LEÓN GONZALO CANALES
lucha y cante chilenos
hace hoy 39 años fue asesinado víctor jara. de esa misma hornada de cantantes del pueblo es león gonzalo, gran artista chileno a quien localizamos en una residencia de villarejo de órbigo
JESÚS F. SALVADORES
¿ Cómo es posible que un cantautor chileno que recorrió todo el mundo con el morral lleno del folclore más auténtico de su austral país acabe sus días en la residencia geriátrica de un rincón de la provincia, Villarejo de Órbigo para más señas? Un tipo genial, enorme conversador, autor de seis novelas, galán radiofónico y televisivo, y profesional de la intuición que llegó a dar clases en la universidad sin haber aprobado un solo examen, ese es León Gonzalo Canales. Nacido… y aquí duda, y sugiere: «Pongamos en 1940», en Santiago de Chile, era hijo de un comercial acomodado de origen cántabro. «Mis años de infancia se singularizan, sobre todo, porque yo nunca estudié nada», afirma con esa cadencia andina, perfecta dicción y sintaxis deliciosas de escuchar.
«Estudiaba los árboles, las nubes, conversaba con mi perro…» y fue «pasando cursos de manera inexplicable», ya que «nunca superé un examen». Piensa León que sería porque a los responsables de aquel colegio «no les interesaría enemistarse con mi familia». Así que su padre lo puso a trabajar, primero de obrero en una fábrica, después en los Ferrocarriles del Estado, donde se aburría soberanamente y por eso un buen día se acercó a la revista En viaje y abordó al jefe diciéndole que quería «escribir una paginiiita, así sobre crítica de teatro, pero yo no sé escribir muy bien, ¿sabe?». Se echó a reír el viejo y se lo concedió. «Mi padre no se lo podía creer, huevón, cuando vio la firma».
El mismo método empleó para entrar en una pequeña emisora, Cruz del Sur, y aun en otra, ésta principal en el país, Radio Difusión de la Presidencia, al lado de la Moneda, donde acabó haciendo Por los senderos de Chile , que se escuchaba en toda la nación y donde León invitaba a un recorrido sonoro por el folclore local de sus regiones. Dos años estuvo allí, y también colaboró en revistas, y hacía teatro, y publicidad, y empezó a cantar y a salir en la televisión… «todo sin método, huevón, ni consejos, a mí nadie me había enseñado nada», repite sin cesar. Conoció a Violeta y Nicanor Parra, compartió escenarios con Víctor Jara, presentó programas infantiles de enorme popularidad allá... «Estaba seguro de poder hacerlo todo, porque todo es lo mismo», reflexiona este hombre comprometido siempre con la causa del pueblo llano. Pero entonces comenzó «a verse venid» el golpe de Estado de Pinochet y decidió volar a España, pues en Madrid ya vivía una hermana suya. En los años de la Transición y la Movida madrileña cantó en salas tan conocidas como Don Alberto, el Rincón del Arte Nuevo o Clamores. Y no sólo eso: fue reclamado en el centro George Pompidou de París, en el Campo dei Fiori en Roma, en el centro cultural Simón Bolívar de Estocolmo y en la universidad de Nueva York, amén de recorrer todas las provincias de España y tocar hasta en la India. «Investigador de la vida», como se considera, un día lo llamaron para impartir un curso sobre folclore en la Complutense y acabaron reclutándolo para el Taller de Teatro Universitario, al que dirigió y con el que estrenó varias obras propias. Incluso le otorgaron, a él que jamás había pisado una universidad, el diploma por el cuarto curso de Antropología Cultural. Por entonces entabla amistad con Rafael Alberti, Paco Rabal, Luis Pastor, Ana Belén y Víctor Manuel...
Este admirador de Paco Ibáñez, siempre luchador contra el fascismo y quien susurra que las mujeres «han sido mi perdición» («tú también habrás sido la perdición de alguna», le dice una de las cuidadoras de la residencia, donde se le aprecia mucho), dejó un día de cantar, pues consideró que se había cerrado «una etapa de mi ciclo de aprendizaje intuitivo», y se dedicó a escribir: de su pluma salieron seis novelas, una de ellas publicada, Girl, o por qué maté a John Lennon , ficción trufada de frases del ex beatle («éramos los perros domesticados de un circo»). Persona libérrima, lector infatigable, defensor de revoluciones personales y sociales, las deudas lo deshauciaron de su piso en el barrio de Malasaña y lo confinaron en un pueblo abulense, Peguerinos, de donde lo sacó la enfermedad con destino a los hospitales de Ávila, León... y ahora, con escasos recursos, a Villarejo. Pero la luz en los ojos y la alegría no lo abandonan, ni lo harán jamás. «Yo he tenido una vida que te cagas, tío»....