Diario de León
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León

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En la Italia fascista Benito Mussolini cometió auténticos crímenes de lesa humanidad contra su población. El ‘Duce’ había gobernado con mano de hierro desde 1922. El apoyo popular que le permitió tomar el poder con una multitudinaria marcha en Roma había desaparecido 20 años después. En 1943, en plena II Guerra Mundial, Mussolini fue apartado del poder y arrestado por el rey Víctor Manuel II en un intento de salvar el trono. Sin embargo, fue liberado por un comando nazi y colocado al frente de los territorios italianos controlados por el ejército alemán.

En marzo de 1945 la guerra estaba a punto de terminar y a los aliados sólo les faltaba controlar algunas zonas del país. Mussolini trató de escapar y cruzar la frontera suiza en un convoy disfrazado de soldado. En esa zona limítrofe, muy montañosa, fue asaltado por un grupo de partisanos que le reconocieron. El dictador fue detenido junto a su amante Clara Petacci el 27 de abril. Al día siguiente ambos fueron fusilados sin ningún tipo de juicio. Los cadáveres se trasladaron a Milán y se expusieron en la plaza Loreto, donde cientos de personas se cebaron con los restos del dictador hasta desfigurar el cuerpo, cuyo rostro era irreconocible. Para mayor escarnio, los restos de Mussolini y su amante fueron colgados de los pies en el techo de una gasolinera.

El caso africano

Por desgracia, África tiene una buena representación de dictadores. Los sátrapas se suceden unos a otros con golpes de Estado. Pero pocas veces el derrocamiento se muestra al mundo con tanta crudeza como en la caída de Samuel Kanyon Doe en Liberia. Accedió al poder a través de un golpe de Estado en 1980 y durante diez años cientos de opositores fueron asesinados.

En 1990 fue derrocado por Charles Taylor. Doe fue torturado para regocijo de sus captores, orgullosos de haberle cortado una oreja. Todo ello ante las cámaras de televisión, que mostraron al mundo, una vez más, cómo víctimas y verdugos intercambiaron los papeles.

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