escelita fernández
La centella de escalada
Emigrante en francia, recuperadora de la tradición oral de la ribera del Esla, Escelita sabe cientos de canciones y hasta diseña disfraces para pavos. También dio la absolución a un cura

JESÚS F. SALVADORES
Escelita es unos ojos azules en un corralón de adobe, cuadras, vivienda antigua y tenadas en los que ha ido componiendo todo un museo de la vida tradicional en la ribera del Esla, alcoba, zona de aperos, pesebres y horno incluidos. De hecho, prende este último, todos los años, por la fiesta del pueblo. «Para mí, sin misa y sin la gente diciendo: ‘Parece que huele a pan’, no hay fiesta ninguna», nos asegura Escelita, todo vitalidad y bravura, grandes anécdotas y a las espaldas una vida dura y seminómada.
Tiene nombre curioso Escelita, y ella, tan desenvuelta como siempre —bien se la imagina uno cuando era niña traviesa, enredando aquí y allá—, explica su origen: «El mi bisabuelo Marcelo luchó en Cuba y allí lo hicieron prisionero con uno de Villalquite, otro del Bierzo y algunos más. Y por no matarlos, los llevaron a una isla que se llama San Juan de las Escelitas y los dejaron allí. Bueno, pues escaparon, a nado y en bateles, qué sé yo». Fruto de aquella aventura fue una medalla y la herencia de tan singular nombre.
Nació esta mujer todo fibra y empuje en el año 1931, en Valdabasta —pueblo cuyo potente nombre ya no aparece en los mapas al haber quedado unido a San Miguel de Escalada—; su madre Erundina era de allí y su padre Cristóbal, de Mellanzos. Diez hermanos fueron, tres murieron de pequeños. Y de entre ellos, la que menos paraba era Escelita. «¡Ay, qué deshonra, una hija zurda!», clamaba el padre. Y el maestro venga a darle con la regla y a obligarle a usar la otra para corregir el terrible defecto. Pero era incorregible en todo. La mandaban a apañar titos y ella protestaba: «Vale más que esto ser perro y andar a huesos». Y otra vez que vieron todos por primera vez un automóvil, clamó la pequeña: «¡Mejor era tener ese coche y no la burra coja que tenemos!».
Muchas diabluras, aunque también justas rebeldías. Le gustaba leer pero el cura sólo le daba entregas de Mundo negro . Una vez le soltó: «El mundo negro está en mi casa, que hay miseria y mi madre tiene que ir muy lejos a lavar la ropa». Nunca se cortó a la hora de decir lo que pensaba. Cuando casó con el bueno de Florentino, años cincuenta, se atrevió a pedirle un abrigo de piel a su padre («no me deje ni herencia, que sólo quiero eso», le rogaba). Dos hijos les dio la vida, y para salir adelante se vieron obligados a hollar los caminos de Dios: once años en Castellón, tres en La Aldea, tres en Valdabasta, y once en Francia. En La Aldea vivieron en una casina muy pequeña, tenían ganado y una vez una vaca se les metió hasta la habitación: quedó de rodillas en la cama frente al crucifijo, rezando ‘muuu’ y hubieron de sacarlo todo y hasta desmontar la cama para que el animal pudiera dar vuelta y salir.
Mucho pasó también en Lyon. Trabajaba en la limpieza de una gran aseguradora y la cargaban de trabajo. Hasta que la jefa se atrevió a poner en duda su profesionalidad: entonces le dio unos buenos meneos y la tiró al suelo para que lo viera de cerca mientras le gritaba, en su francés macarrónico: «¡Bien nettoyé, eh!» («¡Bien limpio, eh!»). Desde entonces le puso hasta ayuda en su planta. Y a un jefe que la acosaba lo pilló un día en el ascensor y lo zurró al grito de «¡así somos los españoles!» («c’est brava...», musitaba luego el gabacho apaleado). Por eso luego le decía al cura del pueblo que el mejor defensor de los pobres ha sido siempre ‘San Palesmo’ («¡palo!»).
Hoy, Escelita, aunque sola, vive acompañada de recuerdos y de su afán por recopilar toda la tradición oral de la contorna. Sabe cientos de canciones pícaras y litúrgicas, que mezcla con natural alegría, creó el himno de Escalada y ha recuperado otros muchos. Diseñadora de disfraces para pavos (extraordinarios los de Ortega Cano y Rocío Jurado), con los que triunfa en la Feria de San Simón, ha hecho lo que pocos: dar la absolución a un cura. Le había echado de la iglesia por una de sus habituales salidas de tono y luego el sacerdote, arrepentido, le pidió perdón; ella le absolvió con la señal de la cruz. «Vaya con Dios, padre».