el patriarca y, aunque se intenta mantener la tienda sin aquella presencia firme y apoyo constante, cinco años después se cierra definitivamente.

Cargando contenidos...

Pero Manuel Martín ya se había preocupado por ordenar con todo cuidado, por fecha y tema, la enorme masa de imágenes y negativos que su padre, sencillamente, iba echando en un cajón, algo que ha facilitado la labor a los técnicos del Ministerio. Y también por digitalizar todo lo posible el archivo familiar se ha preocupado este profesional abierto a cualquier innovación, para quien la imagen digital ha traído consigo todo un mundo de posibilidades. «El progreso de la fotografía digital es asombroso», dice, subrayando la gran «elasticidad ante las luces» que ofrece y las «mejoras», siempre desde una ética profesional, que pueden introducirse en la imagen, «esas que antes era impensable realizar en el laboratorio, o sólo tras un muy laborioso trabajo». Así, a la pregunta de ¿por qué hay gente tan reacia a los cambios? responde Martín: «Porque esa gente no ha tenido que enfrentar grandes cambios. Yo, en cambio, he tenido que lidiar con todos».