CANTO RODADO
Tras los pasos de carnicer
La cabrera ha quedado marcada para siempre por el viaje que ramón carnicer hizo en el verano de 1962 a pie por una comarca olvidada y atrasada
Si te dijera la verdad, te mentiría», dijo un borracho a otro con ese tono pastoso que dan las curdas. Julio Llamazares fue testigo de la celebérrima y críptica frase en un bar de A Fonsagrada (Lugo) mientras trabajaba con otro leonés, Felipe Vega, en un proyecto cinematográfico. Nos la contó en Forna, mientras desayunábamos en el centro de turismo rural de Pepi y Ramiro.
A mí me sonó a bolero. Seguramente porque era domingo y hacía un día estupendo para caminar por La Cabrera después de viajar en el tiempo y en las estaciones en el II Encuentro de Cine Documental Etnográfico en el Medio Rural que organizaron un año más Miguel Sánchez y Puri Lozano, de El Búho Viajero, con la Asesic.
Viajamos rozando la herida del fuego, por Castrocontrigo y Truchas, a La Cabrera Baja. Nuestra perra resoplaba y jadeaba con la lengua fuera. Hacía un calor espantoso, pese a que septiembre acaba de cruzar su ecuador e irremediablemente los días son más cortos.
Poesía y dignidad
En medio de esta atmósfera sofocante, nos metimos en un frío invernal y húmedo en las escuelas de Quintanilla de Losada. Cecilia Orueta siguió el rastro de Ramón Carnicer por La Cabrera durante el verano de 1962. Lo hizo a contracorriente. Pero no de las aguas del Cabrera, sino de las estaciones. La fotógrafa eligió el invierno para descubrir la esencia de las gentes cabreiresas en los pueblos más remotos.
Su objetivo captó versos descarnados de soledad. La ternura de la edad depositada en las arrugas y en el andar pausado y firme de la mujer que camina con su hatillo de leña, ajena a la cámara. Y retrató el tiempo, despiadado, que empaña de polvo la vida pasada. Ni la decadencia ni la sordidez de algunas imágenes restan un ápice de dignidad a las gentes que abrieron sus puertas a la cámara y al corazón de la fotógrafa. Pájaro triste , de Federico Mompou, nos acompañó y consoló en el íntimo viaje por Donde las Hurdes se llaman Cabrera de Cecilia Orueta.
Voz y libertad
Hace 50 años, Ramón Carnicer, que no era catalán pero venía de Barcelona, hizo un viaje a pie por La Cabrera Baja. Ahora su hijo, Alonso Carnicer, y Sara Grimal, ambos periodistas en TV3, han revivido aquel viaje cámara en mano y recuperando tramos que no desaparecieron bajo la carretera, entonces anhelada, y hoy otra vez olvidada, que atraviesa Castrillo de Cabrera.
Con micrófono y con coche, en lugar de con el cuaderno y el bastón que acompañaron a Ramón Carnicer, dan voz a las gentes que aún viven allí, a las que han vuelto para quedarse o para despedirse. A voces de tres generaciones que se cuidan unas a otras. A personas que resisten a contracorriente. Y a proyectos que no se pueden demorar más como el reconocimiento y la puesta en valor de los canales romanos que permitieron explotar la mayor mina de oro del Imperio en Las Médulas.
Fuimos después a Villafranca del Bierzo, la tierra natal de Ramón Carnicer, donde han erigido un busto supara recordarle. El rostro de bronce, obra de Amancio González, parece sobrevolar sobre la peana de hierro. Desde la plaza de Prim contempla de reojo la calle Libertad. No había mejor sitio en Róbriga para Ramón Carnicer, un escritor que viajó libre por la vida y la obra.
Verdad
Salimos de Villafranca del Bierzo por la calle Antigua Nacional VI con el sol encendiendo levemente el poniente. Abandonábamos el túnel del tiempo, aunque Guillermo Portabales sonaba con su Carretero en el radiocassette del coche. Volvimos al mundo en el que las mentiras se disfrazan de verdad. Y el enigmático juego lingüístico del borracho de A Fonsagrada cobró sentido.