Resaca electoral
Un total de 35 municipios leoneses no obtuvieron mayoría absoluta y habrá pactos para todos los gustos
Los leoneses, acostumbrados desde niños a llamar al pan, pan, y al vino, vino, llevamos sin embargo tres semanas que no entendemos ni jota: primero nuestros políticos nos «convencen» de que votar es uno de los más sagrados deberes de ciudadanía; y tan machaconamente defienden este aserto, que al final logran arrastrar al sesenta y tantos por ciento de esperanzados electores, cuyo voto se decanta en la dirección que le dicta su particular enfoque de las distintas opciones y programas, y sobre todo, en la persona que «vende» credibilidad, seriedad, entereza, honradez y entrega por la comunidad.
Después... ¡ay después! Todo el mundo dijo «digo» donde tenía que haber dicho «Diego», y su opción, defendida a capa y espada contra todos los vientos y mareas de las siglas competidoras, dobla la cerviz, se baja los pantalones, ofrece el oro y el moro, baila con la más fea pero... ¡por favor!, que le aseguren un puesto en el equipo de gobierno. En fin, en tres semanas, se ha pasado, de enseñar los dientes a menear el rabo. Una vez más, los políticos hacen bueno aquello de «dame pan, y llámame perro». Para este viaje, no se necesitaba ninguna alforja democrática, con leer El Lazarillo de Tormes, El Buscón y Rinconete y Cortadillo , basta.
Y es que el personal está muy quemado. Empiezan ya a no entender la exótica presencia de la regla D'Hont en el cómputo final de los resultados. En estas tierras siempre se dijo: «que a razón de catorce, siete la media»; y hasta el más lerdo de los gañanes, contando por el antiguo sistema decimal -el de los diez dedos- sabía a que atenerse una vez acabado el escrutinio. Mientras que ahora, hasta que no opera el secretario del ayuntamiento, previamente reciclado para el uso de los ordenadores, es que no te enteras.
León y su circunstancia
Es claro que León, con sus 211 minifundios municipales, presenta un mosaico variadísimo de alternativas que quisieron serlo, y cuyos restos se agarran al clavo ardiendo de los pactos. Catorce siglas compitieron en la campaña, además de un montón de candidaturas independientes, y muchas de ellas no encontraron escaño alguno donde acomodar a sus ilusionados parlamentarios locales. En 176 municipios la mayoría absoluta les ha brindado la nada despreciable oportunidad de gobernar en solitario, y salvo alguna espantada de excepción, los partidos ganadores tendrán cuatro años de paz y prosperidad.
El lío está en los 35 ayuntamientos restantes, donde algún partido residual, unido en las formas a otros de reciente implantación desvirtúan la esencia democrática de los comicios vendiendo descaradamente sus votos al mejor postor, que aquí resulta ser Pedro, y allí resulta ser Juan.
Se puede dar el caso curioso, de que en algunos municipios leoneses que -a pesar del mal cartel que están teniendo los tripartitos- hagan cama redonda partidos cuyos matices diferenciales hicieron notar ostensiblemente durante la campaña electoral para convencer a su particular clientela.
Y si se tratase de grandes municipios, donde el abanico ideológico queda diluido en la pluralidad de sus habitantes, pudiera tener algún sentido. Pero ya me dirán ustedes lo que puede pasar en pueblos pequeños, donde nueve concejales pintan con cinco colores diferentes, a la fuerza tienen que hacer mezclas a ver el color que sale.
Y nuevamente empieza el desencanto y el cabreo cuatrienal del manejado, burlado y decepcionado elector, que jura y promete solemnemente no volver a las urnas, ni a punta de pistola. Mientras tanto, el afiliado de buena fe, el candidato de relleno, y el currante de base que se pasó la campaña pegando carteles de su líder, porque creía que era el tío más cojonudo, esconden su humillación y su vergüenza, al mismo tiempo que archivan su carnet en el baúl de los recuerdos.
La cosa no es para menos. Los pactadores oficiales, que en estos días han aumentado de forma alarmante sus dietas de viajes, son capaces de llevarse al huerto al mismísimo Guzmán el Bueno. Pero es que ofrecen, y no paran -nos decía el camarero mientras nos servía el botillo- por aquello de la gresca que tienen en Ponferrada. ¿Quién les iba a decir a los de Astorga, que el desamparo en que les dejó Perandones, les llevaría a poner su ayuntamiento en manos de un partido residual, como es el PAL? o a los de Villafranca del Bierzo, que dependerían del voto del único concejal del MASS, que ha desatado un polémico desencuentro entre los del Este y los del Oeste.
Claro, que en el 2015, puede pasar de todo; las buenas gentes leonesas no olvidan, y están ya muy hartas de servir de pantalla a unos y otros, además, para aprender esta lección, han tenido los mejores profesores.