memoria histórica
de paseo por la plaza mayor
tras 19 años de construcciones y derribos, en 1667 se inauguró este emblema de la ciudad, inspirada en la madrileña plaza estrenada 60 años antes
Dentro de las rondas que solemos hacer por la provincia y la capital leonesa, hoy nos ha parecido oportuno dedicar un apunte histórico sobre las causas que dieron lugar a la construcción de esta plaza, allá por la mitad del siglo XVII y alguna anécdota relacionada con ella.
Cuando a partir del siglo X, la ciudad de León comenzó a sentirse comprimida en sus muros romanos, la tendencia al ensanche fue monopolizada prácticamente hacia la zona del mercado que se venía celebrando desde la Alta Edad Media en lo que hoy conocemos como barrios de San Martín y El Mercado. El crecimiento obligó en el siglo XIV al levantamiento de una nueva cerca que amparase el espacio ocupado por las pujantes barriadas, cuya ordenación urbanística dejaba mucho que desear dada la espontaneidad de su aparición, siempre condicionada por el arbitrio de sus moradores y el recorrido de las presas que aseguraban el suministro de un agua complementaria a los pozos artesianos.
El barrio de San Martín, aglutinado en torno a la iglesia del santo de su nombre, ofrecía un enmarañado diseño de tortuosas calles y callejas en las que se asentaron gremialmente los comerciantes y artesanos de la Baja Edad Media. Llegado el siglo XVII, dentro del conjunto urbano adscrito al barrio, no existía una plaza de cierta entidad que cuajase con los nuevos planes del Corregimiento de la ciudad. Por otra parte, el incendio que destruyó en el año 1654 una buena parte de la barriada, aconsejaba una pronta remodelación.
Un proyecto ambicioso. De esta manera nace el proyecto de construir una Plaza Mayor, al estilo de otras ciudades, y con el empaque propio de la capital de un viejo reino. Hubo calles que sucumbieron totalmente, como la de Rodezneros y La Parra, que ocupaban lo que hoy es el centro de la plaza. Otras quedaron truncadas al asentar el nuevo caserío, que limitaba, y limita, el espacio que conocemos. Entre estas destacaba la llamada Cal de Escuderos, que comenzaba en la Torre de los Ponces, para morir en la calle de Platerías. No es difícil imaginar esta ronda de nuestros antiguos escuderos uniendo las actuales calle de La Escalerilla y Bermudo III a través del pabellón septentrional —el que cobijaba la Ferretería Los Valencianos— que fue el que dividió precisamente, el «todo» en los tres segmentos descritos.
La comunicación de la plaza, con la medieval Puerta del Sol en la cerca de Alfonso XI, se habilitó a través de la lóbrega escalerilla del ángulo sureste para salvar el fuerte desnivel con la calle que tomó el nombre de su homónima Puerta del Sol. Sabido es que los treinta y tres peldaños de esta escalerilla fueron testigos mudos de la desgraciada caída de un soldado francés del Regimiento de Dragones, de guarnición en nuestra ciudad, cuando una noche de abril de 1810, después de entonarse inconvenientemente con los ricos caldos de Valdevimbre, montó atolondradamente en su caballo para escabullirse de una pelea callejera, y al intentar hacerlo por el primer hueco que vislumbró a la mortecina luz de un farol mariano, topó con la fatídica y «pindia» escalera, que costó la vida a caballo y caballero.
Pues bien, tras 19 años de construcciones unas veces, y derribos otras, en 1667 se inaugura la Plaza Mayor leonesa, que en cierto modo se había inspirado en la madrileña plaza estrenada sesenta años antes, bajo el reinado de Felipe tercero. El Corregimiento leonés veía realizada su aspiración de disponer de una plaza, que además de cumplir con sus funciones de lonja o zoco popular de verduras, frutas y granos en los dos mercados semanales, pudiese, asimismo, ser escenario oficial de celebraciones festivas o acontecimientos sociales determinados por casamiento de reyes, nacimiento de príncipes, etc.
El mirador de la ciudad. El flamante mirador —hoy conocido por Consistorio Viejo—, así como los ciento veinte balcones del caserío soportalado, fueron codiciosos lugares de privilegio para los espectáculos descritos. También los Cabildos de Regla y San Isidoro, gozaban de su correspondiente balconada, según consta en la actas tributarias del momento. El resto de los ocasionales «palcos» eran ocupados por la naciente burguesía, que con su boyante poder adquisitivo, se hicieron con los bajos comerciales de los tres pabellones y las postineras viviendas que enmarcaban la plaza.
La fiesta por antonomasia, siempre fue la corrida de toros. Normalmente se celebraban dos al año: la de Nuestro Señor Santiago y la de la Asunción, salvo que durante el transcurso del año, se produjesen acontecimientos cuyo relieve nacional justificase el incremento de las mismas. Existe constancia de que las tres últimas corridas celebradas en esta plaza, honraron la mayoría de edad de la reina Isabel II, que fue declarada en junio de 1843, cuando la soberana cumplió 13 años.
Los incendios sufridos en los años 1695 y 1946, por el pabellón oriental de la plaza, que hoy sirven de oficinas y retenes de la municipalidad, cambiaron sustancialmente la fisonomía de la plaza, que hoy, mordida por las heridas del tiempo, ha sido restaurada y cuya iluminación nocturna es un gran atractivo para turistas que, después de solazarse con la inigualable vista de la más bella catedral de España, y hacer unas rondas por el inevitable Barrio Húmedo, terminan desembocando en nuestra hermosa Plaza Mayor, que hasta no hace muchos años lucía en su centro la mejor y más lograda de nuestras fuentes monumentales: la de Neptuno, que primero estuvo en la Plaza de Regla y hoy la podemos admirar si entramos en el recinto del Parque de San Francisco.