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enrique vázquez
León

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El próximo martes los afiliados republicanos, y solo ellos, del gran estado norteamericano de Florida (veinte millones de habitantes y 170.000 kilómetros cuadrados) escogerán en una elección primaria los 50 delegados que enviarán a la Convención de agosto en Tampa. Pero también dirán a sus conciudadanos a quien prefieren como candidato conservador frente a Obama.

Lo primero lo harán el día 31 y lo segundo, en realidad, lo han hecho ya: los sondeos dan ganador a Newt Gingrich (con una media de seis-siete puntos (según quién haga la cuenta) sobre Mitt Romney, pero el reputado sondeo de la universidad de Quinnipiac ya ha explicado lo segundo: los republicanos del gran estado saben de sobra que Romney mantiene a ‘nivel federal’ un sostenido empate técnico (45-45)con Obama que, en cambio, derrotaría holgadamente a Gingrich (50 a 39).

Hay pocas dudas sobre este hecho tenaz (el de que Romney es todavía el candidato más creíble frente a Obama) y se confirma examinando los sectores de votantes preguntados en el Estado: votan Gingrich los evangelistas, los simpatizantes del Tea Party y los varones, pero Romney gana entre las mujeres, los religiosos moderados o no confesionales y entre quienes se definen como «republicanos en términos generales» (sin carné) nada menos que por 47 a 30.

Esto es como decir que Gingrich es una especie de exutorio, la salida para evacuar todos los humores anti-Obama, pero no el voto útil. Votar Gingrich es una satisfacción cuasi fisiológica, pero poco práctica. Así, mientras los candidatos se empeñan en una lucha a cuchillo desenvainado sobre sus ingresos y el modo de obtenerlos: Romney de las rentas exorbitantes de su fortuna, bien administrada en paraísos fiscales y Gingrich, más ‘pobre’, de las excelentes retribuciones obtenidas por su ‘asesoramiento’ a Freddie Mac, un gigante del negocio hipotecario cuyo hundimiento en 2008 es visto como el principio de la grave crisis financiera en el país.

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El mecanismo no es el europeo y los votantes solo elegirán en su día a los ‘grandes electores’ que en cada Estado deciden después.