Diario de León

augusto muñiz bayón

Casi asiste a su entierro

LE DIERON POR MUERTO EN LA GUERRA Y HOY TIENE 93 AÑOS Y UNA SALUD DE HIERRO. DA CUERDA AL RELOJ DE LA TORRE Y ES EL CAMPANERO OFICIAL DE VEGAS. «EN ESTA VIDA HAY QUE TENER ALGO DE CHISPA», PRESCRIBE

NORBERTO CABEZAS

NORBERTO CABEZAS

Publicado por
emilio gancedo
León

Creado:

Actualizado:

Todos, quien más, quien menos, quisiéramos ser un día como Augusto Muñiz Bayón, 'Gusto', como le conocen sus vecinos de Vegas del Condado y aledaños: alcanzar una edad venerable entre las frescas sombras de la memoria pero al mismo tiempo contar con alguna responsabilidad precisa, alguna habilidad necesaria, algo así como guardar la única llave de algún arcón lleno de recuerdos y maravillas.

Gusto es querido en toda la contorna: la panadera lo piropea, la guardia civil lo saluda y, cuando demuestra a los periodistas su destreza con las campanas, salen los vecinos a la calle a ver qué demonios pasa («¿cómo tocan a misa a esta hora?»): tal es su capacidad de convocatoria. Gusto, de 93 años, sube cada 48 horas justas a lo alto de la torre para dar cuerda al reloj. «Cuidado, que está muy pindio », avisa a sus acompañantes este hombre enjuto y jovial, de ojos vivaces y pispos, que trepa con agilidad por la escalera de madera, entre la oscilante oscuridad, y con la única ayuda de una vara de palera. Lleva el riberano 40 años cumpliendo fielmente su labor.

«Este reloj tiene un siglo y cinco años, y no lo hay mejor», dice Muñiz señalando la venerable maquinaria marca Antonio Canseco («casa de Madrid, pero como ese Canseco era originario de León, pues por eso está aquí», es su teoría). Después desgrana Gusto los diferentes toques de campana que domina: «A misa, a difunto, a incendio o quema , a concejo, cabildo o cabodaño , a hacendera y a oración». Con ese mismo toque fue con el que se inició, a los 11 años, en el manejo de las campanas de su villa natal... siete décadas en las que ha ido, poco a poco, depurando un estilo sólido y personal, enérgico, con contundentes arranques y hasta artísticos y floridos finales.

Toque de difuntos como el que casi le dedican a él mismo cuando fue dado por desaparecido en la guerra. Después de servir en Ambasaguas en casa de unos señores («¡oye, de aquella no había posibles!») llevando las vacas al pasto, y poniéndose luego a trabajar duro con unos tíos en Vegas que no tenían hijos y que, al final, le dejaron la casa, llegó la guerra. «En Sigüenza me hicieron prisionero 'relata'. Estaba con nosotros uno que manejaba la ametralladora que... les tenía fritos a los de Negrín; así que los otros echaron mano del mortero, que eso no es como el cañón, eso lo machaca todo. Tiraron para donde estábamos... y cuando se despejó la polvorera, vi que de los seis que nos habíamos guarecido en el corrín , solo yo quedaba vivo. Luego me sacarían un trozo de metralla de la rodilla y otro del brazo, y me queda todavía un perdigonín...». Gusto salió de allí a gatas («coño, cogí miedo», admite) con otro soldado que apareció por allí, y cuando intentaron resguardarse en una trinchera, un tiro en la cabeza acabó con la vida del compañero («aquello eran todo chispazos»). Después oyó un 'Viva la República' y lo cogieron prisionero, trasladándole a Madrid junto con muchos otros de la compañía («seríamos 500»), donde fueron encerrados en una iglesia que Gusto no identifica («sé que el tranvía llegaba hasta la puerta, eso sí»). Vendría después un año entero de trabajos forzados en la carretera de Valencia («15 kilómetros hicimos, todo a pico, a brazo») y comiendo un cacín de legumbres (¡«nunca carne, ni pescado, ni fruta, ni postre»!) hasta que se acabó la guerra y fueron liberados. Cogió el tren para su pueblo y allí supo que a punto estuvieron de prepararle el entierro, porque nada sabían de él. «Imagínate la alegría de mis padres, de mis hermanas...». Pero incluso aquello no bastó para licenciarlo: hicieron falta tres años en Gerona, y otro en Llanes. «Estuvimos a punto de entrar otra vez en guerra, la mundial, menos mal que Franco cogió amistad con Hitler, que si no...»

Y después sí, a labrar, a las vacas, a la junta vecinal, a la huerta (donde sigue con la carrilla )... hasta que se jubiló en 1983. «¡Ahora estoy muy bien, y yo creo que es de no parar!».

tracking