CANTO RODADO

Gritos, gresca y griterío

La presidenta de la diputación se ha quedado muda desde que se filtró la noticia de que paga regalos con el dinero asignado al grupo popular

León

Creado:

Actualizado:

El primer cuadro de la serie El grito , de Munch, se llama La desesperación . El artista noruego lo terminó en 1893 en París, la capital europea y del mundo en aquel momento, que a su vez vivía inmersa en las luchas contra la subordinación de la sociedad a la economía. Pero no fue el ambiente social de protestas, sino su propia experiencia y sentimientos personales lo que Eduard Munch pintó en el primer cuadro de esta famosa serie. O quizás fueron las dos cosas...

Pero gritos, aquí, y ahora, pocos. Cuidadín. Están prohibidos. En mercados, mercadillos y rastros... Se acabó el vocerío de los domingos mañaneros en el Paseo de Papalaguinda. El mercado se desarrollará en religioso silencio.En estado meditativo, a lo Mariano Rajoy.

Ambos al unísono, Ayuntamiento de León y Diputación, Gutiérrez y Carrasco, quieren poner firme al Rastro y a la venta ambulante. Decretan la extinción definitiva de afiladores y colchoneros laneros y se emplean a fondo en la de fruteros, fruteras y pescaderos que abastecen a tantos pueblos sin tienda y casi sin gente. Ni pitidos ni altavoces. La venta ambulante tiene que vagar muda por los pueblos emmudecidos. Quizás le permitan incorporar una sirena luminosa, como a los servicios de emergencia.

Venta ambulante y social

La venta ambulante, en ciertos pueblos, es un servicio social. Como la ayuda a domicilio y la teleasistencia. Ya lo decía Rosario, la última vecina de Penoselo, hace un año: «Pilar, la frutera, me trae hasta la comida para los gatos. Es como la hija que no tuve».

Pero todos somos mercancía en manos de quienes nos pretenden representar. El último espacio público de semilibertad, la calle, queda encorsetado por unas normas cuyo pretexto son las garantías a la clase consumidora (y consumida) pero cuya finalidad real es desviar pequeñas economías locales a los siniestros mercados que nos gobiernan desde la más profunda oscuridad.

El grito, de protesta, rayano con la desesperación, es lo último que nos queda en medio del ruido y del frenético griterío político. Es el grito de esa chica despedida en el restaurante Niovel que cada tarde vocea a la ciudadanía andante el impago de su salario para escarnio de su ex patrón. «Que la paguen pronto», implora el vecindario. La joven, respaldada por la bandera de la CNT, se ha convertido en una seria y ruidosa competencia de los ensayos cofrades.

Es el grito de los trabajadores y las trabajadoras de Elmar. El grito al que se unen ahora las voces de la plantilla de Ibán Hermanos: «No nos van a pagar y ahora nos quieren echar». El grito es el último gesto del individuo antes de convertirse en un mero y mudo expediente del paro.

Nada tienen que ver estos clamores con la gresca política del PP que vive sin vivir en sí. Dicen que el clan de los acoquinados —cobardes los llamo yo— filtró las compras de la presidenta con cargo a la tarjeta del grupo popular en la Diputación. Y por estas malas artes nos enteramos de una práctica inmoral. Gastarse el dinero del común en regalos para compensar el trabajo de una secretaria, según la versión oficial de los hechos. Mientras a los funcionarios se les baja el sueldo para aplacar la crisis, al personal de confianza se le hacen regalos de postín. Y eso que la presidenta presume de comprar en los mercadillos relojes y todo.

Muda y mudos

Cargando contenidos...

En medio del griterío, Isabel Carrasco se ha quedado muda. Cosa rara. Matías Llorente, desde el banquillo de la oposición, volvió a las andadas del machismo soez. Llamar «felpudo» al vello púbico es una ordinariez y un insulto al cuerpo de las mujeres. En la democracia sobran las machadas. Toda la razón que llevaba en su argumentario para exigir que se fiscalicen los gastos de los grupos políticos —¡lo que cantarían esas tarjetas doradas si pudieran hablar!— se desintegró en dos palabras. Llorente, con su incontinencia verbal, dejó mudo al grupo socialista. Dijo George Clemenceau que es más difícil manejar el silencio que la palabra. Aquí es al revés.