Diario de León
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Entre San Juan y San Pedro, San Pelayo está en el medio». Así reza el dicho popular que enlaza tres santos de relieve en el concierto jerárquico de la Iglesia. Por eso, hoy, día de San Pelayo, queremos dedicar al pequeño gran mártir gallego nuestro Retablo para dar a conocer la influencia y el impacto que causó su martirio en Córdoba a manos del propio Abderramán III. La ciudad de León, y múltiples pueblos de la provincia, adscribieron el santo de Tuy al patronazgo de sus iglesias, y aún hoy se celebran numerosas fiestas patronales a lo largo de la geografía leonesa en recuerdo de aquel valiente muchacho que conmovió con su ejemplo a los cristianos del siglo X.

La historia, y el santoral cristiano, relatan la peripecia de nuestro joven mártir con diversos matices de forma, nunca de fondo. Nosotros queremos dar testimonio de los últimos momentos de Pelayo, según dejó escrito nuestro ilustre paisano, historiador y Diputado a Cortes, Modesto Lafuente en su monumental Historia General de España, de 29 abultados volúmenes publicados en 1850.

«Era el niño Pelayo tan hermoso como discreto, y hacía ya tres años que estaba cautivo en Córdoba, cuando informado el Califa de sus prendas quiso verle y atraerle a su religión. Joven -”le dijo-” yo te elevaré a los más altos honores de mi Imperio, si renegando de Cristo, quieres conocer a nuestro profeta como el profeta verdadero. Yo te colmaré de riquezas, te llenaré de plata y oro, te daré ricos vestidos y alhajas preciosas. Tú escogerás de entre los esclavos de mi casa los que más te agraden para tu servicio. Te regalaré caballos para tu uso, palacios para tu habitación y recreo, y tendrás todas las delicias y comodidades que aquí se gozan. Sacaré de sus prisiones a quien tú quieras, y si tienes gusto de que vengan tus parientes a vivir en este país, les daré los más altos cargos y dignidades».

A estos y otros seductores halagos resistió con entereza y constancia el joven Pelayo, que contaba entonces con trece años de edad. Los escritores cristianos añaden que el califa se propasó a hacer al joven demostraciones y caricias de otro género, que hubieran sido más criminales que las primeras, con lo cual, enfurecido y colérico, Pelayo se arrojó intrépidamente a Abderramán y le hirió el rostro y le mesó la barba, desahogándose con las expresiones más fuertes contra el Califa y contra su falsa religión. El desenlace de este drama fue el martirio del joven atleta, cuyo cuerpo mandó Abderramán atanacear y que después fuera arrojado al Guadalquivir, horrible muerte, que sin embargo sufrió el joven cristiano con una resignación que parecía increíble en su corta edad. Fue el martirio de San Pelayo el 26 de junio del año 925 -”hoy hace 186 años-”. Crueldad tan desusada en Abderramán y empeño tan grande en la conversión de un niño que apenas rayaba en la adolescencia, nos induce a pensar que se mezclaba en ello otro interés que el de la religión, y que no carecen de fundamento las pretensiones de otro género que le atribuyen los cristianos.

Restos de San Pelayo en León

Como decíamos al principio, el descuartizamiento brutal del niño Pelayo, en la defensa de su virtud y religión, conmovió profundamente a las bases cristianas, que adoptaron como modelo simbólico el estilo «pelagiense», tan propio de ensalzar desde los púlpitos más relevantes. Sus innumerables admiradores, quisieron contar con las reliquias del santo, según costumbre de la época, pero sólo la ciudad de León, capital del reino cristiano por aquel entonces, tuvo el honor de hacerse nada menos que con el cuerpo de tan venerado mártir. Así lo podemos constatar con la garantía documental del recordado abad isidoriano, Julio Pérez Llamazares, quien desde su libro Historia de la Real Colegiata de San Isidoro , lo recoge de esta manera:

«Ocupaba el trono leonés Sancho I apodado -˜El Gordo-™, quien a ruegos de su esposa doña Teresa y de su hermana la infanta doña Elvira, monja en el monasterio de San Salvador de Palat del Rey, pidió a Alhaken, a la sazón Califa de Córdoba, el cuerpo del niño mártir San Pelayo, para aposentar el cual edificó un cenobio con el nombre del mártir, y le hizo habitar por monjes -”intra muros legiones-” conforme el Chronicon Mundi del Tudense. Edificado el cenobio, envió a Córdoba una honorífica embajada para trasladar a León las sagradas reliquias».

No pudo, sin embargo, recibir el santo cuerpo nuestro buen rey Sancho, pues una conspiración encabezada por el conde Rodrigo Velázquez en Galicia, terminó con la vida del monarca a través de una manzana envenenada.

Fueron su hijo, Ramiro III -”que contaba cinco años-” y su madre, la regente doña Teresa, quienes recibieron el cuerpo de San Pelayo en el año 967, custodiado desde Córdoba por el obispo de León, don Velasco, colocándolo en el cenobio elegido por Sancho el Gordo, y en cuya iglesia, para más decorarla, este rey había sepultado los cuerpos de varios obispos exhumados de otros templos. Según hemos podido leer en el citado Chronicon Mundi del Tudense .

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