Diario de León
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mañueco
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Dice una leyenda urbana que si todos los chinos se pusieran de acuerdo y saltasen al mismo tiempo conseguirían mover la Tierra. Seguramente no es cierto, pero desde siempre Occidente ha tenido algo parecido a cierto temor ante el potencial de China. Para lo bueno y para lo malo.

En las últimas semanas los temores se han centrado en torno al menor ritmo de crecimiento de la segunda economía del mundo. Si Estados Unidos estornuda, el resto del mundo se constipa. Eso mismo puede decirse ya de China. De la marcha de la economía de aquél país depende en buena manera la salud de Occidente. Los mercados financieros internacionales miran con un ojo hacia los problemas de Europa y con el rabillo del otro, en un prodigio de estrabismo, hacia China. Los mercados financieros vigilan muy de cerca cada indicador de actividad económica que se publica en el gigante amarillo. Los inversores temen que la desaceleración de la economía china se agrave como consecuencia de la debilidad de los países y mercados a los que dirige sus exportaciones, especialmente la Unión Europea.

China «debería» tomar el relevo y tirar de la economía mundial, pero no puede hacerlo porque sus socios comerciales más importantes están de capa caída. La pescadilla se muerde la cola. Esta situación impacta negativamente también en economías emergentes exportadoras de materias primas. El enfriamiento de la economía china se dejará notar antes o después en países como Brasil, donde se han publicado algunos indicadores económicos muy tibios. Está claro que la menor demanda de materias primas por parte del gigante asiático puede dañar algunas economías al otro lado del Globo.

El Banco Popular de China inyectó la semana pasada en el sistema financiero 19.000 millones de yuanes, más de 3.000 millones de dólares. El mercado interpreta esta actuación como síntoma de la creciente necesidad de detener la desaceleración de la economía. Crece la preocupación en Pekín, después de que los últimos datos conocidos hayan remachado la impresión de que se enfría la actividad. Los beneficios de las empresas industriales chinas se han reducido en el mes de febrero algo más de un 5 por ciento. Es la primera vez que ocurre en dos años. hes han puesto sus barbas a remojar.

Pero China preocupa, sobre todo, a China. La economía del país ha crecido durante décadas gracias a las exportaciones. Ahora y debido al debilitamiento económico de los países tradicionalmente compradores de productos chinos, Pekín quiere cambiar el peso hacia una mayor participación de la demanda doméstica. Falta por saber si lo consigue y en cuanto tiempo.

La duda ahora es si China se enfrenta a un complicado aterrizaje forzoso o si es un «soft landing» que sentará las bases para un crecimiento sostenible a largo plazo.

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